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Inicio Familia Juventud de Arturo Osorio El viejo mundo, mi nuevo mundo - Capítulo 22 - La última curva
El viejo mundo, mi nuevo mundo - Capítulo 22 - La última curva PDF Imprimir E-mail
Publicado por Arturo Osorio   
Sábado, 08 de Noviembre de 2014 09:27

Un verano muy caliente

Una vez que me hube recuperado del susto con la posible preñez de la Hermosura, me concentré en mis estudios al máximo porque en ese verano iría a Venezuela después de casi cinco años de ausencia. Ello no quiere decir que no le dedicase tiempo a mis actividades extraestudiantiles como era entretenerme con la Muñequita, y de vez en cuando con la maestra Bärbel, u otra chica que estuviese por ahí cerca y deseosa de pasar un rato agradable conmigo; o también la asistencia a las fiestas en nuestro sótano. Estudiaba disciplinadamente en las tardes con mi patota para tener algo de tiempo libre a partir de las 7 de la tarde, es decir, para poder dedicarle tiempo a mis entretenimientos, para descansar u olvidarme de los libros y la regla de cálculo. Esto se facilitaba con la ayuda de mi cacharrito porque me daba mucha movilidad para placer mío, así como de mis amigos y amigas. Muy chévere.

De esa forma llegamos a los exámenes de ese cuarto semestre. Ya no recuerdo cuáles materias fueron, sólo sé que las aprobé todas, pero quedaba una pendiente para después de las vacaciones. Se trataba de un trabajo investigativo sobre <<La teoría de los cuatro polos>>. Dirk y yo deberíamos realizar una exposición sobre ese tema, él se encargaría de recoger el material y a mi regreso nos sentaríamos a ordenarlo, redactarlo y luego exponérselo al ingeniero encargado de la materia. 

Apenas recibimos el trabajo sentí un desaliento y desánimo por el tema, una apatía total embargaba mi ser. Allí sentí lo poco que me interesaba la electrotécnica en su rama de alta tensión, los motores, transformadores, las turbinas, las represas; todo ello me sabía a mierda apenas oía esos nombres; en los laboratorios sentía temor al ver el chisporroteo de los cables, me sacaba la piedra al escuchar la jerga técnica de mis compañeros, pues todos ellos ya habían hecho un aprendizaje de 3 años y medio obteniendo al final un título de peritos en electricidad; yo había entrado allí con lo poco que había percibido durante mi práctica en la AEG allá en Berlín Occidental, nada más; la diferencia de conocimientos era enorme, abismal, ello me asqueaba y hastiaba hasta el cogote. Yo sacaba fuerzas de no sé dónde para continuar porque al final sería <<ingeniero>>, y un ingeniero es muy <<inteligente>>. Ese argumento me acompañó atormentándome en todos esos tres años en que formé parte del grupo de 32 alumnos de alta tensión.

Sin embargo, la fuerza de voluntad empezaba a abandonarme porque cada día que transcurría en la facultad, más lejos me sentía de aquella materia. Un ejemplo palpable de esa desorientación vocacional se puede observar con un hecho que habla claro y de por sí. Siempre que íbamos a una librería para comprar libros, yo me perdía solo en el departamento de literatura alemana para darle un vistazo a las ofertas en esa rama. Mis compañeros compraban libros sobre física, electrotécnica, proyectos de represas como la de Asuán, hoy llamada Sadd al-Alí, en Egipto. Yo, al contrario, salía esgrimiendo orgulloso un texto de algún poeta clásico alemán como Goethe, Schiller o Heine; ellos discutían sobre voltios, y watios, yo leía en voz alta los poemas de Goethe o Schiller, o de Heine.

Mis compañeros lo consideraban como cultura general y no le paraban bolas a mi comportamiento. Era un desbarajuste total el que existía en mi interior en lo que a mi futura profesión se refiere. Ni las recomendaciones de la Hermosura me eran ya suficientes para continuar. La contradicción de todo era que aparentemente iba bien porque había aprobado todas las materias y trabajos hasta ese momento, por tanto yo no tenía argumentos para decir que me hallaba en un falso camino profesional.

Dirk me animaba con su retórica guasona para que prosiguiésemos nuestro trabajo en conjunto y así terminar en el verano del año siguiente los estudios obteniendo el título de ingenieros en electrotécnica, y entonces nos meteríamos una peda bien chévere. Yo, de mala gana, me ponía a su rueda como los ciclistas cuando van en fila india para continuar con él sin perder el paso. Así y de esa manera se llegó el fin del semestre, aprobé los exámenes pero quedó en el aire el trabajo de la <<Teoría de los cuatro polos>>. Realmente nunca supe sobre qué trataba esa vaina.

Traté de olvidarme de ese rollo y me concentré en el viaje a Venezuela, pensaba en cómo estaría todo luego de casi 5 años de ausencia, una gran incógnita. Rafael y yo iríamos a nuestros países para ir buscando un posible trabajo, ya que al año siguiente finalizaría para siempre nuestra aventura u odisea en Alemania Occidental. En la residencia nos felicitaban por ese gran viaje transoceánico que llevaríamos a cabo en el mes de julio y luego seríamos recibidos por las olimpiadas de Munich en agosto de 1972. Todo ese barullo me hacía olvidar <<La teoría de los cuatro polos>>; me importaba un coño, ahora mi país y familia.

Y se llegó el día de nuestra partida, el tico y yo volaríamos juntos hasta Nueva York, allí pasaríamos la noche en casa de una hermana suya y al día siguiente se dividirían nuestras rutas, cada quien continuaría hacia su país. Héctor Villanueva se prestó a llevarnos al aeropuerto de Düsseldorf en mi carrito el cual él cuidaría durante mi ausencia con el que él haría un viaje a Suecia, Noruega y Finlandia. Temprano partimos de la residencia con destino a esa ciudad para allí tomar un vuelo para Bruselas, en donde nos embarcaríamos hacia Nueva York. 4 años y 9 meses después volvería a aterrizar en esa metrópoli yanqui, ahora de regreso.

En la capital belga nos embarcamos luego de una larga espera debido al mal tiempo reinante en esa fresca mañana veraniega. El avión era un modelo antiguo a helices y dotado con unas ventanillas gigantescas que provocaban en el pasajero la impresión de ser expedido hacia afuera cada vez que giraba hincándose hacia la derecha o izquierda. Rafael se había sentado en la ventanilla y sufrió mucho con esa decisión, pues en cada giro del avión se aferraba con una mano a mi brazo derecho y con la otra se sostenía del techo gritando: -"uyyy hermanito, me saaaalgo, aaaaaagárreeeeme"-. Era un nerviosismo total porque en el aeropuerto de Bruselas reinaba un tiempo horrible, muchas nubes y lluvia, por lo que el avión hubo de realizar muchas maniobras para poder aterrizar. Todo ello, unido al retraso para partir de Düsseldorf, ocasionó que llegásemos retardados para tomar la conexión hacia la capital del imperio norteamericano. Al apenas bajarnos nos esperaba una azafata muy nerviosa preguntando por Monsieur Avilááá y Monsieur Osorriio, nos presentamos ante ella y nos tomó de la mano para meternos en un vehículo sin techo que nos trasladó rápidamente hasta el jet con destino a Nueva York. Los pasajeros aplaudieron alborozados, pues según nos enteramos tenían más de una hora esperando nuestra llegada. El jet tomó pista y se elevó con destino allende los mares.

Llegamos a Nueva York con un sol radiante, desde nuestro zamuro mecanizado y automatizado pudimos admirar la Estatua de la Libertad, qué monumento tan impresionante e imponente el regalo de los franceses. El aterrizaje fue suave y sin altibajos, nos bajamos del inmenso aparato para dirigirnos al autobús que nos llevaría al edificio central. En la terraza de ese aeropuerto tan gigantesco vimos a su hermana que nos esperaba con su marido. Pero antes tuvimos que esperar por nuestro equipaje, la cinta giraba y giraba como la noria del tiempo, sin detenerse; mas nuestros maletas no aparecían por ningún lado. La familia del tico nos saludaba desde afuera agitando alegremente sus manos, especialmente la hermana de Rafael cuyo nombre ya olvidé. Los demás recogían sus equipajes y desaparecían del lugar, nosotros continuábamos esperando con expresión de descontento.

La cinta cesó de girar y sobre ella quedaron algunas maletas que no fueron recogidas por nadie, Rafael y yo tuvimos que salir del lugar para buscar la oficina de Lufthansa y reportar la pérdida o extravío de nuestras valijas. Allí nos tradujo el cuñado del tico, pues nuestro inglés era bastante chatarra y la azafata no hablaba alemán, pero estaba como un bombón bien azucarado, muchas curvas y unos ojos hermosamente esmeraldados, unos labios carnosamente carmesí, el pelo negro suelto y bastante lacio, me acordé de la Hermosura en Berlín; mas totalmente antiparabólica esa coña. Luego de rellenar un formulario con su ayuda, lo firmamos y quedamos en que nos mandarían los equipajes directamente a los domicilios en nuestros países. Una semana más tarde tuve que bajar a San Antonio para recoger mi maleta que estaba retenida en la aduana; NO SE ROBARON NADA. Raro.

Luego del trámite con la atractiva azafata salimos del aeropuerto a buscar un supermercado para comprar calzoncillos, camisas, calcetines, artículos para el aseo personal porque todo estaba en la maleta que se había quedado en Bruselas por causa del retraso del vuelo de Düsseldorf a Bruselas. Fuimos a un lugar que me dejó boquiabierto debido a sus dimensiones, pues en Alemania no existían -existen- esos centros comerciales extrañamente gigantes. Entramos a un almacén para ropa, allí adquirí una camisa que parecía un tablero de ajedrez y su precio me apabulló, un dólar, era <<MADE IN VIETNAM>>, luego la ropa interior y los demás artículos; Rafael hizo lo mismo. Nos fuimos al apartamento de la familia tica para darnos tremendo almuerzo a la caribeña: batidos de curuba, guanábana y tamarindo, caraotas con arroz acompañadas de tostones de plátano y tortillas ticas, ensalada de lechoza con mango y piña bañada en miel de abeja; qué banquete y dicha la nuestra, pues luego de cinco años disfrutábamos otra vez nuestros platos tradicionales. Debo aclarar que la cocina centroamericana es muy similar a la nuestra, sólo los nombres cambian, por ej., las hayacas se llaman tamales y las arepas tienen el nombre común de tortillas, las caraotas se denominan frijoles, etc.

 

 

 

La hermana del tico se ufanaba tremendamente en atendernos, <<nos leía los deseos de nuestros labios>>, dicho alemán; al mismo tiempo ambos nos indagaban sobre la vida en Alemania, pues en esa época estaba aún muy fresca la huella dejada por la tenebrosa segunda guerra mundial, además de la imagen prusiana esparcida por el mundo sobre el carácter del pueblo alemán, es decir, un comportamiento totalmente marcial y dictatorial. Rafael contestaba a sus preguntas, yo me engullía literalmente las viandas allí expuestas porque estaban deliciosas y dejaba que mi amigo tico les calmase su sed de sapiencia sobre las Alemanias, pues eran dos, la RFA y la RDA. Él hablaba, yo papeaba y bebía batido; qué sabroso estaba todo.

Habían venido algunos amigos de ellos que se conocían con anterioridad en Costa Rica. Entre ellos estaba un señor que trabajaba como cocinero en un restaurante, se enteró de mi procedencia y se sentó a mi lado para narrarme un hecho que había ocurrido una semana antes en otro local cercano al suyo. Mientras yo engullía literalmente las caraotas y el arroz junto con los tostones, él me fue narrando la forma en que había sido asesinado el famoso cantante venezolano Felipe Pirela una semana atrás, o sea el 6 ó 7 de julio de 1972, ya que ese día era el 13 del mismo mes; esa fecha la recuerdo muy bien y nunca la olvidaré. 

Según la versión que este señor me describía, el bolerista maracucho era homosexual y había sido acuchillado en una fiesta por un amante suyo que se había emborrachado dándole rienda suelta a sus celos contenidos al verlo bailar con otro pretendiente allí presente. Yo mascaba y bebía al tiempo que le prestaba atención a la historia del cocinero tico, no sabía qué contestarle, pues yo no conocía nada sobre esa supuesta homosexualidad del cantante de la Billo´s, me limité a escucharle sus palabras hasta que terminó el relato. Yo sólo recuerdo sus éxitos musicales, en especial <<Únicamente tú, El malquerido y Quisqueya>>. De esta última canción tengo un recuerdo muy lindo, pues siendo yo un niño -1960 ó 1961- fuimos con mi familia a Bobures, el balneario de los andinos. Allí había un bar con una inmensa pista de baile y a él fuimos ese día con mucha frecuencia para beber y comer, estando en uno de esos recesos de natación en el lago, yo vi una pizarra pequeña con una leyenda garabateada en tiza: <<oy estara aqi felipe pirela a las 6 de la tarde   el cantara todos sus esitos   no falten   la jerensia>>

Nuestra flota, éramos unas 15 personas, decidió por unanimidad quedarse hasta las seis para ver la presentación del maracucho bolerista; qué emoción. Se debe aclarar que la historia de ese tico esa noche en Nueva York es totalmente falsa, ya que el asesinato ocurrió en San Juan -Puerto Rico- en plena calle y Felipe Pirela no era homosexual, eso fue un invento de su mujer frustrada porque él la dejó y se fue a Puerto Rico para reiniciar su carrera como vocalista.

Bien. Una vez que quedamos ahítos de tanta caraota con arroz y arepas nos fuimos en el carro de ellos a dar un paseo por la ciudad. Esa noche recuperé lo que no había hecho en mi viaje de ida, recorrimos puntos estratégicos y famosos de esa urbe, luego nos subimos en un ferry para darle una vuelta a la estatua de la Libertad.

Me impresionó mucho cuando pasamos navegando por debajo de sus brazos, una sensación similar a la experimentada en París cuando me planté debajo de la Torre Eiffel, mas aquí fue más impresionante por ser en la noche. Fue maravilloso ese día, mejor dicho noche, en la capital de Yanquilandia o Gringolandia. Al día siguiente muy temprano nos despertaron para desayunar con arepas y hayacas, luego nos llevaron al aeropuerto para que nosotros continuásemos nuestra ruta, me despedí de la familia amable sin saber ni pensar que nunca más los vería en mi vida.

Me reporté en la oficina de Viasa, entregué mi pasaje, lo controlaron y entré a la zona de espera; como siempre en esos casos, estaba solo y sin nadie con quien conversar. Llamaron por el altavoz y me dirigí a la puerta de salida para embarcarme hacia Maiquetía.

Reencuentro con la familia y excompañeros de colegio

Aterrizamos en Maiquetía y de inmediato salí porque sólo llevaba el poco equipaje de mano, tomé un carrito libre para que me llevara al terminal y allí subirme a un autobús que me condujera a mi ciudad, a San Cristóbal. Ya tenía 24 horas de estar en viaje y todavía me faltaban 900 kilómetros para llegar a mi destino; qué odisea eran esos vuelos transoceánicos en aquella época; uufff. El autobús salió paquidérmicamente del terminal situado aún junto al Nuevo Circo y enrumbó hacia Fuerte Tiuna para empalmar a Los Teques buscando Valencia y luego tomar la carretera por los llanos, la cual yo no conocía. De ese viaje no recuerdo nada porque la mayoría del tiempo iba adormilado debido al cansancio, cambio de horario, la tensión de volver a encontrarme con mi familia y quizás con algunos excompañeros de bachillerato esparcidos por toda la geografía venezolana; muchas preguntas e incógnitas.

Mi familia ya no vivía en Pueblo Nuevo porque había vendido la casita en la cual había transcurrido mi prematura juventud, ahora habitaban una casa muy humilde en el centro de la ciudad situada en la carrera 6 entre calles 10 y 11, junto al hotel El Cid. El bus entró por la Quinta Avenida raudo avanzando hacia su terminal. Yo iba un poco desorientado porque yo conocía la carrera 5, mas no la avenida que era para mí totalmente nueva, hice detener el autobús en la esquina con la calle 11 para subir la cuadra y doblar a la derecha, desde la esquina vi la puerta del garaje y me dirigí a él para reencontrarme con mi familia, mi Viejo, mamá... Antes de proseguir debo aclarar que ambos ya murieron; mamá el 13 de marzo de 1989, mi Viejo el 7 de octubre de 2003. (Q.E.P.D.)

Llevaba una bolsa de plástico terciada al hombro conteniendo los pocos objetos personales, me paré a la entrada del garaje y vi a mi Viejo laborando en su mesa de trabajo, me observó unos segundos y prosiguió con su labor sin prestarme atención, nadie más se veía por allí en ese momento aparte de una perra que reconocí en seguida, era la pastor alemán llamada Nebraska, ladró unos instantes y se acercó para olfatearme, de inmediato batió su cola y lamió mis zapatos reconociéndome; mi Viejo observó y siguió sin prestarme atención , entonces grité: -"papá, soy yo, Arturo, su hijo mayor"-. Él levantó su cabeza, soltó el cuchillo con el que cortaba unas capelladas para zapatos y vino hasta mí alegrándose: -"miijo, cómo coños lo iba a reconocer con esa barba de guerrillero y ese pelero, está muy mechudo mijo; uy, qué sorpresa, ¿por qué no avisó que llegaba hoy?"-. Yo tenía una barba muy tupida para esa época y me había dejado crecer un poco el pelo, tal como era la moda por esos años setenta.    

Nebraska seguía lamiendo mis zapatos y batiendo la cola mientras él y yo nos confundíamos en un abrazo hartamente fraternal, el alboroto hizo que apareciera Wilson, el hermano menor, a quien lo recordaba como un bebé casi, pero ahora ya era un niño grande, también vinieron algunos vecinos que me conocían por referencias y narraciones de mi Viejo. Pregunté por mamá, pero no estaba en casa, se encontraba en el negocio situado en la carrera 6 frente a la tipografía Cortés. Papá paralizó su trabajo para ir a saludarla conmigo, ella tampoco sabía de mi repentina aparición; después me enteré de que la carta que les había remitido de Alemania con la fecha de mi llegada no la habían recibido, nunca les llegó. Le doy muchas gracias al <<eficiente>> correo venezolano. 

Mi Viejo y yo caminamos en dirección al negocio de ellos en donde se encontraba mamá con sus empleadas. Pasamos por el Salón de Lectura, la Plaza Bolívar y <<el hoyo cívico>>, ya que el sitio en donde había estado el mercado cubierto era aún un hueco. Yo no me cansaba de mirar hacia todos lados buscando encontrar el pasado y reactivarlo. Por fin llegamos al negocio, mi Viejo subió las seis gradas y entró al local, yo detrás de él; mamá lo miró sorprendida mientras él sonreía complacido señalándome, mamá no me reconocía debido a mi tupida barba negrísima, entonces papá se vio obligado a aclararle: -"mire, es el muchacho que vive en Alemania"-. Mamá me oteó asustada y luego se lanzó a mis brazos: -"miiiiiijo, está muy cambiado; uuuyyyyy, esa chiva tan larga... Mijito, córtese esa chiva"-. Y me abrazo estrujándome para comprobar que sí era yo allí presente en carne y hueso. Las empleadas observaban silenciosas la escena, mamá no se cansaba de palparme mientras lagrimeaba perpleja.

Una vez que se hubo convencido que sí era yo su hijo mayor allí presente, dejó el sitio conmigo porque quería ir a casa y cocinar mis alimentos preferidos, mi Viejo nos seguía silencioso pero esbozando una sonrisa de satisfacción; el hijo pródigo volvía al hogar para compartir con ellos un par de semanas y luego retornar a Europa. A medida que íbamos regresando por la bulliciosa carrera seis, más me iba dando cuenta de que me encontraba en mi tierra, pues algunos comerciantes que los conocían a ambos salían a la calle para saludarlos y preguntar quién era yo, mamá explicaba y de inmediato saltaban alegres estrechándome las manos o hasta abrazándome; la sorpresa era tanta que no podían creer que ese barbudo fuese el mayor de los Osorio, los finos zapateros comerciantes conocidos en toda la cuadra y zona por la calidad de su producción. Sí, el que se había ido a Alemania en 1967.

Ya en la casa ella se percató de que no había maleta mía por ningún lado, me vi obligado a contarles todo lo sucedido en Bruselas y que el equipaje llegaría algunos días más tarde. Mi hermano menor me observaba como si yo fuese un lunático o marciano, él sólo me conocía de relatos y fotos, ahora me veía en carne y hueso allí presente lo cual le ocasionaba cierta timidez propia de un niño ante un adulto incógnito, mamá lo animaba para que me hablase, mas no se atrevía; mis gigantescos 167 cms. lo intimidaban. Él se limitaba a otearme como si yo fuese una fiera rara escapada de algún circo lejano; mamá nos sacó de nuestro diálogo visual con una de sus típicas órdenes: -"Wilson, vaya a la frutería y compre una piña"-. Muchos años atrás era yo el mandadero; cómo cambian los tiempos. Wilson, mi hermanito menor, salió en estámpida hacia la frutería del vecino y retornó pronto con la compra.

En la olla de presión se cocinaba una hermosa lengua de vaca y en el horno se hacían unas papas cubiertas con queso amarillo -Gouda-, en la mesa saltaban mis preferidos batidos de curuba y guanábana; mi Viejo prosiguió con su laboriosa tarea, entretanto mamá danzaba en la cocina preparando los platos preferidos míos; Wilson acariciaba la frente de Nebraska y me sonreía coquetón, tal como lo hace un niño a la edad de los once años cuando se encuentra en una situación de inseguridad. Como ya lo dije, él sólo me conocía por cuentos e historias así como fotos, pues cuando partí para Alemania tenía apenas cinco años y no sé si su fresca memoria le había permitido archivar la imagen de mi persona, de todas formas reía divertido al contemplarme, quizás mi barba, o mi tupido pelo; en fin, algo le causaba esa hilaridad escondida y nerviosa propia de los niños a esa edad; yo le sonreía también y me hartaba de batido de curuba y de guanábana sin poder contenerme; qué sabroso, coño ´e la madre, por fin los degustaba en casa.

Nebraska se echó a mis pies husmeando insistente para comprobar que sí era yo el recién llegado, pobrecita, ya estaba casi ciega y se orientaba en base a su olfato. Una vez que hubo comprobado mi presencia lamiéndome los zapatos y los tobillos, se quedó tranquila resollando fuertemente al respirar y de paso un par de pedos, creo que esperando que yo le tirara los restos de mi plato, le acaricié su frente lo cual provocó alegría en el animal porque batió su cola al tiempo que elevaba su cabeza buscando mi mano para lamérmela. Qué perra tan noble, siempre fue una gran amiga mía de infancia y prematura juventud, nunca la olvidaré. 

Mamá llamó a comer, mi Viejo vino a sentarse conmigo, aunque él ya había almorzado, lo mismo Wilson. Me harté de lengua en salsa de tomate y papas gratinadas acompañándolas con las bebidas arriba nombradas. Terminada mi cena pantagruélica, me senté con ellos a responderles a sus preguntas, que eran muchas, algunas de las cuales me causaban bastante risa, sobre todo las referentes a la alimentación en Alemania, pues ellos no tenían ninguna idea sobre este tema. Les calmé su curiosidad hablándoles sobre la ensalada de papas con mayonesa, las salchichas cocidas y asadas, las papas fritas o salteadas con jamón. Mi hermano menor prestaba muchísima atención a mis palabras divirtiéndose extremadamente con mi gesticulación y mímica. Por fin se atrevió a acercarse para permitir que yo lo abrazara, se sentó unos segundos en mi regazo y luego saltó riéndose debido a las cosquillas que yo le había hecho en sus axilas, Nebraska corrió tras él ladrando y batiendo su cola, parecía que eran muy grandes amigos.

Mamá me miró con expresión de dolorosa para implorarme: -"muchacho, quítese esa chiva tan fea"-. Mi Viejo sonrió al ver la insistencia de ella debido a que por esa época se conjeturaba que un hombre barbudo era un partidario de los dirigentes cubanos, y ellos eran comunistas. Le expliqué que mi barba no tenía nada que ver con la revolución cubana, sino que era sólo un apego a la moda, y la cual sí procedía de Cuba, pero yo no era comunista. No sé si comprendió mis argumentos, de todas formas le dije que quería irme a dormir porque llevaba 36 horas sin descansar plenamente, me levanté y me fui a la ducha. El agua fresca me cayó muy bien, al salir de allí me fui directamente a una habitación que ya habían preparado con anterioridad. Nebraska se tendió junto a la cama y mi hermano Wilson me espiaba a través de los vidrios de la puerta; su curiosidad era extrema e insaciable.

Guau, guau, guau. Los ladridos de Nebraska me despiertan, prendo la luz; qué animal tan grande veo frente a ella, una rata inmensa trataba de morderle el hocico a la perra la cual tenía el problema de ser medio cegatona debido a su edad ya bastante avanzada, pero su olfato y oído seguían siendo los mismos de siempre. Yo lancé un alarido repleto de maldiciones que espantó a la gigantesca rata haciendo que huyera siendo perseguida por mi fiel perrita. Sus ladridos unidos a mi aullido de apache en pie de guerra hicieron que se despertara el vecindario, en especial los huéspedes del hotel El Cid.

Mi Viejo vino hasta mí para ver qué sucedía, entonces vio a Nebraska tratando escalar una pared corta y de inmediato comprendió la razón del alboroto: -"ay mijo, esa rata coño ´e su madre nos la tiene zampada; vaya duerma que yo amarro a la perra en la puerta pa´ que no entre a su cuarto, vaya acuéstese tranquilo mijo, yo lo llamo mañana temprano"-. Le obedecí. Mi cansancio era total. 

-"Arturito, Arturito; despiértese que lo están buscando"-. Mi Viejo me sacudía el hombro para que abriese los ojos en este primer día en mi país luego de casi cinco años de ausencia, me di vuelta y por entre la puerta entreabierta vi a uno de mis excompañeros de colegio; era Jorge Augusto Peña de quien narré brevemente sobre su matrimonio en uno de los capítulos iniciales. Mi emoción y alegría me hizo saltar de la cama y salí en calzoncillos -nunca dormí con piyama- al patio de la casa; aullé no sé qué y me abracé a él quien soltó una larguísima carcajada al verme casi desnudo, sólo me vestía con mi calzoncillo y mi barba; mi Viejo gozaba feliz. Él sí había recibido mi carta aunciándole la fecha de mi llegada, y allí estaba para saludarme. Estuvo un rato dialogando conmigo, me contó que había vivido un par de años en Yanquilandia, pero no había aprendido inglés, ahora estaba tratando de terminar el bachillerato, pues él no se había graduado con nosotros por problemas con una materia. Fuimos después a su casa para hablar con su familia, ellos -ellas, pues la mayoría son mujeres- se alegraron mucho al verme allí.

Esos primeros días los dediqué a orientarme y a tratar de encontrarme con algunos de mis excompañeros de colegio. Fui a la casa, apartamento, de Ever Eugenio Durán Rodríguez, mi gran compañero de primaria inicial -desde primero hasta cuarto grado en el Colegio Parroquial San Juan Bautista- y de los últimos tres años de bachillerato en La Salle. Allí me encontré con la mamá a quien todos apodaban Mama Tulia, una señora de armas tomar; con sus primas y él quien se alegró sobremanera al verme allí en carne y hueso, salimos a tomarnos una cerveza y a contarnos nuestras cuitas. Él escuchó con mucha atención mi narración, en especial la referente a las relaciones con chicas y dejó escapar una frase de reconocimiento: -"coño no joda, al fin te avispaste"-. Bien, ellos en esos años estudiantiles de bachillerato se la pasaban en fiestas, en el cine, en los clubes; yo tenía otras ocupaciones -en especial ayudarle a mis viejos en el negocio de zapatos que nos daba de comer- que no me permitían tener tiempo libre para estar detrás de las carajitas, como decíamos en esa época, y por ello era bastante tímido en el trato con los seres que complementan al hombre, las mujeres; no tenía ninguna experiencia con ellas al partir hacia las Alemanias. Por ello su frase mamagallista. 

Debo confesar que no les envidio ni envidié nunca sus experiencias, pues yo recuperé ese retraso a pasos agigantados y estoy seguro de que mis conocimientos en ese campo sobrepasaron los de ellos; no quiero entrar en detalles, pero sé que eso es así debido a las historias que ellos contaban sobre su trajinar con las carajitas con quienes ellos coqueteaban, y si comparamos las suyas con las mías, pues me avispé, y bastante; como dice el dicho popular: <<Más vale tarde que nunca>>. Así fue.

Bien, debo aclarar que a él tampoco le narré detalle alguno de lo sucedido con la Hermosura, siempre guardé para mí esos hechos tan lindos, sólo ahora a través de esta narración es que salen a la luz mis experiencias vividas con ella. En su apartamento también me reuní con otro excompañero llamado Luis Agusto Álvarez Bernal (Q.E.P.D.), con quien había compartido el colegio tal como con Ever, los tres comenzamos la primaria y juntos llegamos hasta cuarto grado, allí se separaron nuestros caminos para volver a encontrarnos en tercer año en La Salle, nos graduamos en julio de 1967 llegando a una encrucijada final y para siempre. 

Mamá ordenó ir a Caracas para visitar al Flaco, mi hermano Edgar, quien estudiaba su carrera militar en la academia de Fuerte Tiuna. Hicimos el viaje hasta la capital y llegamos a la casa de la tía, al día siguiente nos fuimos a buscar a mi hermano que ya estaba en el segundo año de su carrera. Creo que era un domingo porque habían muchas familias visitando a sus hijos. El Flaco apareció sonriendo, nos abrazamos y nos sentamos para intercambiar palabras; mamá nos contemplaba con un cierto aire de tristeza porque ella siempre quiso que todos nos hubiésemos quedado en San Cristóbal; su sueño nunca se cumplió, pues allá sólo vive uno de sus hijos, los otros tres salimos de allí hace décadas. Pobrecita mamá, el destino casquivano no quiso complacerla. 

Mi agenda era bastante estrecha, por ello los dejé en Caracas y al dia siguiente me fui a Maracay para encontrarme con Peña, pues él tenía los contactos para ir a buscar a otro excompañero que se graduaba por esos días de subteniente en esa ciudad. Nos fuimos al cuartel en donde se celebraría la ceremonia, entramos hasta un patio amplio en donde estaban los aún cadetes; Juan Alberto reconoció a Peña pero a mí no debido a mi tupida barba, éste me señaló y de repente aquel cayó en cuenta; ¡ah, Arturo!  

Luego de la ceremonia protocolaria vino hasta nosotros para saludarme; un fraternal abrazo fue el saludo acompañado de muchos <<hermanazo, hermanazo>>. Estuvimos hablando un rato y luego nos fuimos al Círculo Militar para celebrar allí su graduación. En ese lugar él se encargó de que las boleras no funcionaran más porque lanzó una bola directamente contra una de las máquinas recogepines, ello ocasionó que se paralizara el mecanismo de la instalación; de paso nos echaron de allí por destructores. Allí hice el esfuerzo para visitar a su familia, la señora Digna y el hermano Héctor Darío, con ellos fuimos a la casa de una familia de San Cristóbal que había emigrado a esa región por motivos laborales, su nombre era Lagardera, dos de los hijos habían estudiado en el colegio La Salle también. En todas partes escuchaba la misma frase: -"coooño, qué barba tan arrecha; ja, ja, ja, ja"-. 

Este compañero se llamaba Juan Alberto Ricca y había sido enviado a Francia para que aprendiese a manejar y mantener unos tanques que el gobierno venezolano le había comprado a aquel país, a su regreso lo nombraron instructor en la base de Maracay de dichos tanques. Él era un muchacho algo locato y extrovertido, poseedor de una fantasía infantil casi sin límites. De ello tengo muchos recuerdos de los siete años que estudiamos juntos en el Colegio La Salle, demasiado infantil aseveraban los hermanos de nuestro colegio que lo conocían de cerca por ser sus maestros e instructores. La siguiente anécdota suya me la contó nuestro otro compañero Jorge Augusto Peña a quien ya nombré arriba en relación con Juan Alberto Ricca.

En el cuartel de Maracay él llevaba una vida bastante disipada debido a las ventajas de ser instructor y por el hecho de gozar de una mejor preparación debido a su aprendizaje en Francia y al hecho de que se defendía en la lengua francesa lo cual le daba más caché a su rango de instructor de los tanques franceses; qué molleja no joda. Él se aprovechaba de esa ventaja para fantochear y tratar de sacarle partido en lo que a relaciones con féminas se refiere, en este campo era un verdadero Juan Charrasqueado, en especial entre las esposas de sus jefes era bastante conocido y popular. En cierta ocasión lo vieron salir en calzoncillos de un 2do. piso dejándose resbalar por la cañería y luego correr hasta su carro que estaba estacionado por allí cerca del lugar. Me reí mucho al escuchar esa historia de labios de Peña, pues me recordó una película con Burt Lancaster quien hace lo mismo, pero en la siguiente escena éste aparece encadenado y con grilletes entre otros presos más y con destino al frente de la guerra de secesión en Estados Unidos, su indumentaria era objeto de burla de los demás detenidos que tenían aspecto de tráfugas y ladrones. 

El comandante del cuartel en Maracay era un coronel ya veterano y algo enfermizo, pero muy mandón, todos le tenían mucho respeto por no llamar miedo a esa actitud de sus subalternos; Juan Alberto no le paraba bolas a esa vaina y mamaba gallo con todo aquel que se presentaba por delante. Cierto día llamaron a filas y apareció el comandante para revisar a su batallón; vio los tanques y llamó a Juan Alberto: -"capitán Ricca, preséntese"-. Juan Alberto saltó y se plantó delante de él: -"a su orden mi comandante, mande usté"-. El comandante no se enredó con formalidades: -"Capitán Ricca, esos tanques están muy sucios y necesitan una limpieza; esta tarde cuando regrese de Caracas los quiero ver bien BLANQUITOS; usté se puede retirar capitán Ricca, y manos a la obra, como le dije, bien brillantes y bien BLANQUITOS"-.

El comandante se retiró del lugar, Juan Alberto reunió su tropa: -"reclutas, todos pa´ acá; ya oyeron lo que ordenó nuestro jefe, a limpiar los tanques y que queden bien BLANQUITOS, entonces muevan ese jopo y manos a la obra... Saquen los tanques del garaje y los paran aquí afuera. Vamos, vamos, muévanse no joda"-. Los soldaditos se movilizaron para cumplir las ordenes de su capitán Ricca. Estacionaron los tanques cerca de las mangueras e iniciaron la limpieza de los mismos. Juan Alberto se montó en un yip -jeep- para ir a traer un condimento necesario, retornó y esperó que los soldados finalizaran con la labor, entonces ordenó: -"eh, usté, soldado; vaya con el yip y traiga un par de toneles vacíos, apúrese coño"-. El recluta partió veloz hacia el depósito, minutos después regresó con los dos recipientes y los tiró a los pies de Juan Alberto.

Éste esperaba ya con una manguera y se dio a la tarea de llenarlos de agua, luego llamó a otro recluta: -"epa soldado, traiga el saco que está allá y le tira la mitá al barril, después lo revuelve con el palo del Lampazo que está ahí; apúrese coño, mueva ese culo o lo mando al calabozo toíto el fin de semana"-. El soldadito obedeció ante la tenebrosa perspectiva que Juan Alberto le proponía y volvió con el saco a cuestas así como el lampazo. Acá abajo.

Juan Alberto volvió a hacerse sentir: -"apúrese coño no joda o hoy duerme con los perros"-. El soldadito obedecía porque las perspectivas se iban convirtiendo en más oscuras a medida que avanzaba la tarde y la operación; terminó con el batiburrillo, su capitán se sintió complacido y llamó a todos los demás para que se uniesen a la siguiente tarea: -"eepa, escúchenme; yo traigo los tanques y ustedes les pasan esa agua para que queden bien BLANQUITOS, así como dijo el comandante; busquen todas las escobas y brochas que hay por ahí"-. 

Los soldados obedecían sin chistar porque de lo contrario les sería cancelado el fin de semana o dormirían con los perros esa noche, así, sin ripostar, se dieron a la búsqueda de los instrumentos para cumplir la nueva orden que ellos no sabían cuál era o sería. Se plantaron en posición de firme y presentaron escobas y brochas en lugar de armas. Mi amigo ordenó: -"a pintar, pinten esa vaina para que queden todos bien BLANQUITOS como ordenó el comandante; ééééchenle bolas"-. Ellos miraban inseguros, entonces el aulló: -"cooooño, ¿no entienden?, bien BLANQUITOS"-. Algunos obedecieron e iniciaron la operación, otros vacilaban, el bramó una vez más: -"cuento hasta tres, o se pasan esta noche en el patio con las bolas al aire"-. 

Todos se animaron y arremetieron con sus escobas y brochas para que los tanques quedasen bien BLANQUITOS. Ricca reía muy contento al ver la labor; los tanques empezaban a relucir de blancura. Uno de los reclutas se le acercó porque no se sentía seguro de la tarea que estaban llevando: -"mi capitán, ¿usté cree que eso está bien así?"-; Juan Alberto reaccionó medio arrecho y medio divertido: -"cooooño recluta; ¿usté no oyó lo que ordenó el coronel?, BLANQUITOS dijo él, entonces échele bolas y no me pregunte más güevonadas; a pintar no joda"-. El soldadito se dio vuelta y prosiguió con su tarea de blanqueo.

Los tanques quedaron listos para ser presentados. Ricca le ordenó a los soldados que los estacionaran en los respectivos garajes para tenérselos listos al comandante cuando retornase de su viaje a Caracas y luego hiciesen la respectiva limpieza del lugar. Los soldados se miraban entre sí preguntándose silenciosamente sobre la labor recién terminada; Juan Alberto no les paraba bolas y contemplaba complacido su trabajo. Un soldadito avisó: -"allá viene el helicóptero con el comandante"-. Ricca le ordenó a uno de ellos: -"García, tú vas con el yip y lo traes pa´ cá, apúrate coño que el coronel se va a alegrar muchísimo"-.

El yip llegó al sitio en donde se hallaba Juan Alberto esperando a su jefe junto con su tropa. El coronel descendió contento de saber que sus muchachos habían cumplido la labor mientras él se hallaba ausente en la capital, ordenó seguro de sí: -"Capitán Ricca, muéstreme los tanques"-; él le dio la orden a su subalterno: -"cúúúúmplase mi coronel; saaaargento García, abra la puerta del garaje y traiga uno de los tanques; y ustedes allá atrás, vayan y sacan los otros pero volando"-. García corrió llaves en mano para cumplir la orden, los otros lo imitaban mientras se sonreían calladamente sobre la orden. Juan Alberto trataba de entretener a su comandante mientras los muchachos le traían el resultado del trabajo de toda la mañana. La tierra se sacudió bajo el peso de los acorazados terrestres, el ruido atronador de sus motores inundaron el ambiente, el jefe del cuartel se alegró sobremanera al escuchar ese ruido conocido que le era tan familiar, Juan Alberto le anunció complacido que sus tanques aparecerían enseguida: -"mi comandante, así como usté dijo; bien puliditos y bien BLANQUITOS"-. 

Silencio sepulcral y luego un alarido: -"aaaaaaayyyyy, me da un yeyo; aaaayyyyy, me va a dar un patatuz; uuuyyyyy, mi corazón no me funciona; ¿quién coños ordenó que los pintaran de blanco?, ¿quién?... Aaaayyyyy, me muero; me ahoooogo, uuy, aay; ¿a quién coooooños se le ocurrió esa vaina?... Ayyyy, me ahogo, necesito aire... Cooooño, me muero"-. Juan Alberto, sin inmutarse, respondió muy socarrón: -"usté dijo que BLANQUITOS; bueno, ahí están..."-.  

El comandante se quejaba: -"uuyy, mi corazón; aayy, la jaqueca; Riiicca, me las pagas, un mes de calabozo a pan y agua, solo y en calzoncillos... Ayyyy, mi pata con gota... Coooño, mi reumatismo, uuuyyyy"-. Ricca llamó al sargento: -"García, que metan al coronel en el yip y se lo lleven pronto al hospital en el helicóptero"-. García cumplió la orden, lo llevaron al hospital para que la vaina no se complicara. Juan Alberto quedó solo y reflexionó: -"viejo coño e´ madre, me dice que los deje blanquitos, no joda, yo los pinté de blanco con cal, y ahora le da un yeyo, qué vaina"-. Esta anécdota de Ricca dio la vuelta por los cuarteles venezolanos y fue la comidilla diaria de las conversaciones divertidas durante bastante tiempo. 

A Juan Alberto Ricca, mi gran amigo de colegio, le fue recomendado pedir la baja del ejercito venezolano debido a ese hecho y porque, además, él se encamaba a la esposa de este comandante. Se salvó de no haber tenido más problemas porque él mismo pidió la baja ahorrándose dificultades mayores. Hoy en día es gerente de una empresa fabricante de queso en Puerto Cumarebo, le va muy bien; se divorció un par de veces y tiene varios hijos e hijas de diferentes madres o esposas, como se le quiera ver. 

Bien. Los días transcurrían vertiginosamente rápidos y de repente me vi en Caracas con las maletas listas para volver a Alemania. en casa de mi tía trabajaba con su marido uno de los cuñados llamado Jorge (Q.E.P.D.), con él nos dimos una noche de ronda por la ciudad para despedirme porque según mis cuentas en ese momento me demoraría otros cinco años para retornar al país. Marcos, el marido de mi tía (Q.E.P.D.), me llevó al aeropuerto en compañía de mamá y los primos junto con mi tía. Estando allí en la cola de espera se apareció repentinamente Ever para despedirse de mí; qué sorpresa tan arrecha, no me la esperaba.

Esta vez el vuelo sería directo hasta Madrid en la barriga de un Jumbo 747, qué animal tan espectacular era ese avión. De ese vuelo no recuerdo nada especial hasta que aterrizamos en Barajas y allí el animal metálico se coleó saliéndose de la pista, un coro de susto se oyó, pero no pasó nada, solamente que perdí la conección a París y Düsseldorf. Tuve que esperar al siguiente vuelo y por ende otro diferente para Düsseldorf. Muy en la tarde aterricé en esa ciudad, allí tomé un taxi que me llevó hasta Dortmund, le pagué al taxista sus 60 marcos -aprox. 15 dólares- y entré a la residencia sin encontrarme con nadie, era agosto, o sea vacaciones. Me fui directo a la cama, pues la ronda con Jorge había sido bastante tenaz, gozamos un bolón esa noche. No lo vi nunca más. 

Detlef se había encargado de vigilar mi cuarto, todo perfecto, en la nevera había puesto un par de cervezas para darme una buena bienvenida. Me duché para refrescarme y así acostarme porque me sentía bien escoñetado por el vuelo y sus retrasos, me bebí una cerveza disfrutándola mientras escuchaba la enérgica voz de Gilbert Becaud con su Nathalie y Et maintenaint, esperé que se terminase el LP para sumergirme en el sueño de Morfeo. Soñé muchas veces esa noche con mi país, Berlín, y muchas cosas más.

A pesar de la diferencia de horario me desperté temprano y de inmediato prendí el televisor para ver las olimpiadas de Munich.

Me tendí nuevamente en mi cama sorbiéndome un café bien caliente; sin embargo, las imagenes que presentaba la televisión eran sobre el asalto a un edificio, yo veía hombres enmascarados sosteniendo en sus brazos ametralladoras apuntando amenazantes en x o y direcciones, la voz del comentarista se oye nerviosa: -"ahora vemos a los terroristas palestinos que acaban de tomar el edificio y tienen a una cantidad de rehenes israelíes; no se sabe nada sobre su estado y situación"-. En lugar de la inauguración de la olimpiada, había sucedido un secuestro por parte de terroristas palestinos que habían tomado el edificio de los deportistas de Israel y acababan de sacrificar a ocho de ellos; una matanza cruel y despiadada. No salía de mi perplejidad, yo quería ver deportes, y en su lugar se me ofrecía un panorama de la racional irracionalidad del ser humano, según el caso. 

Fui hasta la cocina para hacerme un café, allí me encontré con Franz que escuchaba las noticias por la radio, me saludó efusivo al verme luego de seis semanas de desaparición, le indiqué que estaban pasando por la televisión en vivo las imágenes de Munich, me dejó solo y se fue a mi covacha para observar las acciones en la Villa Olímpica muniquesa, volví con mi taza plena de infusión hirviente y me senté en mi lecho, Franz fumaba despiadadamente; en la pantalla apareció el ministro Heinz Dietrich Genscher con una inmensa escolta policiaca para hacer de intermediario, en los pisos de arriba se veían a los secuestradores con sus máscaras pasamontañas y portando armas de grueso calibre. El drama del secuestro se traslado a un aeropuerto muniqués en donde hubo un inmenso tiroteo con saldo de varios muertos de los secuestradores. Y yo quería ver a Valeri Borsov, el velocista ruso. Las olimpiadas se llevaron a cabo, admiré a Borsov en las finales de 100 y 200 mts ayudado por el despiste de los yanquis, pues ellos se equivocaron de horario y llegaron tarde a la partida de estas finales, se dieron cuenta porque estaban en su comedor viendo la transmisión y de repente apareció en la pantalla Borsov calentando para partir; ellos tomaron un taxi y admiraron su triunfo. 

Otra vez Alemania

A pesar de la olimpiada tuve que concentrarme en el bendito trabajo de <<La teoría de los cuatro polos>> con Dirk; bueno, y también con la Muñequita a quien había tenido abandonada debido al rollo con la supuesta preñez de la Hermosura, los exámenes de verano, el viaje a Venezuela, me di una vuelta por su apartamento para reportarme, se alegró muchísimo, yo también porque no quería perder su amistad; a pesar de todo, le indagué sobre el consumo de pastillas, ya que no quería volver a tener un susto similar al de la primavera anterior, su respuesta fue clara: -"sí, porque tú te apareces de repente y no quiero que me agarres desprevenida; míralas en la mesita de noche; así que entonces, bienvenido... Ven"-. Coño, qué alivio.

 

 

 

Bien. Todo era un mare magnum después del viaje a Venezuela, sobre todo la presión del trabajo investigativo con Dirk y su exposición, pues él ya había adelantado bastante y por tanto me tenía que poner al día. Largas jornadas leyendo e interpretando las fórmulas; sin embargo me sentía hastiado al contemplar todo ese bojote de materia impalpable, pero debía seguir adelante porque los ingenieros son inteligentes, muy inteligentes. Esa frase me perseguía desde mi primaria y bachillerato; poco a poco empezaba a odiarla, pues ya me había dado cuenta de que las personas confundían capacidades y habilidades naturales con títulos adquiridos en base a habilidosas mojigaterías universitarias; sólo los verdaderos hábiles y capacitados consiguen un puesto de trabajo como ingenieros y muy bien remunerado, o bien con la ayuda de influencias llamadas palancas y para ello no se necesita haber sido un gran estudiante; los demás deben conformarse con trabajar en una oficina del estado o impartiendo clases en algún instituto pirata de la cercanía... Esa es la realidad sobre la supuesta inteligencia de la palabra y profesión ingeniero; es muy chévere adornarse con un título de ingeniero, aunque se tenga problemas para manejar una computadora, calculadora o una tabla de logaritmos y como consecuencia de ello se hagan cálculos errados; o se levanten estudios topográficos que terminan en sendas catástrofes ocasionando cantidades de muertos inocentes, tal y como sucede actualmente -2007- en nuestro país. 

Volviendo a la época aquella debo decir que en ese momento, en el cual entraba en verdadero contacto con la electrotécnica, empezaba a lucubrar y reflexionar con una posible separación de ese campo y volver a mis raíces o sueños iniciales; desde niño había querido estudiar educación para impartir clases; esa idea se iba afianzando en mi mente. No era una huida, sino una forma de encontrar mi verdadera vocación profesional. Pero la presión de Dirk y del medio me obligaban a seguir nadando contra la corriente, es decir, contra mi corriente. Ya sentía hastío cada vez que nos reuníamos para investigar, razonar o resumir. 

El verano agonizaba ya, pero ello no era motivo para descuidásemos nuestros encuentros de los jueves en nuestro sótano. Una tarde se aparecieron por allí las chicas aquellas que se habían salvado de haber sido duchadas en plena vía pública, Sybille y Margarett entraron de repente indicándonos que habían escuchado el ruido lo cual les había llamado la atención. Quisieron saber de un sitio para dejar allí sus abrigos, me las llevé a mi habitación para que de paso se retocasen su maquillaje. Yo tenía esa noche un aburrimiento, o llamémosle mejor una soberana ARRECHERA, porque en esa tarde había tenido un altercado con Dirk a causa del trabajo y estaba buscando una distracción; ellas me llegaban como <<anillo al dedo>>, pues me encontraba reflexionando en largarme a buscar a la Muñequita o a la loca Bärbell para olvidar esa coño´ e su madre <<Teoria de los cuatro polos>> que ya me la <<tenía bien chocheca>>; <<no daba palo con bola>> y apenas abría los libros, <<se me agriaba el guarapo>> al ver ese enredo de fórmulas adornadas con cantidades industriales de integrales y diferenciales. Bahhh, qué telaraña.

 

Le pasé el borrador a mi mente y me concentré a ver qué se podía hacer con las chicas que estaban como un verdadero bombón, para chupar y chupar hasta nunca terminar. Bajé con ellas a la fiesta y de inmediato le cayeron como gavilanes algunos de mis compañeros que se hallaban solitarios aquella noche, no le presté atención porque sabía que volverían a conversar conmigo algunos minutos después. La primera en regresar fue la rubia Margarett, se sentó a mi lado para dialogar animadamente sobre su trabajo, ella estaba empleada en una empresa de chicas modelos que hacían presentaciones de ropa -íntima también- en los grandes almacenes de la capital del estado llamada Düsseldorf, así como para la feria industrial de esa ciudad. No era muy alta, pero de silueta delgada y bien conformadas sus redondeces vitales, el cabello era rubio y sus ojos amielados; muy chévere. 

Charlábamos divertidamente sobre sus presentaciones, yo aprovechaba para manosearla desprevenidamente, sin querer pero sí queriendo, ella no rechazaba la subterránea andanada y se dejaba camelar. A nuestro lado se hallaban los dos griegos Dimitrios y Stelios quienes la devoraban con sus miradas, se la hubiesen papiado enseguida sin miramientos, pero ella no les prestaba atención alguna; su amiga bailaba perdida en el montón y de vez en cuando levantaba una mano para saludarnos. De esa forma me olvidaba de la bendita <<Teoría de los cuatro polos>> distrayéndome por lo menos en esos minutos de regocijo estudiantil.

Los griegos no se apartaban de nosotros y seguían jaraneando en su idioma mientras que yo iniciaba acercamientos con la catira Margarett, ella no me los rechazaba. De repente hay un apagón ocasionado porque el encargado de la barra se resbaló y pateó el enchufe de las luces, un alarido de regocijo corrió y voló por toda la sala; sentí que una mano masculina se apoyaba en mi espalda enpujándome hacia la chica lo cual ocasionó que la propinase un tremendo abrazo, en ese momento se encendieron las luces, ella y yo nos observamos risueños, y nuevamente se apagan las luces, entonces siento otro empujón y aterrizo con mis labios en los suyos; las luces se encienden y esta vez estamos bien abrazados intercambiando caricias bucales; los griegos aullan: -"Arturo, muy bien, muy bien; que apaguen las luces otra vez; ja, ja, ja, ja"-. Y en ese momento apareció a nuestro lado su amiga que nos observaba divertida; los griegos bailaban siritaki aplaudiendo la idea del apagón de luces, pues se había desatado una verdadera epidemia de besuqueo general entre las parejas asistentes a la fiesta de nuestro sótano. ¡Qué vivan los apagones!

Yo aproveché un poco del desorden y le propiné un tremendo abrazo a la delgaducha amiga suya Sybille quien se dejó apurruñar por mí sin defenderse en absoluto; los griegos aullaban más: -"bieeeen Arturo, bieeeen, es tu noche, aprovecha"-. Ambas sonrieron sin darle mucha importancia a las alegorías de los descendientes de Platón y demás griegos famosos. La delgaducha le susurró algo a Maragrett, ésta me observó unos instantes tasándome para luego proponer: -"queremos buscar nuestros abrigos, ¿nos acompañas?"-. Salí con ellas bajo la regocijante algarabía de Dimi y Stelios, ellas reían divertidas. Subimos las escaleras hasta mi covachita querida de aquellos años, entramos y les entregué sus prendas; Margarett y Sybille se miraron muy traviesas, la delgaducha se dirigió a mí: -"Arturo, ¿vienes con nosotras a Düsseldorf?"-. Sin vacilar busqué una chaqueta y las llaves de mi escarabajo, allí se metió la catirita elegante: -"no Arturo, no necesitas llevar tu carro, yo o Sybille te traeremos de regreso; queremos que conozcas esa ciudad junto al Rin, ¿estás de acuerdo?; es lindo allí"-. Acepté de inmediato su proposición porque así me distraería olvidándome de fórmulas con integrales y diferenciales. <<Síí>>.  Salimos sin despedirnos de nadie para no armar mucha bullaranga; Margarett le tiró las llaves a Sybille: -"maneja tú"-. Comenzaba el fin de semana y por ello no tuve contemplaciones para irme con ellas a su entretenida ciudad y cambiar de aires. Necesitaba eso. Al coño con <<La teoría de los cuatro polos>>, al coño con la residencia, al coño con sus habitantes; qué vivan las chicas de Düsseldorf.

Siritaki 

Al llegar a esa ciudad nos fuimos directamente a su apartamento para pasar unas horas entretenidas; entramos y hallaron en sus buzones el periódico local, allí había un anuncio sobre la presentación de uno de los grandes de la música griega por aquellos años, Mikis Theodorakis con María Farandouri darían un concierto muy próximamente en esa ciudad; aullaron alegres: -"uuy, vamos al concierto del griego; Arturo, ¿vienes con nosotras?"-. No podía eludir esa invitación tan directa, asentí para complacencia de ellas quienes planificaron enseguida: -"mañana mismo compramos las entradas; Arturo, ¿te parece bien?, ¿vienes?"-. Mi respuesta afirmativa no se hizo esperar al tiempo que pensaba en mis amigos griegos Dimitrios y Stelios quienes seguro querrían ir a ese espectáculo; su gran ídolo que vivía en el exilio –Venezuela- debido a la dictadura de Patacos, estaría allí muy cerca con su música. Ese fin de semana lo disfruté en el apartamento de las chicas, la pasamos chévere y nos entendimos muy bien, paseamos por el Rin.

Y se llegó la fecha del concierto del griego famoso; yo me fui a Düsseldorf con los griegos para buscar a las chicas que tenían las entradas, llegamos a su apartamento y ya estaban bastante acicaladas esperándonos para ir a una sala de conciertos en aquella ciudad ribereña; al verlas me bajé del carro y le entregué las llaves a Dimitrios para que él manejase, me senté atrás con ellas. Nos fuimos al concierto muy alegres, los griegos cantaban contentos, las chicas se regocijaban aplaudiendo las interpretaciones todas desafinadas de los descendientes de Platón y demás celebridades de aquel país; yo, sentado entre ellas, celebraba igual.  

Entramos a la inmensa sala repleta por espectadores griegos en su mayoría quienes aullaban a grito pelao <<Mi kis, Mi kis, Mi kis, Mi kis, Mi kis>>; la atmósfera era simple y llanamente bestial, no habían sillas, todos estábamos de pie esperando que salieran al escenario los integrantes del grupo... Unas cuerdas metálicas dejan escuchar un sonido conocido a través de los altavoces; el publico prorrumpe en estridente algarabía: <<Zoooorba, Zoooorba, Zooorba>>. Se levanta el telón y allí está el grupo dispuesto a satisfacerr a la muchedumbre entusiasmada que no cesa de pedir la complacencia: <<Zoooorba>>. No hay nadie que haga la presentación; un hombre gigantesco con cabeza rematada con una melena rubia y ensortijada camina hasta el micrófono; un alarido llegando al paroxismo emana de las gargantes de los presentes: <<Mikis, Mikis, Mikis>>, el pronuncia un único nombre: <<María Farandouri>>, más frenéticos aullidos del público griego; mis amigas se aferran a mí ante tanta muestra de frenesí por parte de los espectadores griegos; <<nunca habían visto tanto entusiasmo>>, afirman. Sale al escenario la presentada quien cojea porque tiene una pierna de palo*, se apodera del micrófono empezando a cantar con una acerada y firme voz; nuevamente más aullidos mientras Theodorakis dirige tranquilo el grupo. Qué emoción, mis chicas más se aferraban a mí.

*María Farandouri no tenía una prótesis, tenía una pierna de palo; la razón para ello no la sé y por ello no la puedo explicar porque el grupo ganaba dinero suficiente en sus presentaciones; muy pocas personas nos dimos cuenta de ese detalle, sólo mis chicas, yo, y algunos alemanes, pues ella no se movía de su sitio, permanecía estática. 

El grupo interpretó los éxitos suyos de aquellos años para complacencia de los asistentes quienes no paraban de gritar debido a la emoción que los embargaba. Theodorakis dejó a su grupo para que interpretase la correspondiente despedida, salió y se perdió tras la cortina que se lo tragó mientras en el escenario sus asistentes repetían las notas de uno de los temas más famosos de los años sesenta: <<Zorba el griego>>. Mis chicas aplaudían entusiasmadas, pero sin apartarse de mí porque la jauría era tenaz. Acá abajo la música, abrir y luego activar para ver y escuchar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Zorba El Griego Baile de la Pelicula from unicocomotu on Vimeo.

Se bajó el telón en medio de la algarabía de los espectadores enardecidos por la presentación de su ídolo; se alzó el telón para que el grupo se despidiera de su honrado público; ahora vino Mikis Theodorakis para presentarle su venia de admiración a los presentes, un aullido ensordecedor se oyó: <<Mi kis, Mi kis, Mi kis, Mi kis>>; él se agachó muy educado desapareciendo entre las cortinas; se oyó el taconeo de María Farandouri y el público imploró: <<otra, otra, otra más>>; ella los complació. Una nube de sonidos se esparció por la sala de conciertos llamada Phillipshalle al tiempo que ella salía también del escenario.

Los músicos empiezan a recoger sus instrumentos, el público inicia su retorno buscando las salidas; de repente Dimitrios lanza un verdadero alarido de sorpresa: <<Eeeeepaminondas, Eeeeepaminondas, Eeeeepaminondas, heeeey>>. Sus manos no se cansan de hacer señas, y entonces el tamborilero del grupo deja de empacar sus tambores y se vuelve para ver quién lo llama, mira en nuestra dirección, lanza un grito: <<Diiiiimi, Diiiimi>>, y corre hasta el borde de la plataforma, se detiene y salta hasta el piso, se repone del salto y brinca lanzandose a los brazos de Dimitrios; se abrazan como hermanos, Stelios nos explica: -"los tres prestamos el servicio militar juntos, y nunca más nos habíamos visto, sólo hasta ahora por casualidad. Eeeepa..."-.

El tamborilero me abrazó también, y, lógico, aprovecho para apechugarse a las chicas quienes no sabían qué pasaba pero sí se enteraban de que era un reencuentro de grandes amigos; Epaminondas no se cansaba de abrazar a sus amigos al tiempo que parloteaba sonidos incomprensibles, pues todo lo hablaba en griego; las chamas se aferraban a mí ante tanta avalancha de cordial saludo por parte suya; Dimitrios nos mira alegre y anuncia: -"chicas, Arturo; Epaminondas nos invita para que lo acompañemos a su hotel y brindar con el grupo; ¿quieren venir con nosotros?"-. Ellas y yo afirmamos porque era una oportunidad sensacional para estar con gentes famosas, aunque en mi país no eran muy populares; Margarett y Sybille pensaban en comprar discos de Theodorakis; Dimi y Stelios deseaban brindar con su gran amigo Epaminondas; ¿qué nos esperaba? 

Las chicas vacilaban ante tanta bullaranga y acercamiento, además no entendían ni papa cuando ellos hablaban; bueno, yo igual no les entendía ni jota, pero me alegraba de ver tanto regocijo fraternal entre ellos. Las convencí para que nos acompañasen y estar un rato en su compañía, aceptaron para beneplácito de Dimitrios, Stelios y Epaminondas, en especial el último se alegraba, pues pensaba que las llevábamos como carne de cañón para que las disfrutasen, ya que su mirada era muy elocuente; Margarett se me acercó para solicitarme protección: -"Arturo, vamos pero no dejas que ellos intenten algo; ji, ji, ji"-; la calmé, mejor dicho, las calmé porque Sybille se encontraba en la misma situación; las miradas de los griegos eran muy insinuantes, atrevidas. 

Epaminondas le entregó a Dimitrios una tarjeta con el nombre del hotel; las chicas miraron la dirección y de inmediato le explicaron la forma para llegar allí; Epaminondas saltó al escenario para seguir recogiendo sus tambores, mis amigos, con las chicas y yo  seguimos la procesión que buscaba la salida para dirigirse a sus sitios de proveniencia. Llegamos al estacionamiento; allí tuve una idea para iniciar la <<seudoprotección>> de las chicas: -"Dimi, toma las llaves y maneja; Stelios, tú irás como copiloto; Margarett, Sybille, ustedes y yo nos sentamos atrás"-. Ellas me premiaron con sonoros y jugosos besos; saaabrosos. Así se hizo entonces, ellas se dejaron cubrir por mis brazos simulando tener frío; Dimitrios conducía y cantaba en coro con Stelios. 

LLegamos al hotel del grupo de Mikis; Stelios se bajó y corrió hasta la recepción para preguntar por los griegos, regresó alegre para decirnos que ellos se encontraban en el bar; Dimi estacionó mi escarabajo y se quedó con las llaves: -"Arturo, ¿me prestas el carro por hoy?, seguro te quedarás acá esta noche, yo te vengo a buscar mañana o pasado mañana; ja, ja, ja, ja, ja; cuando tú quieras; ja, ja, ja, ja, o cuando las chicas te dejen libre"-. Se lo cedí sin importarme qué haría con él. 

Entramos para encontrarnos con su amigo que conocían del servicio militar y que llevaba el nombre del famoso general griego Epaminondas; las chicas me bisbisean sonidos inenteligibles porque eran demasiado bajos, las miro y me repiten al oído lo que acababan de rezarme... Dirijo mi vista hacia el comedor del hotel y entonces veo y capto lo que ellas me querían comunicar... Sí, sí, allí está el ídolo de la música griega de aquellos años: Mikis Theodorakis. Él sostiene un vaso de ginebra con una mano y gesticula con la otra, a su lado se sienta Epaminondas con su tambor quien nos ve entrar y lanza un alarido: -"Diiiiiimiiiitrios"-. Mi amigo se lanza hacia él y lo abraza, su amigo nos invita a sentarnos a su mesa; nosotros nos acercamos; Mikis pregunta quiénes somos, Dimitrios le explica que soy venezolano; Theodorakis lanza un alarido de alegría y mi gran amigo le hace coro, el maestro pide traducción por parte de Dimi y me explica que acababan de estar en Venezuela; un gran país, un país muy bello, dice él.

Aclaratoria. En aquellos años de las décadas del 60 y 70 Venezuela era un ejemplo de democracia y desarrollo en Latinoamerica así como Uruguay y Costa Rica lo habían sido en la década del 50; nuestro país tenía un nivel bastante alto en comparación con el resto. De esto me enteré a través de mis amigos alemanes quienes me aseguraban que en las clases de geografía universal les habían enseñado lo avanzado que se encontraba Venezuela social y políticamente.

Volvamos al sitio de los hechos en el año 72 en Düsseldorf. Nos sentamos con ellos, Dimi y Stelios traducían la catarata de sonidos que emanaban de los labios de Theodorakis; Epaminondas tamborileaba con sus dedos sobre la mesa hasta que fue y trajo su tamborcito para hacerlo en serio, el guitarrista trajo su bousuki -una especie de mandolina- y se inició un miniconcierto; Stelios se levantó de la mesa con Dimi para bailar siritaki simulando y emulando a Anthony Quinn con Alan Bates; una maravilla la forma en que lentamente se movían al compas de los sonidos de los músicos; las chicas observaban embelesadas sus movimientos; Dimi se inspiraba e impartía ordenes a Stelios para que el ritmo no se perdiese; el miche griego corría educadamente, sin excesos. 

Así pasó y transcurrió un largo rato hasta que las chicas se reportaron porque la noche estaba avanzando, me pidieron que las acompañase a su apartamento, Margarett preguntó coquetona: -"¿vienes a nuestro apartamento y te quedas?"-. Reaccioné espontáneo y le pedí a Dimi que nos llevara y me buscase el domingo en la tarde; ellas reaccionaron: -"no es necesario, te llevamos a Dortmund"-. Ellos se despidieron con un alegre, burlón y atronador alarido: -"Aaaaaarturo, bueeeeen provecho, ja, ja, ja, ja"-. Y se perdieron en la noche. Yo pasé ese fin de semana con las chicas en su morada de Düsseldorf distrayéndome y olvidándome de <<La teoría de los cuatro polos>>.

Continuará. Capítulo 23.

 

 

Última actualización el Sábado, 08 de Noviembre de 2014 10:09
 

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