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Inicio Familia Juventud de Arturo Osorio El viejo mundo, mi nuevo mundo - Capítulo 23 - Recta final
El viejo mundo, mi nuevo mundo - Capítulo 23 - Recta final PDF Imprimir E-mail
Publicado por Arturo Osorio   
Domingo, 04 de Enero de 2015 20:19

Compromiso de bodas

Luego del fin de semana en Düsseldorf con las chicas, ellas me llevaron en su carro a Dortmund, me tuve que enfrentar a la cotidianidad de mi vida de estudiante en el tecnológico y en la residencia; mi grupo de trabajo, la exposición con Dirk sobre esa bendita y recontra coño ´e su madre <<Teoría de los cuatro polos>> que cada día me asqueaba más, pero que debía sacar adelante para poder celebrar con Dirk la graduación en el año siguiente. Me concentraba en las tardes con ellos y él, luego a partir de las 7 ú 8 me largaba con mi carrito a buscar a la Muñequita, o a la loca y alborotada maestra Bärbell. Así iba mi vida.

En la residencia corrían rumores sobre Rabi y Uschi; eran la pareja ideal, se casarían pronto, ella era la mujercita chévere para él, y así muchas cosas más. Un día explotó la bomba con la noticia: <<Uschi y Rabi se comprometerán, la fiesta será acá en nuestro sótano, están todos invitados a una copa de champaña para celebrar por los novios>>.

 

Habían puesto un anuncio en el bar para que todos los asistentes se enterasen y al mismo tiempo evitar que en realidad asistiesen todos los 80 habitantes. Nosotros, los de nuestro piso, Rafael, Franz y Detlef nos unimos para comprar un regalo entre todos y llevárselo. El regalo consistiría en un paquete de condones de talla XXXL así como varias cajitas de ungüentos catalizadores de la erección masculina para que Rabi no decepcionara a su Uschi en su primera noche de compromiso, pues era bien conocido de todos que él bebía caña por cantidades industriales sin parar, siempre con el semáforo en verde para las botellas de zumo lupúlico.

El verano todavía no se había despedido y por tanto decidieron que la fiesta empezaría en el patio de la residencia, allí donde Polichronis junto con Rafael y mi persona habíamos crucificado al conejo cometiendo un cunicidio, luego al atardecer se trasladaría al sótano para allí continuar sin molestar a los vecinos ladillas que llamaban siempre a la policía apenas se llegaba la hora de callarse la jeta, según las leyes de los alemanes sobre comportamiento. Coño, todo estaba bien programado para que Uschi y Rabi se comprometieran.

El conserje estaba un poco nervioso porque Rabi no era precisamente uno de sus grandes amigos, así como nosotros tampoco. A pesar de todo les colaboró para colocar las mesas en el patio del degüello del conejo nuestro; bueno, y nosotros también lo hicimos a pedido de Uschi quien no cabía en su regocijo de haberse pescado al Rabi como futuro esposo. El gordo Jürgen con su Daniella colaboraban también para que la logística de la fiesta no fallase. La tarde estaba bastante soleada, linda, bella. Hasta un grupo de música habían contratado para alegrar a los asistentes al compromiso de Uschi y Rabi, o sea Úrsula y Helmut.

Un acordeón lanzó su música para iniciar un vals alegre, las parejas y no parejas se levantaron de sus asientos para moverse al compás de la música vienesa; los padres de ambos se sentaban aristocráticamente en sus mesas mientras observaban a los invitados que danzaban acompasadamente, según los orientaban las notas del acordeonista. La pareja estaba sentada en el otro extremo cuchicheando animadamente porque la Uschi no se cansaba de manosear por debajo de la mesa a su Rabi; él no tenía problema con el manoseo de la Uschi, pues él se dedicaba a hacer desfallecer cualquier cantidad de botellas contenedoras de zumo lupúlico. Reían y bromeaban sobre el futuro que les esperaba mientras Uschi manoseaba a su Rabi; él se dejaba hacer y hacer.

Dimitrios, Stelios y Polycrhonis se ufanaban en conseguir parejas al tiempo que trataban de cambiar la música para bailar su lindo y bello siritaki, pero nadie les paraba bolas y entonces tenían que continuar con la música bávara o con los éxitos de los grupos no alemanes de aquella época como los Beatles, Rolling Stones, the Who y otros más no tan conocidos. Uschi hurgaba, Rabi bebía.

En una esquina habían colocado una mesa grande con diferentes comidas y platos para los diferentes gustos como ensalada de papas, salchichas cocidas y asadas, milanesas, papas fritas y salteadas, albondigas alemanas, ensaladas de verduras, es decir, un sin fin de viandas sencillas pero muy apetitosas. Nosotros aprovechábamos de la lujuriosa cantidad allí disponible para hartarnos de comida y pasarla con cerveza o alguno de los vinos engarrafados en sendas botellas de 5 litros; una verdadera bacanal.

La mamá de Rabi se encargaba de que éste comiese debidamente porque él se dedicaba únicamente a bajarse los vasos con cerveza y hasta los mezclaba con vino para darle más efectividad a la etílica bomba de tiempo.

Aquella tarde yo había invitado a la maestra Bärbell porque la Muñequita se había ido a su pueblo como lo hacía todos los fines de semana y yo precisaba de compañía femenina para olvidarme de <<La teoría de los cuatro polos>>. La maestra bailaba con todos los que la invitaban, en especial los griegos quienes se alternaban para danzar con ella, de vez en cuando se me acercaba para que la acompañase, entonces la complacía para placer de ambos, pues aquel día estaba muy coqueta y lanzada; observadora como lo era, me comentaba entre dientes y al oído sobre el comportamiento de Rabi que no paraba de meterse cualquier cantidad de caña: -"ji, ji, ji, sabes, Rabi no va a ver el atardecer de hoy, la Uschi sólo va a disfrutar con sus ronquidos y sus pedos, ji, ji, ji; míralo, ¿cuántas cervezas se ha bebido ya?, increíble su sed"-. La verdad era que Rabi no le paraba bolas a la chica suya dedicándose solamente a beber y engullir lo que su mamá le traía y servía, parecía frustrado, incluso hastiado.

Los griegos lograron apoderarse del tocadiscos y colocaron el disco de Theodorakis. Nos reunimos a su alrededor para verlos bailar su armónico siritaki, todos aplaudíamos la demostración de los tres quienes se ufanaban al máximo para que cada paso les saliera exacto. Acá debo aclarar lo siguiente basado en observaciones que hice en locales de griegos allá en Dortmund. Los griegos al igual que los pueblos de Asia Menor bailan entre personas del mismo sexo, hombres con hombres y las mujeres entre sí. Esta observación la hice en varias ocasiones en que fui invitado por ellos a sus locales o las fiestas de particulares en la casa de alguno de los compatriotas de Dimi quien me llevaba a todas partes para presentarme y darme a conocer entre sus amigos. De esa manera aprendí a conocer la amistad y hospitalidad de los sucesores de los pensadores y poetas griegos.

La tarde comenzaba a desaparecer bajo un crepúsculo rojizo como dándole un adiós al verano ya feneciente y dejándose arrobar por una temperatura agradable que nos acariciaba a través del viento lento que batía las copas de los árboles circundantes al patio de nuestra residencia. Rafael tortoleaba con su Gisela, Jürgen y Daniella discutían, Detlef con su Brigitte degustaban los platos; y Rabi se enchufaba los vasos de cerveza sin perdón. El camión con el tanque de cerveza no daba abasto ante tanta demanda por parte de los participantes. Sí, sí. Los padres de la pareja habían contratado un camión repartidor de cerveza que portaba un tanque con una cantidad abismal de ese líquido; o sea que podías beber gratis hasta caerte de la pea, tal como sucedió con algunos.

Nuevamente empezaron los valses alemanes para beneplácito de ellos; Uschi se levanta y hala a Rabi para que baile con ella por lo menos un rato, pues hasta el momento se había limitado únicamente a beber caña. Ella lo logra convencer con sus arrumacos y salen a la burda pista del patio con piso de ladrillo, Rabi se bambolea debido a la carga de alcohol que ya lleva en su cuerpo, Uschi lo sostiene para que no se resbale; de repente se oye un alarido: -"nooooooooo, nooooooo Rafael, ¿qué haces?"-. El tico se había acurrucado debajo de la manguera del tanque de cerveza al tiempo que había abierto la llave para ducharse. Su Gisela trataba de halarlo pero él era muy fortachón y no se dejaba sacar de su placer que era bañarse en caña; el tico reía feliz y la espuma etílica lo convertía en una blanca pompita mientras soltaba una sonora carcajada que se esparcía por doquier. 

Todos observábamos divertidos la presentación del tico Rafael y la desesperación de su Gisela que no hallaba la forma para sacarlo de aquella ducha etílicamente espumosa haciéndolo parecer a un gorila albino que danza acurrucado porque le traen su alimento. Lo único que faltaba era que hubiese comenzado a caminar gorilescamente bajo el chorro que le bañaba su frente, el resto le era igual. Ella, Gísela, no se atrevía a intervenir para no convertirse en una víctima más del baño. Rafael reía como un autómata. Una vez que se sintió hartó, por fuera y dentro, decidió salir de allí. Se irguió carcajeándose al tiempo que sus zapatos lanzaban espuma al caminar: <<plasshh, plasssh, plasssh, plassshhh>>, se oía a cada paso suyo. Gisela se quejaba: -"Osito, ¿qué haces?"-. Él no se dejaba influir y continuaba luciendo su espumoso disfraz. Todos reíamos a carcajada batiente su osadía.

Los griegos intervinieron para cambiar la música y colocaron un disco de un español muy famoso por aquellos años que se llamaba Peret y quien había popularizado una canción suya llamada <<La rumba del tracatrá>>.

Rafael era un admirador suyo, se lanzó al patio para revolotear con sus espumeantes zapatos gritando: -"Es la rumba del tracatrá, la que todos quieren cantar; es la rumba del tracatrá, la que todos quieren cantar... plasshh, plasssh"-. Una vez más tuvimos que aplaudir su presentación.

-"Uuuhhhhyyyyyy, qué horrible; ¿cómo es posible?... Uuuhhhyyy, qué cochinada"-. Gisela, la amiga de Rafael, cambiaba la vista para que nos fijásemos en lo que sucedía en el otro lado del patio... Qué escena tan tétrica se nos brindaba allí. 

Rabi se aferraba con su mano izquierda a un árbol para no caerse y con la otra sostenía su masculinidad para deshacerse del líquido que le torturaba su próstata; de sus intestinos se escapaban sonoros sonidos nauseabundos que se semejaban a la tronera de un preámbulo de aguacero acompañados de cortas regurgitaciones indicadoras de que su estómago también estaba pronto a devolver toda la cantidad de comida que su señora madre le había embutido. Él meaba, pedorreaba y regurgitaba. Ja, ja, ja.

Uschi empezó a protestar por la presentación de Rabi, sus protestas se iban convirtiendo en quejas lacrimosas: -"Helmut, ¿por qué haces eso?, pórtate bien... Buaaahh, snif, snif, buahh"-. Rabi no le paraba bolas y seguía con su espectáculo de peos, meados y regurgitaciones. Nos olvidamos de Rafael con su <<Rumba del tracatrá>> y baile espumoso para concentrarnos a ver el drama de Uschi con su <<maravilloso>> Rabi. Ja, ja, ja, ja. Su mamá trataba de acercársele pero era imposible, pues él giraba hacia un lado y otro lanzando su chorro creando a su alrededor un muro líquido; su rostro perdía color destacando así su barba.

La dirección de su meada se extraviaba a cada lerdo movimiento suyo, de pronto echó a caminar simiescamente sosteniendo su masculinidad convertida en manguera apaga incendios, murmuró: -"te, te, tengo hambre, quiero albóndigas"-. Su chorro se dirigió exactamente hacia la bandeja portadora de las albóndigas y un alarido de sorpresa mezclado con asco se oyó por todo el patio: -"baaaahhhhh, qué cerdo"-. Él no se percataba del desastre, Uschi lloriqueaba quejumbrosa, su mamá trataba por todos los medios a su alcance de dominar la situación, pero le era imposible debido al avanzado estado de beodez de Rabi.

Bärbell se escondía detrás mío y se burlaba silenciosamente de la pobre Uschi quien ya se había resignado sin saber que faltaba aún una parte de la escena. Rabi pudo por fin guardar su instrumento masculino y se lanzó a la mesa para tratar de comer; una mano suya cayó directa sobre la bandeja con la ensalada de papas, la cerró y la alzó para atarugarse, pero en ese preciso instante sucedió que su estómago se negó a aceptar más alimento y devolvió la carga ya almacenada allí; de su boca se escurrió una masa blancuzca con ribetes amarillentos y pedazos oscuros, era la ensalada con albóndigas que su mamá le había embutido rato atrás.

Un calambre estomacal le hizo doblar su torso cayendo de cabeza sobre la mesa enterrando su luenga barba en las bandejas con las ensaladas, resopló como hipopótamo sumergido en el Nilo levantando burbujas transparentes de la mayonesa. En su afán por aferrarse a algo, tomó con sus manos el mantel halándolo, así cayeron algunos de los platos al piso junto con él ocasionando un ruido descomunal; su camisa y pantalón eran un mosaico de colores, sabores y pegostones de los alimentos que se habían adherido a su cuerpo; de su bragueta abierta trataba de extraer su miembro para seguir meando, su mano extraviada no atinaba a hallar su objetivo y entonces se vio como su pantalón se humedeció abundantemente mientras con la otra mano recogía los restos alimenticios pegados a sus ropas para introducírselos en su boca. Uschi se levantó de su mesa gritando: -"me divorcio ya, me divorcio ya; buahhh, snif, snif, snif, buaaahhhh"-. Rabi, sin saber qué sucedía, reprochaba a los presentes: -"¿nunca han visto a un hombre meando y vomitando?... Rafael, Rafael ven a bailar <<La rumba del tracatrá>>"-. Y ambos con su indumentaria especial bailaron la rumba de Peret; el tico espumeaba y Rabi repartía comida pestilente a cada vuelta suya.

Franz, Detlef y Jürgen tuvieron una idea genialísima. Conectaron la manguera en la llave del patio y apuntaron hacia los dos para bañarlos. Un aplauso y ovación se esparció entre los presentes; Jürgen tomó la manguera apuntando directamente hacia Rabi para deshacerlo de toda la comida y vomito que adornaban sus vestimentas, incluso cesó de bailar para que el gordo lo bañase, le caía bien la ducha fría, entonces pidió cerveza y más música para bailar con Uschi, pero ella ya se había largado, y para siempre, pues nunca más volvió a la residencia ni se dejó ver por los sitios que nosotros visitábamos. Rafael se unió a la ducha común porque le ardían los ojos debido a la cantidad de alcohol que le azotaba los ojos; ambos reían perdidos en su jolgorio. 

El conserje se hizo presente para saber quién recogería toda la cochinada allí extendida en el piso; los padres de Rabi tomaron la batuta de las acciones, ya que los padres de Uschi se habían largado con ella en señal de solidaridad paternal; Rabi y Rafael danzaban la rumba de Peret bajo la ducha que Jürgen les proporcionaba. Bärbell observaba todo un poco alejada del sitio, yo no la perdía de vista y ella a mí tampoco, le hice señas para que se acercase, lo hizo contoneándose al compás de la melodía al tiempo que sostenía un vaso con limonada, me inquirió: -"¿qué quieres?"-, sonrió picarona. Le susurré a su oído que deseaba pasar la noche con ella, me haló hacia un lado respondiendo en el mismo tono: -"sí, pero vamos a mi apartamento, pues esta jarana no parara hoy y el ruido será grandioso; ahora vamos al sótano y bailamos un rato para entonarnos, ¿sí?"-. Sííí fue mi respuesta aprovechando para manosearla, ella protestó: -"atrevido; en público no, ji, ji, ji; ven, vamos a bailar"-. 

Al bajar las escaleras para entrar al sótano nos alcanzó Rafael carcajeándose brutalmente y pidiendo paso: -"déjenme pasar, ja, ja, ja; me tengo que duchar, ja, ja, ja, déjenme pasar"-. Se perdió. Vimos a una chica sola en la entrada, su desorientación era patética y clara, buscaba a alguien que no estaba allí presente. Jürgen se le acercó para indagar qué buscaba o quería saber, ella respondió medrosa: -"busco a Klaus, pero no sé el número de su habitación; ¿me lo podría decir?"-. Jürgen enarcó sus ojos mientras miraba de reojo a su Daniella, luego le aclaró a la chica: -"Klaus Schulze no está, se fue a Münster a visitar su familia y vuelve dentro de una semana; pero no importa, nosotros la invitamos a la fiesta; de todas formas si quiere cerciorarse de mis palabras puede subir al último piso a la derecha, número uno-cinco, o sea la primera del quinto piso... Pero él no está"-. La chica asintió silenciosa y se fue escaleras arriba buscando la habitación del Klaus. Bärbell y yo nos perdimos en las nubes de humo reinantes en el sótano para bailar e irnos entonando para luego largarnos a su apartamento. 

De repente se oyeron unos alaridos femeninos bastante lejanos: -"socorro, socorro, ayuda"-. Jürgen, Daniella salieron para ver de dónde venía la voz desesperada; yo corrí arrastrando de la mano a Bärbell porque me olía que tendría que prestar ayuda otra vez, era una leve corazonada. Ellos subieron las escaleras porque creían que la voz venía del piso más alto, momentos luego se oyó la ronca voz, ella fumaba mucho, de Daniella llamándome: -"Arturo, ven pronto antes de que tu hermano cometa una barbaridad muy grande, apúrate"-. Mi corazón no me había traicionado, mi hermano costarricense estaba en líos. A grandes trancos escalé las gradas con la maestra siguiéndome con su risilla nerviosa; Jürgen y Daniella estaban parados a la entrada al piso gritando: -"Rafael, Rafael, pórtate bien y no como un cerdo"-. Bärbell dejó escapar un aullido al ver la escena que se nos presentaba: -"ayyyy, no es posible; y tan caballero que es cuando está en sano juicio"-. Yo no sabía si reír o regañarlo. La chica estaba contra la pared protegiéndose con su bolso; Rafael enfrente suyo trataba de acorrarla con la mano izquierda mientras que su mano derecha sostenía su erguida masculinidad apuntando hacia la chica al tiempo que le lanzaba frases tratando de convencerla de sus intenciones: -"mira, esto tan sabroso sólo para ti, je, je, je; únicamente para ti, je, je, je"-.

Bärbell era una mujer muy tranquila y antiparabólica, pero esa escena la enfureció: -"Arturo, haz algo por la pobre chica; no vas a dejar que Rafael la viole a plena luz; haz algo, y pronto"-. Rafael no se percataba de nada, la chica sollozaba ante tal amenaza; afuera se había armado un barullo tremendo: -"¿ya la violaron?, ¿quién es?, ¿quién es?"-. Risas y más risas. No tuve necesidad de intervenir, pues Bärbell se interpuso entre ambos mirando desafiante al tico, Jürgen lo sacó a empellones del piso llevándoselo a su cuarto; la chica salió en carrera loca probablemente embargada de vergüenza o arrechera. El grupo de curiosos se disolvió totalmente una vez que el espectáculo hubo finalizado, los retrasados se quejaban por habérselo perdido.

Copenhague

Cuando se está joven y se es estudiante se le ocurren a uno cosas e ideas de repente. No recuerdo exactamente la fecha o la razón, pero una vez estábamos celebrando alguna materia aprobada con Franz, Rolf, Klaus Dodenhoff, Jürgen y mi persona. Ya era casi medianoche cuando alguno de nosotros tuvo la idea de proponer ir a alguna ciudad de excursión, tal como en abril habíamos tenido la idea con Franz y Mani de viajar a Berlín occidental. Rolf, creo que fue, propuso la ciudad de Copenhague, dicho y hecho. Una hora más tarde nos encontrábamos en la autopista con dirección hacia el norte de Europa; Franz con su guitarra y melodías amenizaba el viaje el cual fue un desastre porque íbamos cinco personas en un escarabajo, Rolf conducía, luego Klaus de copiloto, atrás el gordo Jürgen, Franz con su guitarra y mi humilde persona; parecía una lata de sardinas sin destapar. A las seis de la mañana llegamos a un sitio llamado Puttgarden en donde tuvimos que esperar un largo rato al ferry que nos llevaría a territorio danés. Cruzamos el estrecho y luego proseguimos hacia la capital danesa. Más o menos a las 11 de la mañana entramos al centro de la ciudad. Qué orden dijeron al unísono mis amigos alemanes, yo permanecí perplejo y boquiabierto ante la disciplina reinante en aquella ciudad escandinava.

Estábamos muy cansados y buscamos un hotel para reponernos del largo viaje. Luego de muchas vueltas logramos conseguir uno que se adaptaba a nuestra capacidad económica, pues la vida en esos países era mucho más cara que en Alemania o Francia. Nos acomodamos todos en una misma habitación, es decir, cinco personas en una covacha bastante estrecha y mal ventilada; pero estábamos en Copenhague; además, la incomodidad no nos molestaba, pues el deseo era salir a caminar y conocer, los lechos los precisábamos única y exclusivamente para dormir. Fuimos a un quiosco para comer unas papas fritas y salchichas porque era lo más barato que ofrecían, después de cada gasto teníamos que hacer cuentas sobre lo que quedaba en nuestros bolsillos. 

Una vez que hubimos descabezado el sueño nos fuimos al centro de la ciudad para caminar, conocer, tomar fotos; y también para visitar los famosos quioscos o ventas de revistas y películas pornográficas. Pronto llegamos a una calle en la cual se encontraban en hilera uno junto al otro y frente a frente dichos negocios. Las vitrinas estaban tapizadas con gigantescas fotos de mujeres en cueros totalmente y posando de diferentes maneras y objetos variados. Franz entró a uno de ellos y nosotros lo seguimos en fila india muertos de la curiosidad. Qué oferta de afiches, diapositivas, revistas, películas; y objetos mil para las relaciones sexuales como ungüentos, preservativos, artificios para los masoquistas y sadistas; una película se proyectaba en una de las paredes en la cual se mostraban cantidades interminables de posiciones para realizar el acto sexual, en otra pared se proyectaban diapositivas sobre animalismo, por ej., una chica con un caballo, un perro, un burro, un gato, y hasta con un ratón retozando en su pubis. 

Nuestro asombro no tenía límite ante tanta carne femenina flotando en las paredes de aquel mercado pornográfico. De pronto un grito de Franz nos puso alertas: -"jey, jey, vengan, vengan para que vean esto; ja, ja, ja"-. Nuestra manada cargada de curiosidad se acercó a él; qué impresionante, uuuyyyyyy, exclamamos al unísono. Una rubia despampanante se sentaba en una banqueta debajo de un caballo y le aplicaba una tremenda felación mientras sostenía con ambas manos el fierro del corcel. Él sostenía la revista con ambas manos mientras nosotros nos peleábamos por ver la foto a página doble o central. Rolf, muy socarrón, protestó: -"bahh, qué asco, y eso después del almuerzo; ja, ja, ja, muestra otra foto"-. Seguimos hojeando la revista de Franz hasta que vino un vendedor, se la rapó colocándola en el estante y nos señaló la puerta. Salimos de allí para entrar al siguiente. Así estuvimos retozando hasta que comenzó a caer la tarde en Copenhague. Nuestros estómagos dieron su campanada anunciándonos que querían comida de verdad y no la mamadera de gallo con salchichas. Decidimos celebrar el acontecimiento cenando en el hotel para no tener que buscar un sitio. De camino allí tomé varias fotos con mi camarita Olympus que me acompañaría mucho tiempo. En esas fotos se nota ya la caída de la tarde gris en esa parte del globo terrestre, cielo encapotado y muy oscuro porque estábamos a finales de septiembre, el otoño amenazaba ya con sus bandazos. 

La cena fue muy frugal porque los precios eran altísimos, una sopa muy aguada, unas papas cocidas y una milanesa con verdura, postre y nada más, pero lo más caro de todo fue la garrafa de vino. Para pagar tuvimos que reunir entre todos porque los reales de cada uno no alcanzaban para pagar individualmente. Luego hicimos cuentas y nos percatamos de que apenas teníamos dinero para la gasolina de regreso, mas no para pasar esa noche en el hotel; entonces tuvimos que recoger los corotos y retornar a Dortmund. Al día siguiente en la mañana entramos a la residencia molidos por ese viaje tan corto e intenso. 

Último encuentro

Nuestra vida retorno a la aburrida cotidianidad de un estudiante universitario. Yo luchaba con la preparación de la <<Teoría de los cuatro polos>>, los demás compañeros de grupo se ocupaban de sus materias al igual que los habitantes del piso. Dirk y yo nos encerrábamos en la biblioteca del tecnológico a descifrar y luchar con los libros referentes al trabajo. Yo regresaba en la tarde a mi covacha extenuado y furibundo porque veía que no avanzaba, ya me estaba sacando la piedra ese trabajito y maldecía porque me había dejado convencer de Dirk para no presentar el examen y en su lugar realizar la investigación. Qué cagadota, coño.

Una tarde me fui con él al Sport Center para bebernos una cerveza y comentar la táctica para el día siguiente. Estábamos muy concentrados en nuestra lucubración cuando vino Friedel, la mesonera, y me colocó una cerveza diciéndome: -"te invitan, la chica que está allá sola en la esquina; salud"-. Alcé la vista y me encontré con los juguetones ojos de la Muñequita quien sostenía en alto su vaso para brindar; coooño, la tenía olvidada. Me levanté de mi asiento para irme a su lado dejando a Dirk con sus libros y apuntes, me senté a su lado y la estreché furiosamente pero sin maltratarla, me reprochó: -"tuve que venir a buscarte porque no has vuelto a pasar por mi apartamento; ¿molesto?"-. Brindamos y bebimos; Dirk vino hasta la mesa para preguntar: -"¿qué pasa Arturo?"-; -"hablamos mañana, no más cuatro polos por hoy"-, respondí. Se largó arrecho.

Nos quedamos solos en la esquina, ella tomó mi mano derecha con ambas suyas y susurró: -"Arturo, me iré pronto de aquí, regresaré a Rüthen, quiero que nos despidamos y sigamos siendo amigos, yo te escribo a Dortmund... ¿Me llevas a casa ahora?... ¿Te quedas esta noche conmigo?, es la última noche que pasaremos juntos... ¿Vienes?"-. Entornó su mirada esperando mi respuesta; pagué la cuenta mientras le contestaba: -"vamos, te llevo a casa en mi carro"-. Por el camino dicharacheaba muy alegre, llegamos a su edificio, estacioné mi carrito y subimos a su cuartico. Fue una noche de mucho jorgeo, cuchicheo, lágrimas suyas y promesas entre las caricias desesperadas de una pareja que se despide para siempre. Por la mañana desayunamos juntos y quise llevarla a su trabajo, pero en su lugar la tuve que transportar a la estación. Subí con ella al andén para esperar su tren, llegó el gusano metálico llevándosela para siempre de mí. Una curva y el gusano se perdió en la lejanía. La cruda  realidad volvió a mi vida, ya no tenía más la Muñequita, sólo la maestra Bärbell, bueno y las dos locas de Düsseldorf a las cuales veía muy de vez en cuando debido a la lejanía de su ciudad; ademas, además tenía enfrente mío a la famosa teoría.  

Un adiós más, sin saberlo

En el politécnico, mejor dicho, en mi curso se pensaba organizar un viaje para visitar a una gran empresa en Alemania. Todos querían ir a algún sitio exótico pero no sabían cuál elegir, yo hablé con mi patota para que propusiesen la Siemens o AEG en Berlín Occidental; y se logró que el curso aprobase la idea; iríamos a Berlín a visitar algunas de las instalaciones de la  Siemens. Había logrado manipular al grupo con el objetivo de poder ver y visitar a la Hermosura, quería verla después del tremendo susto que habíamos tenido en la primavera anterior, incluso disculparme por mi poco comprensivo comportamiento frente a su situación. 

Por aquella época trabajaba yo como celador en una construcción los viernes y sábados por la noche para mejorar mi cuenta bancaria, pues los gastos del carro eran bastante altos para un estudiante. En la barraca tenía un teléfono a mi disposición, entonces aproveché  para llamarla y preguntarle si podía pasar una semana de cinco días, de lunes a viernes, en su apartamento, respondió sorprendida pero alegre: -"no sabía que vendrías tan pronto a Berlín nuevamente; claro, claro que puedes vivir aquí, me avisas con tiempo la fecha; no es problema Agturro"-. Nunca decía no a mis proposiciones, siempre las aceptaba. Y yo prefería estar en su central apartamento en lugar del albergue juvenil situado en las afueras de la ciudad y en el cual estaría alojado todo el grupo; además, estaría con ella para contarle mis cuitas íntimas, pues ella sabía y conocía todos mis secretos, necesitaba hablarle sobre mi descontrol vocacional. La otra persona que conocía un poco mi problema era Rafael. Me quedé pensativo sobre su manera de reaccionar respecto a mis proposiciones, ya lo dije arriba, nunca decía no, siempre me aceptaba mis ideas; qué increíble. ¿Por qué?, nunca lo supe. Quizás Tano tenía razón con su atosigante frase que a veces me sacaba la piedra porque yo no la entendía: <<usté despierta algo en ella, aproveche Maje, hágale de todo>>. 

La logística del viaje la organizó uno de los catedráticos de la facultad con quien yo tenía una cuenta pendiente, la bendita <<Teoría de los cuatro polos>>. Todos pagamos la cuota exigida y pronto nos vimos sentados en un autobús Pullman con calefacción, aire acondicionado, bar y, sobre todo, con baños. El viaje fue una verdadera guachafita hasta que llegamos a la frontera con la hermana República Democrática Alemana, allí se acabó la fiesta; a bajar todas las maletas y a abrirlas para mostrarles a los defensores de ese país que no llevábamos contrabando. Yo cruzaba en carro por tercera vez esa frontera, ya lo había hecho en el viaje a París y luego en mi primer viaje a España. Mis compañeros creyeron entonces mis historias sobre el comportamiento de la policía de la otra Alemania, la democrática. Una vez que controlaron hasta el color del papel higiénico de los baños, se dieron por vencidos comprobando que éramos estudiantes que iban a Berlín Occidental a celebrar. Muy comprensivos se mostraron cuando les dijimos que iríamos a Berlín Oriental para visitar sus museos y la torre de la televisión en su capital.

Al llegar al centro de Berlín Occidental le indiqué al conductor para que parase muy cerca de una estación del metro y de allí irme por ese medio de locomoción a su apartamento. Los demás comjpañeros me despidieron alegres por causa de la caña que ya traían entre pecho y espalda, así como porque sabían que iría a vivir esa semana en el apartamento de una chica: -"bravo Arturo, bien"-, fue su despedida mientras yo sacaba mi maleta de la barriga metálica del autobús. Al día siguiente iríamos a la Siemens para hacer un recorrido por sus instalaciones. Me eché mi maletica a la espalda e inicié el camino hasta el metro. Yo ya le había avisado a la Hermosura cuando llegaría, por tanto no hubo problemas como en la primavera anterior. Qué bien, qué bien.

Riiiiin, riiiin, riiiiinn. Hago repicar el timbre tres veces, de adentro se escucha música a alto volumen, una voz femenina, que no es la de la Hermosura, se reporta pidiendo calma: -"un momento, ya abro, un momento"-. Una mujer alta y delgada, de pelo muy corto, cara huesuda, pecosa, ataviada con un traje de falda y chaquetilla me abre la puerta, me interroga: -"¿Arturo?, ¿es usted Arturo?-". Le hago una seña muda con mi cabezota repleta de cabello casi azul, me invita a entrar: -"pase, pase usted, Astrid ya viene, no tarda en llegar"-. Al fondo se oía la música de Tijuana Brass, me gusta; permanezco de pie sin saber qué hacer, ella me ausculta con sus ojillos oscuros hasta que por fin deshace el silencio: -"póngase cómodo mientras ella viene, lleve sus cosas al armario que ella preparó para usted; ¿algo para beber?, ¿una cerveza?"-. Su altura me abrumaba, sus largas piernas me seducían; no sabía qué hacer en esta situación tan embarazosa, siempre fue así con una chica desconocida.

Afuera se oyen de repente pasos seguros de una fémina, una voz conocida llega hasta mis oídos: -"Gesina, Gesina*, ¿ya llegó Agturro?"-. *Guesina. Es ella, coño dios mío, gracias por mandármela porque ya me estaba poniendo nervioso con la nueva chica; le doy así las gracias al Supremo por sacarme de ese pequeño atolladero, pues la tal Gesina me estaba poniendo contra la pared con su elegante presencia. Ella entra y nos abrazamos muy fraternalmente largos segundos, separamos nuestros rostros para vernos directamente a nuestras púpilas, roza mi nariz a la usanza de los esquimales, luego posa levemente sus carnosos y húmedos labios en los siempre resecos míos; no la suelto, quiero sentir ese calor suyo abrasando mi piel. Nos sonreímos como dos niñitos que han hecho una travesura; hago de tripas corazón y suelto una corta frase: -"perdón por mi comportamiento tan burdo, perdón Hermanita, mil perdones"-. La palma de su mano derecha se pasea por mis mejillas, pues de mis ojos cae una leve gota húmeda, ella me consuela: -"no te tengo que perdonar, te lo dije, fue culpa mía por no dominarme; siéntate y cuéntame sobre ti, el viaje, Dortmund, tu chica; tienes una chica, ¿verdad?"-. Gesina silenciaba comprensiva.

Nos sentamos en su sofá desarmable, su amiga fue hasta el tocadiscos para cambiar la música por algo más movido, colocó un long play de los Rolling Stones, la Hermosura le indicó otro disco más tranquilo; Bert Kaempfert se oyó con sus melodias sobre temas de películas famosas como el Dr. Shivago. Ella y yo conversábamos, mejor dicho yo hablaba como si hubiesen abierto la llave de una catarata, sin parar y a toda velocidad. Astrid prestaba atención muy educadamente; de vez en cuando bajaba mi vista para admirarle sus piernas porque llevaba una falda coquetona, su blusa ceñida a su busto era una sinfonía de alturas con picos y cañadas, su perfume llegaba hasta mis fosas haciendo que yo reconociese ese aroma que había aspirado tantas veces; no sabría  describir la alegría que me embargaba al verla allí tan cerca... Y tan imponente, como siempre lo era. Coño, qué mujerzota.

Su amiga nos trajo bebidas para calmar la sed, muy en especial la mía; ella bebió un sorbito de agua mineral, yo deje que por mi gaznate bajara un largo trago de cerveza bien temperada, luego recogió su bolso y se despidió prometiendo volver al otro día. La Hermosura posó su vaso sobre la mesa cercana y la expresión de su rostro se tornó harto seria. -"Agturro, te voy a contar algo que te va a sorprender quizás, pero es la realidad; compartiré eso contigo porque has madurado bastante desde que te fuiste de Berlín a Dortmund, ya no eres más el jovencito huidizo y callado de la residencia en la Iranischestrasse, ahora ya eres muy maduro para tu edad*. *La misma cantaleta de Tano.

Sabes, terminé el estudio, pero no podré ejercer nunca la profesión debido a una alergia; todos los esfuerzos fueron para nada, ahora deberé hacer un curso de reconversión profesional, a lo mejor sea sólo una asistente en una farmacia o en otro sitio; es la realidad... 

Además, además debo decirte que ya no estoy sola, ahora tengo un amigo que me apoya y de quien me siento muy enamorada... Ves, mi vida cambió mucho en estos últimos meses... Quería compartir esto contigo porque sé que ya puedes conversar con una chica de tú a tú y entenderla, incluso comprenderla"-.  

Siempre admiré su entereza para enfrentar la realidad, pero esta confesión ahora rebasaba todos los pronósticos. Sus esfuerzos de miles de noches bajo la lámpara de su mesa habían sido en vano. Yo le había prestado atención todo el tiempo sosteniendo entre mis manos el vaso con el zumo lupúlico; y ahora ya tenía a su lado a un hombre que aparentemente le ofrecía respaldo; yo entendí entre bambalinas que este señor era de algún poder económico porque yo sabía muy bien que no se iba a enredar con un pobre estudiante, aunque ella era en sus pensamientos políticos bastante idealista, pero muy calculadora en la hora final. No quise molestarla con mis problemas de orientación vocacional y silencié sobre ese tema para no alargar su soliloquio y convertirlo en un diálogo sin gestación de una posible solución. No sé, pero poco a poco se iba reduciendo mi mundo en Alemania. 

-"Agturro, acomoda tus cosas en el armario, tu conoces bien esto, aquí te dejo la llave para esta semana, yo estoy aquí todas las tardes y siempre me encontrarás, ahora me voy a su apartamento; un besito, muahh"-. Yo la sostuve entre mis brazos unos segundos, ella no rechazó mi gesto, al contrario, me abrazó y besó convirtiendo el besito en un tremendo besote apasionado, luego me susurró al oído un trémulo consuelo con su firme voz: -"Agturro, seguro tienes una chica linda de tu edad; ahora descansa y recúperate de tu viaje, estás en tu casa"-. Y salió. Me quedé solitario con mi vaso de cerveza, fui hasta el tocadiscos para cambiar la música. Gilbert Becaud con su tremenda voz retumbó en la soledad. 

La semana transcurrió veloz visitando diferentes fábricas de la Siemens, fuimos a Berlín Oriental para comprar libros, yo no compré ninguno. Así se apareció de repente el jueves en la tarde indicándonos que al día siguiente retornaríamos a Dortmund. Me fui a su apartamento para preparar mi pequeño equipaje. Qué sorpresa me llevé al entrar. Allí estaba Amigo, Gesina y ella en una ronda coloquial muy amena, pues se carcajeaban divertidamente, me dirigí directamente a ella para saludarla de la manera que lo hacíamos siempre, un abrazo y un besito en cada mejilla así como un enternecedor roce de nuestros labios. Amigo silenció al ver tanta confianza y se sorprendió al verme allí, sobre todo al comprender que las vestimentas masculinas que reposaban en una silla eran de mi pertenencia. Una vez que la hube saludado tiernamente, me dirigí a Gesina para saludarla con beso en su mejilla, no hizo repulsa a mi gesto sino que se ofreció para que depositase mi muestra de cortesía, luego le tendí mi mano derecha a él quien me saludó con un tenue y quebradizo <<hola Arturo>>. Ella rompió las formalidades: -"Agturro, búscate una bebida en la nevera y te sientas con nosotros para celebrar tu despedida de Berlín"-. Retorné con una pilsen temperada. Ella llevaba la voz cantante de la reunión contando anécdotas sobre una reunión con unas amigas y amigos. Nos divertimos mucho con las anécdotas suyas sobre esa fiesta; Amigo se carcajeaba brutalmente, creo que celebrando la retórica y mímica de ella. 

Mi cerveza se terminó y fui a la nevera por otra, al regresar interrumpí su charla para colocar algo de música, siempre necesito de música acompañante, admitieron mi proposición, la Hermosura me indagó qué música quería escuchar, roncamente le respondí muy claro: -"Nathalie"-. Ella sonrió escondiendo su rostro tras su larga cabellera negra, Gesina y Amigo asintieron muy divertidos; dejó que la aguja de su tocadiscos cayera sobre el 33 rpm. para que brotase de allí la segura voz del franchute que gozaba de una tremenda popularidad por aquellos años en la Europa de la Guerra Fría. <<La place rouge etait vide...>> La miré fijamente dialogándole con mi vista segura al tiempo que trataba de comunicarle un mensaje jeroglífico e insonoro. Ella se levantó para ir hasta un armario, sacó una botella de vino y me la entregó para que la descorchara; Amigo no salía de su asombro al ver tanta confianza, descorché la botella, la coloqué sobre la mesa mientras ella venía con copas para todos, las llenó para que brindásemos por mi partida y mi próximo final de los estudios. Nos deseamos mucho bienestar para el futuro. 

Ellos se fueron y quedamos solos, tal como Gilbert Becaud y Nathalie en la dacha moscovita, nos mirábamos intensamente guardando un silencio sepulcral; ella lo rompió: -"¿me quieres decir algo?, Agturro, alguna cosa te molesta e inquieta, dímela"-. Negué rotundamente con movimientos de mi cabeza al tiempo que silenciaba mientras escuchaba a Becaud cantando <<... mi vida me parece vacía...>> Volví a negar silencioso pensando que ella no debía saber nada sobre mi problema vocacional, ya me había apoyado bastante para el examen. Negué, negué y volví a negar; rehusé responderle a su pregunta y preferí hundirme en silencio cementerial; no valía la pena. Ante tanto silencio mío decidió partir: -"bien Agturro, si no tienes nada que decirme, entonces me voy; estás en tu casa, y que tengas un buen viaje de retorno a Dortmund"-. Nos estrechamos fraternalmente unos segundos al tiempo que le prometía que le escribiría y la llamaría, tal como dos años antes; un abrazo largo e intenso, un roce en nuestras mejillas así como un leve arrullo de nuestros labios, eso fue todo. La puerta se cerró secamente tras ella permaneciendo solo en su morada. Recogí mis pocas cosas y me tiré a su lecho para dormitar un poco. El viaje de regreso fue muy aburrido, yo dormitaba y mis compañeros de curso se preñaban de caña celebrando la partida de Berlín. 

Otoño sin oro

Los alemanes llaman al otoño la estación del <<Otoño dorado>> debido a la cantidas de hojas amarillentas que yacen en el piso y al ser heridas por los rayos solares se convierten en resplandor aurífero. Al retornar de Berlín me hube de clavar en el estudio con mi compañero Dirk para enfrentarnos al simposio defendiendo nuestro trabajo sobre la <<Teoría de los cuatro polos>>. Yo tenía muy malos presentimientos con ese trabajo y su presentación, dormía mal, muy mal; tenía diarrea, cosa rara en mí. El día de la presentación amanecí con los nervios de punta, me salía espuma de la boca, y la diarrea era imparable, aunque no había comido nada. Dirk vino a a buscarme y nos fuimos juntos al calvario de mi vida; mi Gólgota me esperaba. Saqué 0 en la presentación. Por primera vez en mi vida me raspaban en un examen final, por primera vez en mi vida obtenía la irrisoria nota mínima. Vergüenza.

Los días posteriores fueron un infierno para mí, no hablaba con nadie, no volví a las clases de las otras materias; me volví un eremita en mi covacha; además, ya no tenía a la Muñequita para consolarme, pues Bärbell era sólo una distracción, nada más. Llamar a Berlín no quería para no molestarla porque ella tenía mayores problemas que los míos. Me reuno con mi hermano tico para hablar con él en consejo de dos personas... No lo puede creer, pero mi decisión está determinada; dejo la electrotécnica para siempre y me regreso a mi país para estudiar lo que siempre quise estudiar: pedagogía. Dicho y hecho; soy de armas tomar.

Yo tenía el rollo de que la organización que patrocinaba mi estudio era alemana, entonces tenía que presentarle una excusa muy valedera para que no me exigieran la devolución de los dineros que ellos habían invertido en mí. Hablé con un vecino llamado Karl Krafeld que tenía contactos con sicólogos de una universidad cercana. Estas personas me extendieron una constancia en la cual se leía muy claro que yo estaba sufriendo de <<desorientación vocacional>>. Y así se solucionó ese problema. No tuve que devolver nada.

La noticia de mi retorno a Venezuela se extendió como reguero de pólvora por toda la residencia y entre mis compañeros de grupo en la facultad. Mi cuarto se convirtió en sitio de peregrinación de todos mis amigos y compañeros que venían a mí para tratar de convencerme de que mi decisión era falsa y debía retractarme; a todos los mandé al diablo porque no quería volver a saber nada en mi vida sobre motores, turbinas y transformadores; estaba harto de toda esa marabunta electrotécnica. Bahhh, qué aburrida.

Al ver que no podían hacerme retroceder decidieron entonces atacar para que mi partida no fuera un infierno. Mi grupo concibió la idea de organizar una fiesta de despedida en el sótano de nuestra residencia. Y así se hizo. Vinieron muchos de ellos, algunos de la residencia; y vino una chica que quería despedirse de mi personalmente. Margarett se apareció sin Sybille, sólo ella ataviada con una minifalda picante y seductora. La fiesta fue un auténtico éxito, algunos derramaron lagrimitas influenciadas por la cantidad de caña que se habían metido ya entre pecho y espalda; uno de ellos que había sido marino y tocaba el acordeón amenizó la fiesta con sus interpretaciones, su nombre es Heiner -JAINA-. Poco a poco se fueron despidiendo y saliendo del sótano deseándome mucho éxito en mi nueva vida; Margarett me halaba para que nos fuésemos al cuarto de un amigo llamado Klaus Dodenhoff con quien habíamos estado en Copenhague y quien esa noche se había a su pueblo a visitar a su María. Yo ya no tenía cuarto allí. Y nos fuimos a la habitación de Klaus. Ella fue la chica que me despidió de Alemania regalándome sus recuerdos corporales. 

En esas semanas finales de 1972 vivo una verdadera vorágine de hechos. Debo dormir en diferentes cuartos cada día, voy de despedida en despedida. El 5 de enero de 1973 a las 13:00 horas me embarco en Düsseldorf para regresar a mi país. Franz, Rolf, Klaus Dodenhoff, Rafael, Héctor, y un tal Burkhard del equipo de fútbol van conmigo al aeropuerto. Dimitrios no llega. En aquellos años no existían los celulares. Meses más tarde me llegaría una postal contándome que había tenido un choque y por esa razón no había llegado a tiempo para acompañarme en la despedida. Dimitrios vive hoy en día en su Grecia y es taxista. 

Es temprano aún en la mañana, una densa neblina cubre la extensión del Caribe, a su lado se alza la cadena montañosa que separa el litoral de nuestra capital. La bruma mañanera que baja de ella se conjuga con el vaho caribeño. Voy entrando al aeropuerto en Maiquetía buscando mi equipaje. Son las nueve de la mañana del 6 de enero de 1973; retorno a mi país para comenzar una nueva vida, y un nuevo estudio.

Así y de esta manera terminó la primera etapa de mi vida en el viejo mundo que había sido para mí el nuevo mundo. Apenas tenía 23 años y podía recomenzar mi vida. Así lo hice; 4 años más tarde me graduaría de licenciado en idiomas en una ciudad colombiana famosa por su delincuencia y cuyo nombre es Medellín. 

Ahora haré una breve descripción de los personajes importantes de esta historia.

Herbert Dau. Yo regresé a Alemania en el verano de 1982, lo busqué y hallé. Estaba casado con una mujer bellísima llamada Brigitte, tenían un hijo de nombre Stefan de 4 años de edad. Se divorciaron, Herbert murió el 17 de mayo de 1985 a la edad de apenas 35 años a causa de una violenta y vil leucemia que lo mató en seis meses. descanse en paz, gran y fiel amigo mío. QEPD. Durante mis estudios en Medellín él fue a visitarme con Franz, allí estuvieron 4 semanas en los meses de marzo y abril de 1974.

Rafael Ignacio Ávila Ballar. Terminó sus estudios con un destacado sobresaliente en telecomunicaciones  y se regresó a Costa Rica con Gisela, ella no se adaptó a la vida allá y retornaron a Alemania. Rafael vivió entonces algunos meses aquí en la ilegalidad y sin trabajo. Un día fue a casa de la familia de Witten quienes le prestaron los reales para el vuelo de retorno a su país y salió de aquí a escondidas. Ya en su país consiguió trabajo con el Instituto Costarricense de Electricidad -ICE- y se casó con una tica. En el verano de 1983 estuvo por estos lados y me visitó en Bochum, volvió a Costa Rica y desde entonces no supe más de él. Ya debe estar en jubilación disfrutando de su bien merecida pensión.

Franz Löffler. Se graduó de ingeniero en construcciones metálicas, luego se dedico a la enseñanza en escuelas técnicas. Conoció a una chica que trabajaba de mesonera en un restaurant, vive con ella en Frankfurt. Se volvió burgués; Trabaja, duerme y descansa.

Jürgen Diehl. Se graduó de ingeniero en construcciones metálicas y se casó con Daniella. Vive en Duisburg, Alemania central.

Detlef Nordt. Él también se retiró de la facultad junto conmigo. No sé qué habrá hecho después. Su padre murió y su hermano se suicidó. No sé nada de él. Sólo sé que no vive en Dortmund, pues el apellido Nordt no aparece en la guía telefónica. 

Rabi. Siguió su carrera de borracho a la Juan Charrasqueado, a pesar de que era judío. Trabajaba como dibujante técnico y solterón cuando retorné a Alemania, despues ya no supe más de él. 

Bärbell. Al final no tuve mucho contacto con ella, y no me despedí de ella tampoco. No sé qué habrá hecho ni dónde vive. 

Margarett. Mantuvimos contacto epistolar durante todo el tiempo mientras estuve en mi país, cuando volví a Alemania viví unos días en su apartamento de Düsseldorf. Muy comprensiva.

La Muñequita. Al volver a Alemania en 1982 reinicié brevemente el contacto con ella, a pesar de las protestas y renuencias de su novio de infancia y marido. Tuvo tres hijos, una niña y dos niños. Seguía siendo igual de muñeca que en 1972.

La Hermosura. Luego de aquel encuentro en el otoño de 1972 no tuve más contacto con ella. Se habrá imaginado que me gradué de ingeniero en el verano de 1973 y habré regresado a mi país para casarme con una <<chica linda>> tal como ella me lo pronosticó y deseó en aquellas horas de ardorosa intimidad. Ella no sabe que tiré todo por la borda y que vivo en Alemania otra vez desde 1982. En ese año intenté contactarla telefónicamente en Berlín, pero mis tentativas fueron en vano y fallidas debido a que su nombre y apellido es muy común, y no sé cuántas Astrid Müller habían en la guía; además, ya no vivía en la dirección que yo tenía de ella, entonces desistí de todo intento de contactarla. De ella no tengo ningún recuerdo gráfico, lástima, sólo las imagenes en mi mente, que son muchas, variadas, y muy agradables. Aún aspiro su perfume y siento el tremular de su cuerpo curvilíneo tendido junto al mío, su mirada seria cargada del verde esmeralda de sus ojos, sus carnosos labios, su segura voz. 

El autor. El autor retornó a Venezuela y continuó a Colombia, Medellín, en donde él estudio pedagogía en la sección de idiomas, se graduó de licenciado en julio de 1976, luego volvió a Venezuela y trabajó allí durante 5 años con la Asociación Tachirense de Ciclismo, fue miembro del comité organizador del mundial de ciclismo de 1977 que se celebró en su ciudad San Cristóbal. Fue también director de una escuela de ciclismo para practicantes de pista y ruta. En junio de 1982 aterrizó nuevamente en Alemania en donde se radicó definitivamente, se casó con alemana -Irene- y es padre de un hijo que se llama Jannis Federico Miguel Osorio Pérez Jüngling. Lleva una vida aburrida y monótona, todo lo contrario a lo que fue su primera etapa en la Alemania de la posguerra y Guerra Fría. Escribe en sus ratos libres y sale a rodar en su bicicleta de carreras cuando el tiempo lo permite; se acabó la jarana y las chicas lindas; todo eso quedó atrás, según Becaud.

Espero que hayan disfrutado al leer mis aventuras y desventuras de mi primera estancia en la Alemania de las posguerra.

No continuará, pues este es el capítulo final. Bielefeld en Alemania. Invierno de 2014.

 

 

 

 

 

 

Última actualización el Domingo, 04 de Enero de 2015 20:46
 

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