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Inicio Familia Juventud de Arturo Osorio El viejo mundo, mi nuevo mundo - Capítulo 8 - No puede ser verdad
El viejo mundo, mi nuevo mundo - Capítulo 8 - No puede ser verdad PDF Imprimir E-mail
Publicado por Arturo Osorio   
Lunes, 04 de Junio de 2012 21:09

Aventuras y peripecias de Arturo Osorio Pérez en la Alemania Occidental de la guerra fría.

Su compasión

Por segunda noche me introduje en el saco y traté de conciliar el sueño. Ella leía tranquila, eso me complacía pues se notaba que ya no estaba preocupada como la noche anterior. De pronto me llama ansiosa: -"Agturro, Agturro, ¿duermes ya?"-.

Se  arrastró por el lecho para tratar de ver mi rostro, intenté levantarme y ella me advirtió: -"ah, ¿no duermes aún?, ¿estás despierto?; ven, ven que te quiero proponer algo, ven Agturro; cuidado con la mesa, cuidado"-. ¿Y ahora qué?

Salí de mi escondite artificial y me senté en el borde de la cama, ella colocó el libro en el pretil de la ventana, la cobija se deslizó lenta sobre su busto resbalando hasta su ombligo; mis ojos se posesionaron de sus senos, ella no se molestó por mi curiosidad. Me tomó una mano murmurando quedamente: -"Agturro, está muy bien que me brindes tu apoyo; pero, ¿no exageras?; acuéstate aquí en tu cama, así de paso nos damos un poco de calor; ¿sí?, ¿te parece bien?, es tu lecho, ¿uhm?"-.

¡GLUP! ¿Quéééééééééé? Casi me trago la lengua del susto. La observé incrédulo creyendo que le había entendido mal. ¿Ambos bajo la misma y única cobija? ¡Huy! ¡No puede ser! ¿Se quería burlar de mí? ¿Quería poner a prueba la pactada afinidad fraternal? ¿Qué se proponía ahora? Dios mío, ¿qué jueguito era éste? ¿Qué o cuál treta? Ella sabía muy bien que para mí seguía siendo la amiga del vecino del piso. ¿Yo tocarle una uña a ella? Nunca me atrevería.

Mi turbación era total, no sabía qué responderle. Mi mirada se perdía en la pálida pared eludiendo la suya. Mi cuerpo ardía de rubor; no sabía si era mamadera de gallo suya o sinceridad; o si era para ponerme a prueba y ver hasta dónde llegaría yo en mi audacia y así cerciorarse de mi capacidad de dominio mental y corporal. Yo seguía sentado oteándola sin saber cómo reaccionar.

Ella sonreía cautivadora, invitadora; era una seducción sincera, sin ningún trasfondo. Las uñas de sus dedos arañaban ciegas la palma de una mano mía, ella aguijoneaba segura de sí: -"ven Agturro, eres mi hermanito; acuéstate aquí a mi lado, ven"-. Los dedos de una mano suya enlazan los míos, sus uñas se hienden suavemente en la piel de mi mano, me transmite su calor y susurra tranquila: -"ven, es tu cama, ese saco está muy sucio, no seas tonto; acuéstate a mi lado"-. Me pone contra la pared, ya no sé qué hacer; la piel de su mano besa impertérrita la mía, es ella quien me da la llama de su fogata incógnita. Un rayo luminoso cruza fugaz por mi desordenada mente; tomo una decisión, la llevo a cabo. De un salto me tiendo junto a ella cumpliendo así con sus deseos y, como siempre, obedeciendo a sus ideas, proposiciones e insinuaciones. Muy obediente le era.

La Hermosura ve mi comportamiento espontáneo y no se puede contener; suelta una risotada estruendosa: -"ja, ja, ja, perdón Agturro, perdóname; ¿pero duermes así siempre?, ¿con la ropa puesta?, ja, ja, ja, ja, ¿y los zapatos?, ja, ja, ja"- En mi desbarajuste mental no había tenido otra idea mejor que tenderme a su lado embutido en mis ropas y zapatos. Ello le había causado una hilaridad incontrolable, de sus ojos rodaban ya lágrimas rutilantes al verme a su lado escondiendo mi cuerpo entre mis ropas diarias. Cubrió su boca con la cobija para apagar sus sonoras carcajadas. Y yo inocente, pues ella me había insinuado y dicho solamente que me acostara a su lado. Nada más, y yo había seguido su insinuación al pie de la letra. Nada más. Se calmó, tomó aire, y atacó nuevamente con palabras sobrias pero concretas: -"Agturro, quítate la ropa, cómo se te ocurre acostarte con la ropa puesta, vas a sudar toda la noche y mucho; ropa, cobija, y, y yo a tu lado, ¿uhm?"-.  

¡GLUP! ¿Quééééé?. ¿Ahora qué coños se le ocurría a esta mujer del demonio? ¿Que yo me desnudara delante suya y me acostara a su lado? ¡Huuyyyyyy!, ¡qué susto dios mío! Verga compadre, ¿qué coños se proponía ella conmigo? Mis lucubraciones galopaban. De un golpe me senté en el borde de la cama como queriendo huir de allí. Ella, con voz aplomada y serena, me animó una vez más: -"desnúdate y acuéstate a mi lado, ven que se hace tarde"-. Razonaba tranquila.

¡Huy coño!, ¿cómo le hago?, meditaba yo bajo su sostenido ametrallamiento visual pleno de serenidad. Un mohín picaresco de su nariz me convenció. -"Pero una condición, apago la luz y me cambio de ropa*"-, le dije. Asintió mudamente acribillándome con sus ojos más verdes que el mar Caribe. *Con ello me refería a mi pijama, la cual consistía en un chor de popelina, nada más. Oprimí el interruptor con su vista puesta en mí y mi covacha fue presa de la oscuridad, abrí el armario y saqué mi calzón nocturnal, me fui a la ducha para cambiarme de indumentaria, siempre perseguido por sus esmeraldas. Coloqué la ropa en la percha y caminé hasta mi cama en donde ella yacía tranquila. Cruzamos miradas sin emitir sonido alguno; un resorte del colchón crujió protestando y rompiendo el mudo diálogo visual. Ella alzó la cobija en señal de invitación para que tomara puesto a su lado. Fui gateando lento hacia ella, dejó caer la cobija y ambos quedamos cubiertos bajo el mismo techo textil.

El Che Guevara contemplaba sonriente la escena desde el afiche* colgado enfrente de mi lecho. Mi cuerpo tiritaba de no sé por qué coños, quizás ansiedad, temor a meter la pata o alguna otra cosa desconocida para mí. Yo trataba de que ella no notara nada y simulaba dominar la situación. * Ese afiche lo compré en París en ese viaje loco a Lutetia.

Su brazo izquierdo se enganchó a mi espalda y me llevó a ella, la seda de su dormilona se electrizó al rozar mi piel; nuestros cuerpos se adhirieron, de sus labios salieron palabras de comprensión: -"así no tienes que dormir en ese piso tan duro y frío"-. Su mano izquierda tomó mi mano derecha y la dirigió a sus caderas, las yemas de mis dedos tremulantes se posaron en ellas recorriéndolas pausadamente, de la seda de su dormilona chispeó la electricidad cargada en ella. Qué tersa era su piel.

Me atrajo más y percibí el brillo de sus ojos delatando una sonrisa de sus labios que yo sólo podía suponer. ¡Qué beso! Mejor dicho, qué chuponazo tan apasionado me propinó ella. Esto sí era un verdadero beso de una mujer hecha y derecha. ¡Qué pasión y deseo de posesión! ¡Qué lujuria era su respiración! Aspiré muy hondamente mientras ella me sostenía entre sus brazos entregándome los zumos de su boca. En ese momento volaron por mi mente los recuerdos de las experiencias con las chicas en aquel pueblo tan sucio en donde había estado haciendo mis primeros pinitos con el idioma alemán. ¡Qué diferencia!

No sé cuántos segundos estuvimos en ese clinch, una eternidad creo; bueno, ella dirigía la acción. De pronto se separó, me miró enjuiciadora y: clashhh, su mano castiga mi nalga, un reproche directo: -"tonto, ¿por qué te peleaste con él?-". Clashh... Se apartó de mí para observar mi reacción y al mismo tiempo ordenarme: -"prende la luz en la ducha, esto aquí está muy oscuro y quisiera decirte algunas cosas"-. Encendí la bombilla del lavamanos y corrí la cortina allí por insinuación de ella para crear una atmósfera íntima. Recordé un tango antiquísimo: <<Y todo a media luz, a media luz los dos, a media luz los besos, a media luz mi amor...>> Con la diferencia de que ella no era mi amor. Cubrí mi cadera con una toalla para esconder mi semidesnudez, ella sonreía divertida mas no se burlaba de mí. Torné a su lado pensativo, silencioso, tenso... Mi inexperiencia. 

Repitió con firmeza su frase anterior: -"tontuelo, ¿por qué te peleaste con él?"-; y la recalcó con un sonoro clashh en mis nalgas. Sus ojos se tornaron serios observándome al tiempo que su mano izquierda reconfortaba mi piel maltratada por ella. Esa mano subía y bajaba reptileando por mi cadera y espalda perseverantemente. Yo no reacciono, estoy paralizado ante su ataque. No le entendía su reproche, ella rompió el silencio: -"podríamos haber tenido una amistad más profunda y sincera; pero un día te embravuconaste como aquel sábado en el fútbol en que casi matas a patadas y garrotazos junto con Tano al pobre persa; lástima, así echaste casi todo a perder, y no pude visitarte más para mejorar mi español, lástima"-.

Reproches y más reproches; ahora yo resultaba ser el coño ´e madre, yo había echado todo a perder. Arrejunté todo el valor que pude y me atreví a preguntarle casi en susurro, como implorando su perdón: -"¿qué hice mal?, ¿qué hice mal?, ¿qué?"-.

MUAHH. Su respuesta fue un abrazo atenazador y un beso violento, apasionado, se apartó murmurando queda: -"no importa Agturro, ya no importa... Sabes una cosa, me tienes que prometer que me escribirás de Dortmund cuando estés allá, y me llamas de vez en cuando para saber qué tal te va en tus estudios... ¿Me lo prometes?, ¿sí?"-. Sus ojos buscaron los míos esperando una respuesta, vacilante aseveré: -"sí, sí hermanita, prometido"-. Un sonoro MUAH fue su premio a mi promesa y prosiguió con sus indicaciones maternales: -"y, y me mandas fotos de tu amiguita, pues seguro que allá vas a conseguir una chica linda para ti... Tú, tú eres un jovenzuelo guapo y conocerás pronto una chica; MUAH"-. Sus fogosos labios se apoderaron de los fríos míos. Su temperamento me avasallaba en todo el sentido de la palabra.

 

Esta última frase me revolvió los recuerdos y silencié, ella me indagó por qué: -"¿qué pasa Agturro?, ¿por qué te quedas tan callado y no me respondes?"-. Escondí mi rostro en su pecho bañando su busto con mi respiración, me tomó por la barbilla obligándome a sostener su severa vista indagatoria, no cesó de atizarme verbalmente: -"¿qué pasa?, dímelo, dímelo"-.

Como rezando en un velorio le murmuré: -"Golchi me dijo que yo era un pendejo y nunca podría conocer a una chica linda y bonita para mí, que soy mucho lo pendejo, me dijo él"-. Seria, pero con luminiscencia alegre en sus esmeraldas, me abrazó totalmente y me susurró: -"Golchi es un tonto engreído; fíjate, él tampoco tiene amiguita; ¿le conoces tú alguna?, ¿le has visto una que lo visite?; ninguna, ¿no es cierto?"-. Esta frase me daría mucho valor más tarde en situaciones similares.

Coño, era verdad; ese bolsas tampoco tenía hembra, se aburría en el salón de la televisión, en la cocina, o se encerraba a estudiar. Esa frase me hizo reflexionar. Ella prosiguió: -"y además, no estás tan solo, ¿no es cierto?"-. Ambos reímos divertidos, tanto, que mi valor emergió hirviente de su refugio y la atraje para apechugarla con ardor. -"¡Qué ardiente eres!"-. Susurró ella.

Domingo por la mañana

Cuahc, cuahc, cuahc. Un cuervo malcriado me sacó del sueño profundo en que me hallaba. Ella respiraba tranquila, su aire caliente se estrellaba en mi hombro; se enlazaba a mí como si no me quisiera soltar. El cuervo seguía con sus graznidos cortos y molestos en aquella lluviosa mañana otoñal. Me deshice suavemente de su abrazo, me levanté, abrí la ventana y le lancé una bola de papel periódico al tiempo que lo puteaba en alemán: -"pájaro de mierda, vete al diablo, desaparécete cuervo..."-.

Mis vociferaciones, así como el viento fresco y la llovizna que invadieron de repente mi humilde covacha, la despertaron y trató de transmitirme sosiego: -"Agturro, deja al cuervo en paz y no maldigas"-. Mas este cuervo coño ´e madre me sacaba de casillas con sus graznidos penetrantes, después del papelazo había volado hasta las ramas de un pino y desde allí graznaba mamándome gallo. Ella alargó su brazo hasta encontrar mi mano más cercana, me haló hacia el lecho repitiendo frases de sosiego: -"deja al pájaro tonto ése en paz, ya se irá"-. Su firmeza me convenció y volví a mi humilde lecho berlinés.

Al estar a su lado otra vez, un cimbreante temblor sacudió mi cuerpo al percibir la irradiación de su desnudez llameante sobre mi piel; esa piel trigueña suya lanzándole llamas a la mía, así como al percatarme de que a plena luz del día yo no poseía excusa para eludir su visión íntima. ¿Cómo le hago cuando vaya a la ducha? A pesar de haber compartido mi lecho esa noche con ella, yo seguía sintiendo un profundo respeto y no me atrevía a admirarla desnuda directamente, como una fiera hambrienta y sedienta. 

Su presencia me inspiraba sumisión pero también enaltecimiento. Qué rollo tan arrecho es una mujer en tu vida, el matrimonio ha de ser una vaina bastante brava y complicada, me decía yo cavilando meditabundo, mas no cabizbajo. Por el  contrario, me sentía contento, feliz y pleno de felicidad optimista. Había abrazado y acariciado a esa Hermosurota.

Me deshice en excusas: -"ehj, bueno ehj, ahora voy a la cocina y preparo café para ti; panes y embutido, ya, ya, ya vuelvo, ahora vengo"-. Ella me dio ánimo: -"no te preocupes; sí, sí, anda a la cocina y prepara lo que tú quieras"-. Su comprensión respecto a mí. Corrí hasta la ducha sosteniendo mis ropas en la mano derecha y con la izquierda la toalla para que ésta no cayese al suelo. Ella reía reprimidamente bajo la cobija. Yo desaparecí en la ducha; ella, burlona, simulaba toser.   

Fui a la cocina, estaba vacía pues los demás dormían aún, preparé todo en un ultrasantiamén y retorné con la bandeja repleta de desayuno. La Hermosura ya se había puesto al día, es decir, duchado, acicalado, vestido. Se sentaba en la cabecera de mi lecho berlinés y leía a Tolstoi. Puse la bandeja en la mesa, intercambiamos refulgentes chispazos visuales, ella sonreía adorable. Señalé la mesa con seguridad; ella indagó: -"¿todo eso es para mí?"-; firme contesté: -"sí, sí, todo eso es para ti, come, come"-.

De la radio berlinesa -Sender Freies Berlin. Emisora libre berlinesa- brotaban notas musicales con los éxitos de aquellos años mientras desayunábamos pausadamente. Hube de traer más café, pues ella bebía cantidades industriales de esa agradable infusión matutina. Al volver de la cocina, me senté en los pies de mi cama indiferente, y encendí un cigarrillo para bajar el desayuno.

Ella seguía sentada en la silla junto a la mesa peinándose distraídamente. Nos observábamos mientras yo aspiraba y exhalaba el humo venenoso de mi cigarrillo; el brillo de sus ojos era intenso aquella mañana resaltando su verdor, posó el peine en la mesa y, maliciosa, se me acercó hasta sentarse en mi regazo, sus labios se adueñaron de los míos por unos largos instantes, se separó protestando: -"lástima, tu boca sabe a tabaco y no a ti; lástima"-. Sonreía segura, maligna, coqueta, embrujadora. Esa fue su despedida momentánea, ya que de inmediato tomó su bolso y salió para ir a estudiar con su amiga. Clac, la puerta se cerró.

Allí quedé yo sentado a los pies de mi cama con mi cigarrillo humeando y el Che Guevara espiándome sardónico desde el afiche pegado a la pared. Tiré la colilla al cenicero y quise hacer el esfuerzo sobrehumano de concentrarme en mi estudio, pero podía más en mí el bullente recuerdo fresco de la noche recién finalizada que la obligación de prepararme para el examen.

Mi cabezota cubierta con su pelo casi azul era un mare mágnun de escenas y recuerdos frescos, recientes. ¿Era cierto eso?, me preguntaba inseguro creyendo que se trataba de una desértica fata morgana; ¿era cierto que ella, la Hermosura, había estado en mi lecho toda la noche?, ¿era realidad que habíamos dormido entrelazados fraternalmente? Aún llevaba en mí el fresco sabor a ella, sus aromas impregnaban mi lecho, mi almohada desplegaba la fragancia de su champú. Su ausencia estaba ahí presente. 

Sí, sí, muy cierto, habíamos dormido juntos pero no revueltos, pues ella convalecía de su problema vaginal. Mi respeto por ella. Nos habíamos acariciado con mucha lujuria y voluptuosidad largamente; nuestras extremidades se habían explorado mutuamente como preparando el terreno para otro día; mas sin éxtasis. Y yo seguía siendo virgen sexualmente. ¿Hasta cuándo? A pesar de todo me quedaba el consuelo y el recuerdo de que esa había sido la primera vez en que yo había compartido la misma cama con una chica toda una noche entera; ¡y qué mujer! ¿Era cierto?, ¿un sueño? No, no; era realidad palpitante aún.

Toc, toc. Me sobresalté al oír los toques impertinentes y pertinaces. El conserje coño ´e su madre, pensé yo arrecho. -"Che boludo, levantáte ya; y te hizo mierda la piba ésa, ja, ja, ja"-. No, no, era el porteño risueño y jovial, mi compañero de aventura en esa gigantesca ciudad llamada Berlín Occidental. Abrí la puerta, y él, como un vendaval, entró arremetiendo con su burlona diatriba porteña: -"boludo, ¿qué te hizo?, ¿te ordeñó?"-. Bruno deseaba saber detalles, yo tendí un bloqueo total: -"se fue a estudiar con su amiga"-. Salió callando. Ese domingo lo gasté realizando el informe semanal.

La Hermosura hizo su aparición alrededor de las 9:00 p.m. Tenía que aguardarla porque al siguiente día yo debería madrugar y debía aclarar la táctica. No se complicó en nada la vida y me la puso fácil: -"oh Agturro, no te rompas la cabeza, iré a la universidad y después con mi amiga a su apartamento a estudiar, volveré en la noche, no te preocupes por mí, sé cuidarme y lo que hago"-. Su seguridad, rayana en arrogancia, me imponía. ¡Qué diferencia!, pensaba recordando a las chiquillas que había conocido durante el curso de idioma en el pueblo sucio. Ésta sí es una verdadera hembrota*. Me decía yo. *Con ese término yo quería resumir dos palabras: mujer para la cotidianidad diaria, y hembra para el amor.

Sin embargo, me atreví a cuestionarla: -"¿por qué tu amiga no te ofrece alojamiento en su apartamento?, allá seguro es más confortable"-. Sus ojos se inundaron de malicia y ripostó: -"¿por qué?, ¿acaso te molesta que yo esté aquí?, ¿uhm?, dímelo; ¿deseas que me vaya y te deje solo?, ¿sí?"-. Se sentó cariñosa en mi regazo y refregó su nariz en la mía.

Ella era consciente de que yo disfrutaba con su presencia en mi humilde covacha, sobre todo ahora que ya teníamos una cierta confianza íntima, no me dejó contestar, sólo mi cabeza giró negativa; me explicó entre risillas: -"ella vive con su amigo y no tiene espacio; además, ya te lo dije la primera noche, hasta aquí no viene él a buscarme, ni se imagina que estoy en su antiguo cuarto; y, y, bueno; tú eres muy respetuoso conmigo; hasta ahora lo has sido, y lo seguirás siendo mientras yo esté aquí, ¿verdad?"-. Alcé mi vista para encontrar la suya mientras la enlazaba contra mi pecho.  

Se fue a la ducha para quitarse sus malos olores producto de de las sales molestas de sus sudores, según ella. Con sus palabras rebulléndome en la mente permanecí tendido oyendo el sordo ruido de la ducha cayendo sobre su hermosura. Qué envidia. Volvió envuelta en mi bata para alegría mía, pues a mis fosas nasales llegaban ya los aromas de su frescura corporal. Un beso suyo, un cuchicheo tierno, bisbiseante, y me dormí, sólo escuché sus buenas noches. Nuestros cuerpos se besaban, se arrullaban.

Ese lunes fue para mí una tortura. Todo el tiempo estuve pensando en ella y qué haría, dónde estaría, quién era esa amiga suya, dónde vivía. En ese instante no me lo podía imaginar ni comprender, pero me sentía celoso. Sí, sí, y bastante.

Al entrar a mi cuarto hallé una nota en mi mesa. <<Arturo, vendré más temprano. Saludos Astrid.>> Le di una ojeada a mi reloj, eran las 6:00 p.m. Cené y me senté a estudiar. Mejor dicho, a simular que estudiaba, pues en realidad mi conciencia se perdía confusa entre los libros. No sé cuántos cigarrillos me fume en ese par de horas. Abrí la ventana para que circulara el viento y se llevara el olor a nicotina, fui a la cocina para vaciar el cenicero, me entretuve un momento con Arodi, retorné a mi morada.

Yo no había trancado la puerta para que no tuviese necesidad de tocar y pudiese entrar sin esperar. Extrañado vi que la puerta estaba trancada. Menos mal que tenía la llave conmigo. La destranqué, entré, y nuevamente ella me sorprendía. Muy tranquila yacía en mi lecho leyendo el diario, me oteó sonriente: -"te vi en la cocina con tu amigo al pasar, pero no te quise molestar. Ves, vine más temprano; ya cené en casa de mi amiga; cuéntame cómo te fue hoy en la práctica"-. Me senté en el borde de la cama y platicamos un rato. Ella oía atenta mi relato y reía muy sincera. Nos tendimos para dormitar sin coitar. Su convalescencia.

El día martes más me acució el torturador pensamiento de su partida. Estuve desconcentrado todo el tiempo y metí la pata más de una vez. Le di gracias al Creador cuando sonó el timbre de la empresa señalando el fin del trabajo. Salí como torbellino y tomé el metro, luego el bus, corrí desbocado por la pequeña calle que daba acceso a nuestra residencia. ¿Estará? ¡Claro que no!

Qué arrechera. El monótono trasegar vespertino me absorbió. Comer, lavar los platos, hablar con los otros en la cocina, leer informes y hojas de instrucciones sobre transformadores de alta tensión. Porfiadamente yo esperaba que regresase temprano, a sabiendas de que no lo haría porque me lo había dicho y requetedicho la noche anterior. Me conformaba con que sus prendas adornasen mi muy humilde covacha. En especial su dormilona perfectamente doblada reposando en mi blanca almohada.   

<<Ja, ja, ja; ji, ji, ji>>. Unas risas espontáneas masculinas y femeninas delante de mi puerta me despertaron de mi vigilia diurna, Bruno tronante vociferó: -"che petiso*, ja, ja, ja; dejá de hacerte tanto la paja y abrí la puerta que aquí te traigo a tu piba"-. Disparado por un resorte brinqué hasta la puerta, él sostenía sus libros. *Pequeño, bajo de estatura en Argentina. 

Ella le agradeció: -"gracias Bruno, eres muy amable"-, Bruno lanzó su dardo: -"Astrid, por ti, hasta el fin del mundo"-, ella guardó su seguridad: -"Bruno, eso está muy lejos de aquí, gracias"-. Tiró la puerta con el tacón de su bota para cerrarla de un golpe. Estaba muy animada aquella ya lejana -1969- tarde otoñal: -"tu amigo me encontró en el estacionamiento y me ofreció su ayuda; es muy divertido de palabra, pero algo atrevido; tienes muy buenos amigos"-.

Ya eran más de las nueve de la noche, para mí era tarde. Me llamó: -"Agturro, por favor, dame la dormilona y tu bata  levantadora"-. Salió ya lista para acostarse, colgó su ropa, se tendió en el lecho y se cubrió hasta el estómago. Tomó a Tolstoi y quiso leer. Yo la observaba fija, escrutadoramente; era su última noche en mi covacha, en mi lecho; al día siguiente partiría y no sabía cuándo la vería otra vez. Ella se percató de mi lucha particular con mi incertidumbre, dejó a un lado el libro del ruso: -"no te pongas así Agturro, tengo una idea; ven, siéntate y te explico, estoy segura que te gustará, y te ayudará"-.    

Encendí un cigarrillo, me hizo apagarlo: -"no fumes ahora, no es bueno antes de acostarse, apágalo y abre la ventana para ventilar un poco"-. Ahora era la mujer consejera, dictadora. En esos casos reaccionaba yo muy obediente, casi como el proverbio: <<tus deseos son órdenes>>. De mi equipo bullían las notas musicales de los Indios Tabayaras con su <<Aquellos ojos verdes, Lisboa Antigua y Guantanamera>> , tal como en este preciso momento. Me senté a su lado, posó su mano derecha sobre mi izquierda, nos contemplamos enmudecidos, ella rompió el mutismo: -"sabes, te voy a proponer algo* que seguro te va a gustar, y si no te gusta me lo dices, es tu elección, tú decides; por favor, bájale el volumen al tocadiscos; el conserje se puede aparecer, ¿quisieras que él...?, ¿sí?"-. *En el idioma alemán se utiliza mucho la expresión algo: te voy a decir algo, te voy a proponer algo, supongo algo, ¿quieres algo?

Video 1

Video 2

Video 3

Coloqué más suave la música de los Tabajaras y volví a mi puesto, pero esta vez me senté en el borde acechándola como fiera que vigila a su presa cercana. Sus labios carnosamente seguros tradujeron sus pensamientos e inició su diálogo: -"mira, tú tienes que preparar tu examen, y será pronto me dijiste, necesitas para ello mucha tranquilidad, calma, recogimiento para concentrarte. Aquí te distraes fácilmente con tus amigos y pierdes la concentración, necesitas de un lugar alejado y apacible, en donde puedas estudiar sin molestia, ¿no es cierto?"-. Posó su mano sobre la mía, la apretó cariñosa e insistió: -"¿no es verdad?"-. Sus dedos me transmitían su calor, su índice aguijoneó, reaccioné balbuciente: -"sí, sí, eso es muy cierto"-.

Se acarició su larga cascada azabache con la mano libre liberando su rostro del cabello molesto y arremetió pausadamente: -"te fijas, tengo razón; pero solamente si tú estás de acuerdo y quieres... Entonces puedes venir los fines de semana a mi apartamento, allá tienes toda la calma y tranquilidad necesarias para estudiar y preparar el examen..."-.    

Aquella proposición suya me cayó como un balde de agua fría. ¿Yo en su apartamento?, ¿dormir allá?, ¿todo un fin de semana con ella en solitario?, ¿y qué diría Amigo si se aparecía por allá de pronto? Tremenda coñacera se armaría.

Todas esas ideas eran un torbellino en mi cándida cabeza, ella notó mi inseguridad y, como si pudiese leer pensamientos, respondió por mí: -"no es molestia Agturro, hay espacio suficiente pues yo viviré sola de ahora en adelante, él no vendrá más; además; tú cocinas muy bien, ¿uhm?, ¿te parece?, ¿te gusta mi idea?, ¿sí?"-. Aguijoneó con su índice en mi mano.   

Para mí era un rollo bien envuelto. No me podía imaginar que ella me ofreciera esa alternativa para preparar mi examen. Palpó mi inseguridad y me soltó un dardo cargado de venenosa picardía: -"dime, ¿si yo fuese la rubiecita chica linda entonces sí aceptarías enseguida?, a ella sí le dirías sí de inmediato, ¿no es cierto?"-. Sacudió su cabeza indiferente girándola para arreglarse su negra cabellera, con la mano libre la echó hacia atrás; por debajo de la cobija cruzó sus hermosas y apretadas piernas, la cobija onduló como la superficie de la tierra al ser sacudida por una destructora ola sísmica, clavó interrogadora sus ojos en mí. El calor de su mano y la tersura de su piel abrasaban la mía; yo temblaba mentalmente. Tantas incógnitas.

No sé por qué vacilaba yo tanto para decirle que sí aceptaba su proposición, pues una de las cosas que yo más anhelaba, era estar a solas con ella en un sitio apacible para admirarla, contemplarla, hablarle... Y quién sabe qué cosas más. Mi instinto masculino se despertaba. Ella adivinó mi inseguridad, pues mi silencio era exasperante. Me abrazó, y al yo sentir que su cuerpo se oprimía contra el mío reaccioné tartajeante: -"sí, está bien, iré, iré"-. Se apartó un poco, me susurró triunfadora y convencida: -"no te vas a arrepentir Agturro, podrás aprender más en esa tranquilidad y aprobarás con éxito; seguro"-. 

Seguíamos entrelazados; bueno, ella a mí me entrelazaba, yo no me atrevía siquiera rozarla a pesar de lo ya vivido. Bajó su voz para reprocharme por mi silencio: -"¿qué te pasa?, ¿no te alegras? uhmm, dímelo, habla"-. Coño, claro que me alegraba, y de qué manera me fascinaba su fabulosa idea; pero cómo explicarle que mi silencio sepulcral se debía al respeto que ella infundía en mí como persona, mujer y hembra; que me imponían su firmeza, su seguridad; que me subyugaba su expresiva presencia, y que yo nunca antes había abrazado a una chica, mucho menos una tan exuberantemente hermosa como ella.    

El aire de su serena respiración quemaba mis mejillas, era dueña de la situación; su, ahora, edulcorada mirada no se apartaba de mí, me seguía. Haciendo de tripas corazón inventé una respuesta para tranquilizarla y, sobre todo, para que no se arrepintiese y de pronto retirase su propuesta: -"sí, sí me alegra tu idea, disculpa, es que estoy cansado, ya es tarde; pero, pero me contenta mucho que tú me ofrezcas tu colaboración, y que seas tan comprensiva, hermanita alemana, sí, sí...*"-. *Aclaro nuevamente que la letra cursiva equivale o representa mi inseguridad verbal en aquellos momentos.    

Estas palabras la conmovieron: -"oh Agturro, es sólo por ti, por tu futuro; y no te tienes que disculpar"-. Con su frente topeteó la mía, cambió el tema: -"ahora durmamos, tu tienes que madrugar y yo tengo que arreglar mis cosas, llevarlas al apartamento, ir a la universidad, muchas cosas por hacer, un besito, muah... Buenas noches, por favor, cierra la ventana, muah, muah"-. Sus labios rozaron tiernos mi mejilla; dominaba la situación completamente, como una Cleopatra.    

Su etérea presencia

Me levanté temprano como todos los días de la semana laboral, recogí mis cosas y al salir le di un vistazo, sabía que al regresar por la tarde ya no estaría ella allí alumbrándome y deslumbrándome con su presencia, sus consejeras palabras, sus mohines pícaramente calculados, sus fragancias compradas en boutiques berlinesas, era algo fantoche; y sobre todo su hermosura me faltaría.   

Cerré suavemente la puerta para no despertarla. Aceleré mis pasos para ir hasta la parada del bus, en el camino me encontré con los gauchos quienes me saludaron con la típica estridencia propia de los habitantes de Argentina. -"Y che, ya no se te ve por ningún lado; comé che, parecés un fideo, ¿cuándo se va esa morocha tan espectacular?; che, decinos qué tenés vos que no tengamos nosotros... El autobús, el autobús; y la puta que lo parió, corramos que viene el autobús, ja, ja, corramos, ja, ja, ja"-.

En medio de carcajadas tomamos el autobús, al llegar a la estación del subterráneo se separaron nuestros senderos. Bajé la escalera para tomar mi tren, ellos el suyo. Los vería en la tarde; quizás. Fue un día de agobio para mí en la práctica, deambulaba como un zombi de un sitio al otro, no daba palo con bola; mis pensamientos estaban en otro sitio; en mi humilde covacha.  ¿Qué hará? Me pregunté al regresar. Entré en mi cuarto, lancé mis aperos sobre la mesa, abrí el armario y comprobé que sus prendas ya no estaban allí. Un húmedo calor invadía el ambiente, se había duchado largamente hacía poco rato, la estela del dulzón vapor flotaba aún en el aire sin querer esfumarse, como recalcándome la ausencia de su presencia. Qué vaina.

Sobre la mesa hallé un sobre con un destinatario: Para Arturo. Lo rasgué nervioso, mis manos temblaban, ¿qué habría allí adentro?  Saqué la hoja de papel, la leí y me sorprendí:-"Arturo, muchas gracias por todo, te dejo algo para que invites a tus amigos, mi número de teléfono es el siguiente..., me alegraría bastante si me llamases"-. Hurgué en el sobre y encontré un billete de 20 marcos. Bien, con esos reales invitaría a Bruno y compañía. Guardé la nota con la información.

 

Toc, toc. -"Ché, abrí pa´ hablar al pedo un rato"-. Era Bruno, rechacé su idea: -"estoy durmiendo pibe"-. Quería estar sólo con su ausencia ya etérea pero aún palpitante. Me senté en mi cama lucubrando si los hechos de ese fin de semana habían sido realidad o sólo una fata morgana onírica. Pero aunque yo aún no lo podía creer enteramente, las pruebas estaban allí girando a mi alrededor. En mi piel sentía su fogata y su cuerpo presionando contra el mío mientras intercambiábamos caricias y cuchicheos.  

Me incliné hasta consumir mi nariz totalmente en la almohada, me eché la cobija, repleta de su efluvio aromático, por encima mío. De mi almohada y mi cobija subían y emanaban sus aromas. Aspirando sus fragancias me dormí. Sin comer, ni beber. Soñé toda la noche con ella y su presencia, desde su aparición hasta la despedida de la noche anterior. Al día siguiente abrí los ojos creyendo que había jugado fútbol durante muchas horas, totalmente sudoroso y agotado hasta la extenuación. Permanecí en casa recuperándome de ese ajetreo. Me senté a estudiar y a soñar, pues dicen por ahí que: <<soñar es vivir>>.

Continuará. Capítulo 9.

 

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