«EL CRISTO DEL ROSTRO SERENO».

Dr. Felipe Guerrero

Siempre hay un viaje pendiente en los recovecos del alma. Este Seis de Agosto. en ocasión de la celebración de la FIESTA DEL SANTO CRISTO DE LA GRITA, mi viaje es hacia la «Atenas del Táchira». Con sólo visitar al «Cristo del Rostro Sereno» se realiza el milagro de toparme con mi madre y con mi Nona. Es el reencuentro con seres que me acercaron a ese Cristo Milagroso y que siguen habitando la casona de mi alma, siempre arropada de recuerdos.  Mujeres cálidas y lle­nas de comprensión que ayer tenían siempre la palabra justa y una mirada repleta de esperanza en el infinito. En pretérito y en presente fueron mujeres que en su peregrinaje terrenal supieron deshojar con valentía las hojas del almanaque, mientras se alimentaban con los aires frescos del servicio a los demás. Ahí aprendí a tomarme «Un tris de café», porque ellas con su natural generosidad, lo bebían a sorbos con los necesitados, a sorbos como su vida, un sorbo tras otro, dulce, tibio, reconfortante. «Tengo en mi alma los gestos heredados de la calidez que representa expresar el amor a través de actos básicos, como ofrecer una arepa o un pocillo de café»

Crecí con ellas en aquella humilde vivienda que siempre estuvo iluminada por el ideal de compartir. En los días iniciales del mes de agosto, junto a familiares y amigos que llegaban desde «Caricuena» para la fiesta del SANTO CRISTO, también se daban cita las brisas parameras que venían a perfumar las tardes con el olor de los tallos de romero, el mejor regalo que nos traían desde la aldea. Ese olor a romero se desprende metafóricamente de la vida de los justos. Aroma dulce, fresco, natural que nos recuerda la vida generosa del inocente que fue crucificado en el calvario y cuya imagen la tenemos en el SANTO CRISTO DE LA GRITA.

Con mi madre y mi Nona aprendí a querer a Venezuela. Esas mujeres, en audaz combate casi clandestino, con la sola compañía de la luz de la luna le quitaban el velo a la noche, para compartir conmigo el eterno mensaje del respeto a la dignidad de la persona humana.

Ahora regreso a la FIESTA DEL SANTO CRISTO DE LA GRITA. Con seguridad voy a encontrar a esas mujeres recorriendo veredas y caminos, peregrinando en medio de las rocas enmusgadas, saludando al viento con el fresco aliento de nubes masticadas, mientras seguimos soñando junto al mártir del Calvario que, gracias a su mensaje y a su sacrificio, llegará el día en el cual el hambre de los pobres será saciada y será derrotada la miseria de los pueblos.

En la FIESTA DEL SANTO CRISTO DE LA GRITA recuerdo la compañía de estas mujeres porque en su peregrinaje por la tierra la lucha fue su constante rutina, fue su diaria tarea. Ellas exprimieron sus fuerzas para transmitir esperanza, impregnaron a todos con el testimonio de su honestidad y me enseñaron a construir faroles de ideal para iluminar los oscuros momentos de las tormentas.

Esas mujeres siempre estuvieron armadas de valor para luchar contra todas las adversidades. Son y siguen siendo mujeres con coraje. Su grandeza está en su permanente actitud de lucha, en su capacidad de resurgir y en sus eternas enseñanzas para que nadie se humille ante los poderosos.

En los momentos iniciales de mi peregrinaje terrenal, en esas horas cargadas de romanticismo liberador, el mensaje del humanismo cristiano fue el campo obligado donde se refugiaron esas mujeres militantes y en él buscaron su espacio para el combate con las ideas que eran sus únicas armas. Su valiente testimonio fue un grito que salió de la montaña, inundó mi vida, estremeció mi conciencia y  se convirtió en himno de fraternidad.

Ahora al retornar a La Grita, realizo un hermoso recorrido para construir un humilde testimonio de gratitud con los recuerdos que conservo de aquellas mujeres. Testimonio que me sigue acompañando en esta marcha de esfuerzos generosos y con muchos otros paisanos que partieron a la patria del cielo por los serpenteados senderos de la ausencia.

Vamos a los pies del crucificado porque se acerca el día en el cual todas las personas se elevarán por encima de sí mismos y comprenderán que todos estamos hechos para vivir en hermandad. Se acerca la hora en la cual con esta fe y esta esperanza vamos a ser capaces de transformar cualquier desesperación. Con esta fe y con esta esperanza podemos anticipar la estación de la paz en la tierra. Será un día glorioso porque los luceros del alba cantarán el himno que los ángeles entonaron en la pesebrera de Belén «Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a las personas de buena voluntad».

Ahora vamos a La Grita y nos encontramos a los pies del «CRISTO DEL ROSTRO SERENO». Estamos en esta hermosa villa, la misma aldea que «Nos dio su alma» y en esa comunidad consigo a miles de mujeres que nos regalaron y nos siguen regalando la frescura cantarina de su credo, el viento refrescante de su lucha y los hijos luchadores que son los sueños de sus pupilas.

Igualmente me encuentro con hombres, con jóvenes y con niños que se acercan al crucificado a contarle sus confidencias, a pedir por los demás, a escucharlo en el silencio elocuente de un Dios que habla en la soledad, por eso todos sienten que Jesús también atiende sus suplicas. Ellos saben pedir a Dios, pero también sabe agradecer.

Jóvenes y adultos de fe probada que a toda hora escuchan el pasar de los días sabiendo que sus sones componen la banda sonora de la existencia. Desde sus oraciones nos enseñan a renunciar a la prisa, a evitar el sofocado peso de las angustias, a virar hacia senderos menos transitados y a dejarnos llevar por el melodioso canto del turpial que al despertarnos cada mañana hace más alegre nuestras vidas y embellece nuestros hogares cuando visitan en bandadas nuestros jardines.

La vida sigue, renace y se renueva. Cuando miro los rostros de miles de peregrinos surcados por bellos trazos de existencia, encuentro en esos ojos el brillo de la esperanza, porque cuando una persona muestra la transparencia de su alma, entonces es capaz de generar emociones que tienen su misma pureza y la luz se difunde para todos.

Voy a La Grita y me refugio en la mirada amable de los peregrinos, en la sonrisa solidaria de nuestros niños, en la paz del andar de nuestros jóvenes, en la sonrisa amable de nuestras mujeres que van desmenuzando sombras desde la calma ancestral de sus bordados.

Ahora me refugio en «EL CRISTO DEL ROSTRO SERENO».