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El viejo mundo, mi nuevo mundo - Capítulo 17 - Amiens en 1971 PDF Imprimir E-mail
Publicado por Arturo Osorio   
Lunes, 06 de Enero de 2014 08:31

Los futuros suegros; la cuñada y los cuñaditos

Una vez que me hube instalado en una habitación pequeña pero muy cómoda en la casa de Jean Pierre, bajé a reunirme con las cuatro parejas que ya iban saliendo, se despidieron con muchas carcajadas y risillas nerviosas, contoneos de las francesitas graciosas, además mucho <<au revoir, au revoir, au revoir y más au revoir*>>. Jean Pierre y yo quedamos solos, él me indagó por mis planes, le expliqué que lo primero era buscar a Marie Claude en su trabajo en la tarde. Ella tenía vacaciones y había conseguido un empleo en una librería para ganarse unos francos, así como matar la soledad veraniega. *Hasta la vista.

Dicho y hecho. Le entregué un papelito con la dirección: Rue Leon* Blumm.

Enseguida supo ubicarse, nos subimos a su Renault y partimos con dirección al centro. Mi corazón palpitaba, pues ella sabía que yo iría a visitarla mas no le había comunicado una fecha exacta, es decir, la tomaría por sorpresa. Jean Pierre sintonizó una emisora para escuchar alguna música y darle un leve toque de romanticismo al momento. Mi corazón palpitaba al pensar que la vería nuevamente, pero también lucubraba cómo reaccionaríamos ambos al encontrarnos en su tierra natal. Mi amigo era todo lo contrario, alegría pura, tarareaba la música que salía del radio. *La palabra león no lleva tilde en el idioma francés.

Llegamos a la Rue Leon Blumm y encontramos pronto la librería. Jean Pierre tuvo allí una idea fenomenal: -"Arturo, deja y yo hablo con ella, espérame aquí; le digo que tengo unos libros antiguos para la venta; agáchate"-. Grandiosa me pareció su idea. Se bajó, cruzó riéndose y señalando la entrada de la librería se perdió en ella. Me dejé escurrir en el asiento. Yo no veía nada. De pronto veo que él sale gesticulando fervorosamente, mira hacia el carro y entonces me dejé resbalar totalmente en el asiento del copiloto, por entre las plumillas de los parabrisas los veo venir; ella llevaba puesto un vestido blanco estampado con muchas flores azules, rojas y otros colores que ya no recuerdo, estaba algo más trigueña por el color que el sol le había depositado en su lozana piel, sus lentes se posaban encima de su frente, como un deportista. Jean Pierre gesticulaba endiablado.

Cruzaron la calle corriendo y mi amigo abrió la puerta delantera de un solo manotón... Un grito de estupefacción retumbó en medio del ruido que reinaba en aquella céntrica calle de Amiens: -"Agggtiuuurrr!, pas posible, tu ici?; non, non, non*"-. *Arturo, no es posible, ¿tú aquí?, no, no, no. Fue tanta su estupefacción que reventó a hablar en francés; yo permanecía sentado como un bloque sin moverme; Jean Pierre intervino: -"Arturo, ¿qué te pasa?, saluda a Marie Claude... Marie, estos son los libros antiguos que te tengo"-.    

Sus palabras me hicieron reaccionar como picado por una avispa, salté con la agilidad propia de aquellos años juveniles y caí a su lado; la tomé en mis brazos y la envolví en ellos propinándole un abrazo estrujante mas no aplastante, sentí su respiración cerca de mi rostro, me le fui acercando lentamente hasta rozar sus labios con los míos, ella murmuró palabras ininteligibles; Jean Pierre aulló frenético: -"vive la France!, vive Venezuela!; bien!, bien!"-. El chirrido de una frenada de un carro nos sacó de ese éxtasis pasajero en la calle Leon Blumm de Amiens en el verano de 1971.

Yo no la soltaba, ni la quería soltar; ella se dejaba sostener entre mis brazos, me miró de cerca y murmuró sonriente: -"Agtiur, eres loco; qué sorpresa me das; ja, ja, ja, ja, no lo puedo creer"-. Una vez que se hubo recuperado de su sorpresa, le explicamos que la vendríamos a buscar en la tarde para llevarla a su casa. Yo no la soltaba, ella a mí tampoco, asintió rompiendo el silencio: -"Agtiur, sí, está bien, a las seis te espero y vamos a mi casa para que mi familia te conozca, pero ahora tengo que volver a la librería"-. Mis brazos la avasallaban, ella no se quería escapar, mas sus frases me indicaban que por el momento no era más, sólo un abrazo, después vendría y habría más, posé suavemente mis labios sobre los tersos suyos, ella me atrajo: -"Agtiur, ven a las seis"-.          

Atravesó la calle dejando que mis ojos se deleitasen con la cadencia de sus caderas al caminar; cadencia que había provocado más de una frase de admiración entre mis amigos en Dortmund; su femenina silueta se deslizó por la calle para perderse en la librería. Mi gran amigo Jean Pierre golpeó suavemente mi hombro despertándome: -"Arturo, vamos y comemos algo, en la tarde la buscamos y los llevo a su casa, y si quieres te busco después que hayas hablado con ellos; vamos"-. Posó su mano gigantesca en mi espalda y me empujó hacia el asiento. Qué sorpresa le había dado; y todo sin quererlo ni planearlo. ¡Uffffff!

De camino compramos en un supermercado los ingredientes para preparar un <<Coq au vin>>, o sea un <<Pollo al vino>>. Y también fuimos a una oficina de correos porque yo quería mandarle una postal a la Hermosura en Berlín. Allí le contaba en breves palabras la razón de mi presencia en Francia, una chica linda y muy femenina, tal como ella me lo había profetizado.

Bien. Jean Pierre era un gran cocinero, en Dortmund había trabajado siempre en un restaurante francés y se ganó un buen billete. De él aprendí ese día a preparar ese delicioso plato, lo rociamos con un buen vino francés, lógico. Además del pollo preparó unas papas gratinadas al horno y una gran ensalada con mucha verdura fresca. Luego de ese gran festín, me vi obligado a recostarme un rato a causa del cansancio del viaje y por efecto del vino. Jean Pierre salió a encontrarse con sus amigos y prometió que volvería a tiempo para recoger a Marie Claude. Sólo escuché el clac de la puerta al él salir, luego el ruido del motor del carro.

<<Arturo, Arturo despiértate>>. Entreabrí mis párpados y lo vi mientras me sacudía para que me levantase. Me fui a la ducha para espantarme el burro -cansancio- y refrescarme. Las miles de gotas frescas me volvieron a la realidad; sí, sí, me hallaba en Amiens y dentro de algunos minutos iría a buscar a ma petite française -mi pequeña francesa- para luego conocer su familia. De mis labios brotaron silbantes las notas de una canción nuestra titulada <<Toy contento>>. <<Toy contento, yo no sé qué es lo qué siento, voy cantando como el río como el viento...>> Jean Pierre me avisó: -"Arturo, apúrate; deja de cantar y silbar"-.

Hoy todo me parece más bonito,
hoy canta más alegre el ruiseñor,
hoy siento la canción del arroyito
y siento como brilla más el sol.

Hoy todo me parece más bonito,
hoy canta más alegre el ruiseñor,
hoy siento la canción del arroyito
y siento como brilla más el sol.

Toy contento,
yo no sé qué es lo que siento,
voy cantando como el río, como el viento,
como el colibrí que besa la flor por la mañana,
como taralara que deja su canto en la sabana.

Toy contento,
yo no sé qué es lo que siento,
voy cantando como el río, como el viento,
me pongo a cantar, no puedo expresar qué es lo que siento,
pues reviento por las ganas de cantar.

Me pongo a cantar, no puedo expresar qué es lo que siento,
pues reviento por las ganas de cantar.

Salí contento y transformado de la ducha, sobre todo me sentía muy fresquito, limpiecito. Jean Pierre notaba mi alegría, creo que incluso la compartía. Me calé mi chaqueta de pana y salimos de la casa para dirigirnos al centro de aquella ciudad en el norte francés. Él sintonizó su emisora favorita, ambos encendimos nuestros cigarrillos de la marca Disque bleu.

Me señaló para que abriese la guantera, señaló unas llaves: -"Arturo, toma esas llaves, son de la casa; mis padres están por fuera de la ciudad y retornarán sólo hasta la próxima semana, yo dormiré esta noche en el apartamento de unos amigos... Y bueno, si quieres venir con ella un rato, no hay problema; me imagino que querrán hablar sobre muchas cosas con bastante tranquilidad y sin que nadie los moleste... ¿Me comprendes?... Yo no estaré; en la cocina queda el resto del pollo al vino con las papas horneadas y la ensalada; ah,  en la nevera hay cerveza y en el sótano vino suficiente para una fiesta; sírvete y disfrútalo con ella todo el vino que quieran; Arturo, estás en tu casa"-.  

Acá debo aclarar la razón de su sincera hospitalidad. Jean Pierre se apareció en una ocasión en nuestra residencia en Dortmund con una chica francesa, muy hermosa por cierto. Bien, él vivía en un apartamento doble y por tanto no podía llegar allí con su conquista recién importada de La belle France. Ese día estábamos celebrando no sé qué o cuál acontecimiento, el ruido se esparcía por toda la calle porque teníamos las ventanas abiertas. Él percibió el ruido y subió hasta nuestro piso con su amiguita.

Franz lo conocía, pues había ido varias veces a comer al restaurante en donde trabajaba Jean Pierre, lo invitó a compartir con nosotros. Mi habitación era la sede de la fiesta. Luego de un rato con mucha música mía, además de bastante vino y algunos pasapalos, se nos acercó Jean Pierre para explicarnos su situación; ella acababa de arribar de Francia para visitarlo, su habitación -de Jean Pierre- no la podía utilizar como alojamiento porque allí estaba su compañero, quien no era muy amistoso.

La situación estaba clara me dije yo y llamé a Franz aparte, le expliqué rápidamente mi idea; él se desparramó en palabras regocijantes: -"Jean Pierre; Arturo dormirá en mi habitación, y tú con tu amiga pasan la noche en su cuarto, se arregló el problema, salud"-. Él se me acercó con una sonrisa de oreja a oreja y me abrazó fraternalmente, su chica hizo lo mismo mientras él me invitaba: -"Arturo, cuando quieras venir a Amiens mi casa es tu casa, eso te lo prometo; gracias por tu gesto. Nicole, bésalo, es nuestro gran amigo"-. Y Nicole se levantó de su asiento avasallándome con su imponente estatura -aprox. 180 cms.-, me estampó una sonora muestra bucal de amistad dejando huellas de mucho vino tinto. Este gesto mío impresionó mucho a Jean Pierre, y ahora -yo en Amiens- él me correspondía fraternalmente. Gracias Jean Pierre, mon cher ami français.

Bajamos al centro de la ciudad, él estacionó el vehículo cerca de la librería, permaneció en él porque era una zona espinosa y la policía controlaba con mucha frecuencia el lugar. Me planté frente a la vitrina para escudriñar la oferta. en su mayoría eran libros para escolares, por tanto no me llamó mucho la atención. Por fin salió ella a la calle, se me lanzó a mis brazos con ardor, así mismo la recibí; nos abrazamos y sentí el calor de su cuerpo ceñirse al mío, nos miramos durante eternos segundos hasta que un agudo tuuuuuuuuuuuuuuu nos despertó de nuestro idilio callejero. Jean Pierre le daba a la corneta del carro y se carcajeaba al ver que había roto abruptamente el silencioso diálogo. El centro de Amiens había sido testigo de nuestra caricia vespertina.

Jean Pierre ordenó que nos sentásemos atrás, él sería nuestro chofer aquella tarde veraniega en una de las <<Ollas del carbón francés>>. Esto se refiere a la zona porque era muy rica en yacimientos de carbón. Bien. Tomamos asiento atrás para conversar, pero Jean Pierre nos interrumpía constantemente en una mezcla de francés y alemán; ella reía divertidísima, se notaba que mi presencia le causaba una sincera alegría. No me pude contener y la atraje para estrecharla así como sentir su cuerpo junto al mío.

Mi gran amigo soltó una carcajada estruendosa y hubo de frenar repentinamente porque se le había olvidado el semáforo en amarillo, se calmó mas no pudo soltar una frase picarona: -"Arturo, estamos de día aún; además, no te olvides del encargo que te hice; Marie Claude, no lo alborotes; vive la France!, vive Venezuela!; allez*"-. Y pisó a fondo el acelerador para llegar pronto a la casa de la familia Mille en la rue Richard de Fournival.

Tal y como Jean Pierre lo había pensado, ella le comunicó que me llevaría a casa en el carro de su padre. Él le piso el acelerador, hizo retumbar la corneta del carro y se perdió en la siguiente esquina. Ella y yo quedamos plantados frente a la puerta de su casa, me tomo tiernamente de una mano. En ese preciso momento chirreó la puerta al tiempo que se abría lentamente; un niño de pelo corto rubio y lentes gruesos se para allí y nos contempla, le habla y ella me traduce: <<él quiere saber si tú eres el suramericano que juega bien al fútbol.>> Solté una sonrisa de incredulidad; ella respondió por mí: -"sí Jean Paul, él es, pero ahora no vamos a jugar fútbol; abre la puerta y déjanos entrar, llama a mis padres y a Vincent"-.

Al entrar vi detrás de la puerta un balón de fútbol, ella me aclaró: -"sabes, Jean Paul no ve la hora de practicar un rato contigo, quiere que le muestres tus trucos, está muy entusiasmado; pero ahora ven y te presento a mis padres"-. La seguí hasta que llegamos al recibo de su casa. Y allí estaban sus padres; la madre Marie, el padre llamado Jean Vincent y el otro hermano Vincent. Jean Paul se plantó junto a la pared sosteniendo en sus manos el balón de fútbol mientras sonreía  picarón. Marie me los presentó uno por uno, ellos me observaban como a un bicho raro.

Riiiiiiiiiiinnnnnn. El teléfono rompió la tensa formalidad, ella corrió hasta el aparato; yo me sentía observado como fiera en un zoológico, sólo el carajito Jean Paul me era simpático en ese momento. Su padre escondía su mirada escrutadora tras sus gruesos lentes oscuros que eran sostenidos por su protuberante nariz aguileña; la madre no pronunciaba sonido alguno, y Vincent se limitaba a sonreír tontamente.

Marie Claude volvió pronto y anunció feliz: -"Mylene y Jean Claude vendrán el sábado"-. Mylene era su hermana que ya estaba casada, aunque era menor que ella; Jean Claude su esposo. Entonces se volvió hacia su padre y le explicó que necesitaba el carro para salir conmigo a comer en un sitio y luego llevarme a la casa de Jean Pierre situada en la carretera hacia Ruán. Él refunfuñó algo pero le tiró la llave; la mamá se dio vuelta y se perdió en la cocina, su reino, me confesaría después Marie Claude; Jean Paul nos siguió hasta la puerta sosteniendo el balón al tiempo que sonreía coquetón, lo pateó hacia la calle y gritó: -"Agtiur, viens"-.

Me convertí en niño y lo seguí para complacerlo; con mi pie derecho inicié una seguidilla sin dejar caer el balón hasta llegar a veintiuno, tal como lo había practicado en mi colegio La Salle, en el estadio Táchira y en el desaparecido 11 de Junio en La Concordia; con el empeine elevé el balón por encima de mi cabeza para que cayese tras mis espaldas, lo devolví con el talón de Aquiles para que aterrizara en el empeine y durmiese allí; alcé el pie sosteniendo el balón sin que éste cayese al piso, lo tomé en mis manos y se lo entregué. Jean Paul aplaudió frenético gritando espontáneamente: -"merci Agtiur, merci; oh la la, oh la la, quel joueur!*"-. *Gracias Arturo, gracias; ¡oh, oh, qué jugador! Marie Claude nos apartó de nuestro entretenimiento: -"Agtiur, deja el fútbol y ven que reservé una mesa en un restaurante; llegaremos tarde"-. El pequeño tomó el balón sonriéndome complacido, agitó sus manos y cerró la puerta tras de sí. Recordé a mis hermanos menores en mi país. Ninguno de ellos practicaba o practicó el fútbol en serio como yo lo hice.

Subimos al Peugeot de su padre para dirigirnos a un restaurante que me recordaba una de las casas viejas de mi ciudad. Era una especie de rectángulo con un patio central adornado por una fuente de la cual emanaba agua cristalina y fresca, alrededor una serie de habitaciones con amplias ventanas dentro de las cuales se hallaban las mesas para los comensales. Nosotros. Un señor muy amable nos llevó hasta la mesa nuestra situada en una de las habitaciones con dos mesas más. Al entrar nosotros fuimos presa de las miradas de los demás clientes; ella y yo éramos una pareja muy joven y muy diferente, hicimos caso omiso de las miradas y tomamos asiento; ella ya había pedido la cena, el señor nos trajo media garrafita de vino y una botella de agua.

Marie Claude posó su mano derecha sobre la mesa, la derecha mía se arrastró por sobre el mantel  para irse adueñando de la suya; ella miró de reojo y dejó que yo llevase a cabo mi intención, sonrió silenciosa mientras su mano izquierda arreglaba nerviosamente el cuello de su vestido; mis dedos aprisionaban los suyos, susurró queda: -"qué caliente tienes tu mano"-. Sus ojos brillaban desbordando tranquilidad feliz, los míos se obnubilaban por el calor corporal que me transmitía la palma de su mano.

<<Monsieur, mademoiselle, voilà.>> El mesonero interrumpió abruptamente nuestra conversación visual, colocó los platos con el abrebocas, una especie de empanada horneada con relleno;

nos sirvió el vino al tiempo que nos deseaba muy buen provecho. Ella le agradeció por su gesto y atención, él se retiró caballerosamente echándome un vistazo interrogativo para saber de dónde coños era yo, pues le hablaba a ella en alemán y mi aspecto no era -es- precisamente germano. Le intrigaba bastante.

Ella no le paraba bolas porque estaba en su país, pero para mí todo era nuevo, tal como cuando llegué a Berlín. De las otras mesas nos oteaban debido a que yo hablaba en alemán y en esa época aún estaban frescas las huellas de la segunda guerra mundial. Y Alemania no era precisamente muy amada en la Francia de la posguerra. Sólo que mi aspecto no cuadraba con el idioma. Ella comía tranquilamente, tal como lo hacen los franceses; yo amasaba el alimento nervioso pero degustándolo, ambos hablábamos, picábamos de nuestros platos, bebíamos del fortachón vino tinto; el camarero espiaba rondando a nuestro alrededor, se acercaba para saber si queríamos algo más, nos servía el vino muy caballerosamente y luego se mantenía a cierta distancia.

Trajo el segundo plato. Yo miraba interrogativamente esa vaina; ¿qué es eso?, me preguntaba sin murmurar sonido alguno, pero mi gesto le fue muy comprensible a ella, me explicó: -"Agtiur, eso es anguila en salsa verde... Monsieur"-.

 

Él se nos acercó y sirvió más vino, brindamos en alemán y ya él no se pudo contener, le preguntó de dónde era yo; ella le aclaró lo referente a mi procedencia, él exclamó una única palabra: -"¡ahhhhh, suramericano!"-. Un murmullo de alivio se oyó venir de las otras mesas. Un suramericano en Francia que se comunicaba en alemán con su francesita. ¡Qué molleja compadre!

Marie Claude se sentía reina en ese momento porque de las otras mesas se levantaron algunas personas para estrecharle las manos, pues yo no era alemán. Hasta el chef de cuisine vino a hablar con ella, el mesonero le explicó: -"mademoiselle traduce y tradujo, él es suramericano; no es alemán"-. El mesonero trajo el plato final; torta de fresas. Qué fresas tan divinas.

 

El cordial mesonero trajo la cuenta, me la presentó porque yo, como hombre, tenía que pagar; ella la tomó para revisarla, le dio el visto bueno en francés, extraje mi billetera para pagarle. Ella me propinó un sonoro beso seguido de un claro <<merci Agtiur>>. Marie Claude sabía que esos reales -marcos, francos- me los había ganado trabajando honradamente. Dejé en el platillo de la cuenta una propina, el mesonero me lo agradeció en voz alta <<merci monsieur>>. Nos acompañó hasta la puerta.

Ella puso en marcha el carro para llevarme a la casa de Jean Pierre, iba muy contenta, quizás el vino, o mi presencia, no sé, pero desbordaba alegría. Llegamos y ella estacionó el vehículo, observó que las luces estaban apagadas: -"¿dónde están ellos?, ¿y Jean Pierre?"-. Entonces saqué la llave de mi chaqueta y se la mostré, sonrió picarona; la atraje hacia mí para abrazarla y susurrarle al oído: -"¿entras un rato?, ¿tienes tiempo para mí"-; se apartó para mirarme y asentir muy queda: -"sí Agtiur, sí tengo tiempo para ti; entremos, no me gusta estar en un carro con un hombre"-. Nos bajamos, abrí la puerta y ella entró seguida por mí; la tomé de una mano y la conduje a la habitación que sería mi dormitorio durante esos días. La atraje suavemente, ella entreabrió sus carnosos labios: -"Agtiur, amémonos; ámame, tengo muchos deseos de ti, ámame"-.

Nuestros cuerpos se oprimían el uno contra el otro, de repente miró su reloj y lanzó un alarido: -"¡oh, medianoche!, me tengo que ir, pues prometí volver a las diez; oh, mi padre se habrá enfurecido"-. Trató de levantarse, pero se lo impedí con un gesto corporal decidido; ella protestó riéndose: -"Agtiur, ja, ja, ja; por favor... Uugggggg, mi padre... No me beses así que me ahogas, uugggggg. Ja, ja, ja, eres loco"-. La envolví entre mis brazos y piernas sin darle chance de escapatoria. Horas más tarde, entre las 3 y las 4, salió de la casa previniéndome: -"a las doce te vengo a buscar para ir a Calais"-. Partió veloz.

Encendí un cigarrillo, me serví un cognac, lo fui bebiendo calmo mientras repasaba las horas anteriores. Habían sido muy lindas; la cena, el curioso mesonero, los demás comensales, ella y su femenina apariencia; y luego nuestro reencuentro corporal en un lecho extraño para ambos, nuestros arrullos recuperando los días de separación; qué hermoso. Brindé por la ella y la belle France.

Ella vino a buscarme antes de mediodía porque sus padres nos habían invitado a almorzar. Qué banquete. Conejo a la cazadora con papas horneadas,

torta, mucho vino y cognac. Allí conocí a su hermana, muy seria pero muy linda, de pelo largo y figura contoneante, su marido Jean Claude. Allí sucedió un hecho muy divertido.

En Francia es muy popular el juego de las bochas –Boule en francés, bolas criollas en Venezuela-. Bien, él y los hermanos me invitaron a jugar una partida en un parque cercano. Yo asentí sin darle mucha importancia y ellos pensaron que yo no conocía ese jueguito. Llegamos al parque en donde se encontraban varios grupos jugando partidas de bochas. Escogieron un sitio y rifamos los grupos, Jean Claude haría pareja con Vincent, el mayor; Jean Paul y yo seríamos el otro grupo. Ambos balbuceaban algo de alemán porque era materia en el colegio e intentaron explicarme las reglas y tácticas de la bocha en Francia. Escuché silencioso sus explicaciones, Jean Paul se ufanaba y cada dos palabras indagaba si le había comprendido su explicación, yo cabeceaba afirmativamente deseando empezar, pues tenía 4 años sin jugar bolas criollas.

Jean Claude lanzó el mingo y la primera bola, casi a pata de mingo. Jean Paul lanzó la suya fallando, entonces me entregó la segunda para que la lanzara por él. Todos me observaban escrutadoramente; un cornetazo rompió el silencio, era Marie Claude con Mylene que habían ido a comprar pan, siguieron raudas. Yo me concentré y lancé la bola por los aires, ésta voló veloz y cayó exactamente sobre la de Jean Claude haciéndola desaparecer de allí. Boche clavado. Yo mismo me admiré de tanta leche; Jean Paul brincó para abrazarme gritando su consabido <<quel joueur!, quel joueur!>>. Los demás contemplaban estupefactos, de las otras partidas se acercaron para felicitarme; Jean Paul sostenía mi mano gritando <<le vainqueur, le vainqueur>>. El vencedor.

Seguimos jugando y mis cualidades de bochador y arrimador fueron despertando y aflorando. Les ganamos por paliza, pues le mostré algunos trucos a Jean Paul quien se reía feliz en su inocencia infantil. Regresamos a casa y el -Jean Paul- gritó a los cuatro vientos <<nous avons gagné*>>. *Ganamos. Allí le expliqué a Marie Claude que las bochas -bolas criollas- es quizás el pasatiempo número uno en Venezuela. Jean Claude abrió la boca sorprendido exclamando <<ahora comprendo, ja, ja, ja>>.

Acá debo aclarar que ambos hermanos menores de Marie Claude murieron hace ya muchos años. Jean Paul no alcanzó a llegar a la juventud porque murió arrollado por un carro de camino a la escuela. Lástima, era muy mono y agradable. Vincent se suicidó hace bastantes años por despecho a raíz de una decepción amorosa. Se lanzó de un puente a una autopista y los carros lo hicieron papilla. Esto me lo contó ella en 1983 cuando regresé nuevamente a Alemania para establecerme definitivamente en este país. Yo la llamé a París para saber cómo estaba, entonces me contó esas tristes malas nuevas. Que en paz descansen. Hago esta referencia porque ellos van a desaparecer totalmente desde ahora en la narración de ese día con su familia en su casa allá en Amiens.   

El almuerzo fue muy divertido porque Jean Claude contaba una serie de chistes y anécdotas de su trabajo, él era agente viajero. Jean Paul se carcajeaba a mandíbula batiente, Vincent sonreía tranquilo, las chicas no se podían contener; Marie Claude traducía tal como Nathalie en la canción. Los padres eran los menos divertidos, en especial el papá con su aspecto de frustrado. Trabajaba en el ferrocarril francés como maquinista; la señora, Marie, se ufanaba para que yo disfrutase al máximo de su arte culinario.

Riiinnnnnn, riiiinnnnn, riinnnnnn. Jean Paul brincó hasta el teléfono, alzó el auricular y aulló: -"Agtiur, Agtiur, pour vous, c´est Jean Pierre*"-. *Arturo, Arturo, para usted, es Jean Pierre. Marie Claude saltó verbalmente: -"no le digas nada de anoche*, a él no le interesa, ja, ja, ja"-. Fui hasta el teléfono colgante y respondí. Él sólo quería saber cómo estaba y si ya me había encamado con ella en su casa. En el transfondo se oía un ruido brutal de música, voces, gritos de chicas; una orgía pensé yo.

Volví a la mesa para continuar devorando el conejo a la cazadora. Era la primera vez en mi vida que degustaba ese plato, antes había probado el conejo asado a la parrilla de Policronis. Éste era más gustoso, sabroso, divino. Uhhmm. Luego del postre Mylene nos llevó a la estación del tren para irnos a Calais y pasar la tarde allí paseando por el borde de la brava playa acantilada, con viento huracanado, fresco.

Allí bebimos un cognac contra el frío y regresamos a Amiens.

Increíble, aún estaban comiendo los restos del conejo. Ya eran las 8 de la tarde. Bien, en Francia se toman mucho tiempo para el almuerzo dominical; personas entran, prueban, salen; otras llegan y beben un aperitivo, platican -bavarder- se van. Muy lindo me pareció ese ambiente familiar. Todos exclamaban: -"¡ah, éste es el suramericano!; ¡qué pelo tan negro!"-. Marie Claude se carcajeaba y me apurruñaba feliz, Mylene sonreía coqueta, su marido brindaba conmigo; Jean Paul me mostraba la pelota de fútbol, los padres silenciaban observando todo el escenario. Vincent me palmoteaba contento porque yo le hablaba en alemán, y él me entendía.

Marie Claude me mostró las llaves del carro indicándome que ya era hora llevarme a casa. Me despedí de ellos con besito en la mejilla y mucho <<merci beaucoup>>, ellos todos sonreían, en especial Jean Paul con su pelota. Marie Claude me aupó para que lo complaciese, él gritó feliz <<oui Agtiur, comme hier, viens*>>. *Sí Arturo, como ayer, ven. Aunque ya estaba oscuro salí con él a la calle, los demás nos siguieron y me sentí como en un estadio repleto de espectadores.

Esta vez hice la veintiuna con un solo pie, luego la seguí con el muslo derecho, la dejé caer al empeine y con la punta del zapato la elevé para que cayese en mi frente, saltó a mis manos y se la devolví. Exclamó feliz en su inocencia infantil: -"quel joueur, mon dieu!*"-. *¡Qué jugador dios mío! Jean Claude aplaudió gritando <<bravo, bravo>>. Los demás aplaudieron, Jean Paul gritó feliz <<merci, merci>>.

Nos subimos al carro para que ella me llevase a casa. Ambos silenciábamos por el camino, ella lo rompió para saber qué tal me había parecido todo. <<Perfecto>> le respondí y se carcajeó sincera. Entonces preguntó por Jean Pierre, la calmé explicándole que él dormiría en casa de sus amigos y sus padres estaban ausentes. Le mostré la llave, sonrió picarona y aceleró. Nos bajamos del carro, la estrujé entre mis brazos, ella me previno: -"Agtiur, esta noche no me puedo quedar hasta tan tarde"-. 

Así conocí a los que serían en esa época mis futuros suegros, cuñada y cuñados, concuñados y demás. La semana transcurrió violentamente rápida y de pronto me vi en Saint Quentin esperando el tren de París con parada en Dortmund y destino final en Estocolmo. Así se inició también una de las etapas más locas y dislocadas de mi vida. Cada 15 días o tres semanas un viaje en tren de Dortmund a Saint Quentin y luego a Amiens. Los fines de semana que no viajaba, me iba a trabajar para así reunir los reales del pasaje. Mis amigos en Dortmund me calificaban de chiflado, Jean Pierre de loco. Me era igual. Ya estaba haciendo planes con ella para irme a Francia luego de finalizar los estudios. Una locura quimérica. No importa, <<soñar es vivir>>, decían por ahí.

Fue una etapa de torbellino la que viví en esas semanas y meses. Facultad, trabajo en los fines de semana, visitar a Bärbel para que no se me arrechara, de vez en cuando farrear con esos grandes amigos de esa época en Dortmund. Y también una llamada a Berlín. La Hermosura se alegró mucho al recibir correo mío con una foto de Marie Claude: -"Agturro, te felicito, se ve que es una chica hecha para ti; está muy linda y tiene mucha feminidad; dime, ¿cuándo vienes a Berlín"-. Esto me lo dijo en cierta ocasión en que la llamé y la pesqué en su apartamento, tenía mucho que estudiar porque se acercaba al final del estudio. Sus palabras me animaron, al mismo tiempo pensé en ella; pero ella era para mí inalcanzable. Y bueno... Algún día iría a Berlín para encontrarme con ella, mas ese día no estaba cercano aún. Le conté sobre mis ahorros que iban aumentando para sacar la licencia y luego comprarme mi carrito escarabajo; mi sueño de aquellos años, un escarabajo. Más ánimos suyos, y más deseos míos por volver a verla. Coño ´e la madre, qué lío tenía en esos días.

Una chica femenina y subyugante que me esperaba cada 15 días o tres semanas; una cercana que era la auténtica representación de la lujuria tropical descarnada; y ella, la Hermosura, en Berlín, mi hermanita consejera siempre dispuesta a apoyarme; y yo añorándola hasta en mis más profundos sueños; sí, sí, sí, sí; añorándola... Deseándola, sí, deseándola; síííííííííííííííííí. Qué rollo tan arrecho. 

Ladrillos vuelan

Herbert vivía todavía en nuestra residencia porque no se podía separar de sus amigos, ya que no quería que su etapa de estudiante tocase a su fin.

Él era un Casanova, y ahora más debido a que percibía un buen sueldo. Se había comprado un carro deportivo de marca inglesa llamada Triumph.

Herbert reía complacido al verlo en el estacionamiento de nuestra residencia, mas su gesto no era de arrogancia, al contrario, de humildad porque se daba cuenta de que su carro no pertenecía a aquel sitio.

Un cierto sábado de fiesta en nuestra residencia habían llegado bastantes chicas. Herbert se hallaba con nosotros en nuestro sótano compartiendo contento, a su lado se sentaba una muy coquetona y lanzada, él la dejaba que se lanzase. Ese fin de semana yo no iría a Amiens porque tenía exámenes en la facultad y tenía que prepararlos con mi patota; además, Bärbel me había estado urgiendo para que fuese a su apartamento. La idílica situación con Marie Claude comenzaba a desvencijarse; la lejanía se encargaba de ocasionar roturas en la relación. Algo no marchaba; también en mi estudio algo fallaba; ¿qué?, no lo sabía.    

Herbert bailaba con la chica lanzada y se divertía a granel; Rafael jugaba a los dados con Detlef, Jürgen, Daniela, Rabi, Uschi; los dejaba limpios porque ellos tenían que pagar las rondas; él bebía, fumaba de su pipa tranquilamente y observaba el panorama.

Mi gran amigo Herbert bailaba divertido con su nueva conquista, él tenía ya una amiga a la cual podríamos llamar su novia. Ulrike era su nombre, una rubia alta, de pelo largo y figura protuberante; sus lentes gruesos culminaban su feminidad germana. De boda se hablaba entre ellos, mas él era muy Don Juan; mejor dicho, muy mujeriego, y muy divertido.

Aquella tarde, nos confesó, entre bailoteada y cerveza, que había invitado a dos chicas con la esperanza de que llegase alguna de ellas y poder divertirse, pues su Ulrike no vendría a esa fiesta. A ella no le gustaba el ruido y barullo de nuestro sótano, le había confesado y por ello se aparecía con muy poca frecuencia por nuestro edificio. Ya había llegado la primera, él le rogaba a todas las deidades germanas que no se apareciese la segunda invitada. Daniela, la suiza amiga del gordo Jürgen, lo calmó asegurándole que ella pondría atención, que no se preocupara. Herbert continuó su bailoteo con la nueva conquista de nombre Sabine. Un rato más tarde le dijo a Daniela que se perdería con Sabine, pero que ssshhhhh, nadie debería saberlo. La suiza sonrió y lo calmó. La razón de este comportamiento suyo era que ella no soportaba a Ulrike, demasiado engreída y altanera, argumentaba Daniela.

-"Agtiur, Agtiur"-. Bärbel se aparecía envuelta en su vestido enterizo con cierre desde el cuello hasta las rodillas. Muy práctico para una emergencia sexual, pensé yo. Tomó asiento a mi lado sintiéndose muy admirada por mis amigos y amigas de ellos. En esos momentos entró Brigitte, la amiga de Detlef, protestando porque no podía estacionar su escarabajo debido a que en el frente habían puesto una carga de ladrillos para una obra en una de esas casas. Él salió con ella para organizarle un puesto en el estacionamiento.

Bärbel desparramaba voluptuosidad y, nuevamente, Rabi se interesaba por ella, a pesar de tener a su lado a su Uschi. Mi maestra dortmundesa, no era ninguna pendeja, se percataba de todo lo que sucedía a su alrededor. Rabi la sacó a bailar, pero Uschi se levantó tras él halándolo del saco; la maestra comprendió y retornó a su asiento a mi lado recriminándome: -"Agtiur, ji, ji, ji, te fijas, no me sacas a bailar y otros sí"-.

La miré directamente y se burló: -"¡oh, te he herido; oh, oh, oh!"-. Bärbel era una verdadera sicóloga, bueno, al fin y al cabo maestra. En esos momentos llegaron Brigitte y Detlef algo agitados porque en la entrada estaba una chica preguntando por Herbert; estaba muy nerviosa decían ellos, incluso iracunda y rabiosa.

Al salir nosotros, con Rafael, Franz y Jürgen, ya estaba ella frente a la puerta de Herbert gritando enfurecida: -"yo sé que estás ahí Herbert; y sé que no estás solo, estás acompañado, tienes una hembra en tu cuarto; Heeerbert, sal o te tumbo la puerta; cuento hasta tres solamente; tú me invitaste y ahora me dejas plantada con una de por ahí de la otra facultad; Heeeeerbert, sal o te tumbo la puerta a patadas; hijo de puta, traicionero; Heeerbert, Heeeeerbert; uno, dos, tres; me voy pero no me olvidarás; me las vas a pagar enseguida, me lo puedes creer; cerdo hijo de puta"-.

De adentro no se oía nada. Todos estábamos en suspenso. La chica se volvió hacia nosotros recriminándonos: -"¿qué miran?, ¿no tienen nada que hacer?"-. Bajamos las escaleras hacia el sótano dejándola allí sola. Escuchamos un taconeo y luego un seco clac de la puerta de la calle. Retornamos a nuestras mesas, entonces Bärbel nos preavisó: -"eso no terminó aún, ya verán"-. 

Rafael con Jürgen y Daniela subieron a la entrada para ver qué sucedía, Bärbel y yo los seguimos porque ésta insistía en que habría algo digno de ver; sonreía maliciosa diciéndome: -"no te arrepentirás, verás a una mujer celosa en acción; ji, ji, ji"-. De afuera se oyó el alarido de la chica lanzando su grito de guerra: -"Heeeerbert, sal o te bajo la ventana a ladrillazos; cuento hasta tres: uno, dos, tres; abre la ventana Herbert o te arrepentirás"-. Ella tenía un ladrillo en cada mano.

Rafael trató de interceder para que se calmase, mas la chica reaccionó furibunda: -"déjame tranquila y fúmate tu pipa o también probarás el ladrillo; déééééjame en paz, lárgate"-. Rafael se retiró porque la situación era bastante caliente, la chica estaba que ardía. Caminaba frente a la ventana respirando profundo. De repente aulló sentenciando: -"Herbert, ahora sí no te escapas de mis ladrillos; uno, sal; dos, sal; tres, sal. Bueno, ahí va el primero"-. Y su mano derecha lanzó el ladrillo que se estrelló contra el vidrio de la ventana de nuestro amigo. Crassshhhh, se oyó y el vidrió voló en pedacitos. El segundo siguió y entró directo hacia el cuarto. De adentro se oyó la voz de Herbert: -"estás loca, cesa ya de lanzar ladrillos; para"-.

Herbert se apareció en la ventana, pero se tuvo que esconder porque la chica inició una ráfaga ladrillera; Herbert, a pesar de la situación, se carcajeaba escudándose tras el muro divisorio de las ventanas de su habitación mientras la agresora no cesaba en lanzar ladrillos, tejas, piedras. En ese momento crucial de la refriega, se apareció el conserje gritándole: -"señorita, señorita; ¿qué hace usted?, ¿está usted loca?, pare ya que está destruyendo la ventana del señor Herbert Dau"-.

Ella no le prestó atención y lo mandó a callar: -"silencio gordinflón, sé lo que hago; váyase a su pocilga y siga bebiendo cerveza con su vieja mientras mira su fútbol; quítese del camino o le parto los lentes de un ladrillazo; fuera de mi camino, quíííííitese de ahí saco de grasa"-. Y el siguiente ladrillo voló contra la ventana de Herbert. Kortmann, el conserje, la amenazó: -"si no para usted, llamaré a la policía"-. Ella no se inmutó: -"sí, llámela, llámela, pero ya, ya, ya"-. Su mano derecha blandía otro ladrillo más; Detlef, socarrón como lo era, la inquirió: -"señorita, ¿quiere que llamemos a la ladrillera?, esta carga ya se está acabando; ¿quiere también unos bloques?, esos son más grandes"-. Ella no le prestó atención. Bärbel se apoyaba en mi espalda susurrándome: -"te fijas, te lo dije, habría algo para ver; fíjate qué temperamento, lo que se está perdiendo Herbert, debe ser muy ardiente haciendo el amor"-.

Rafael la apoyó: -"sí, debe ser un buen polvo, je, je, je"-. La maestra lo miró de reojo sin prestarle mucha atención a su burda anotación y prosiguió: -"hazme enfadar y me porto igual para que me domes; ji, ji, ji, esta noche me puedes domar, ji, ji, ji; esta noche me tienes que domar, ji, ji, ji, y estoy muy sedienta; ¿te atreves a domarme?"-. Sus manos reptaban por mi espalda; Daniela nos observaba sin decir nada mientras que de reojo seguía la escena de la chica; Jürgen se carcajeaba y aplaudía; Franz apoyaba a Detlef en los consejos. La chica no se inmutaba ante tantos espectadores, pues de las casas vecinas habían abierto las ventanas a causa del ruido. Ella no se dejaba amedrentar por la presencia de los observadores y proseguía con su espectáculo en vivo y en directo.  

De repente se oyó un agudo sonido muy conocido. Taa tuu, taa tuu, taa tuu. Una patrulla de la policía se acercaba.

Ese sonido la hizo frenar su acción lanzando un grito de furia: -"qué mierda, la policía; Herbert, me voy pero aún no he terminado"-. Y emprendió veloz carrera hacia el puente peatonal, cruzó y se perdió en las escaleras. No salíamos de nuestro asombro; qué mujer tan arrecha. La policía llegó un poco tarde, ella ya había desaparecido. Herbert se acercó, pues la policía requería las señales de ella para identificarla y luego buscarla, él les entregó todos los datos necesarios. La otra chica permanecía oculta en la habitación.

Una picolísima serenata

Una vez que nos hubimos recuperado del espectáculo gratuito bajamos al sótano para seguir con nuestra reunión. Bärbel estaba muy inquieta aquella noche, me invitaba a bailar estrechándome voluptuosamente: -"¿notas algo?, dímelo, ¿notas algo?"-. Y lógico que lo notaba; se me apretujaba para no dejarme escapar. Lo mismo hacía la Uschi con Rabi y Daniela con el gordo Jürgen. Detlef y Brigitte se entretenían con Rafael jugando a los dados. Herbert bajó solo y nos contó que su compañera de esa tarde se había ido por temor a que la agresora se apareciese nuevamente, él se reía divertido sobre lo sucedido unos minutos antes.

Al entrar, los demás lo saludaron con un sonoro <<bravo Herbert, otra vez>>. Detlef entró tras él escondiendo sus manos, se plantó delante suyo y le entregó un ladrillo. Una carcajada general retumbó en nuestro bar subterráneo. De una mesa vino un pelirrojo a saludarlo, su nombre era Paúl Oeliden, le golpeó la espalda amistosamente y volvió a su sitio para acompañar a su amiga. Todos continuamos bailando y departiendo, así como comentando los hechos de aquella tarde cargada de ladrillos.

Rabi y Uschi eran una verdadera pareja enamorada, bailaban apretaditos y sus labios no se separaban como dándose una respiración artificial. Daniela y su gordo Jürgen no se cansaban de bailar apretujados; Bärbel me exprimía, no sé qué le pasaba o sucedía aquella noche, su lujuriosa voluptuosidad se desparramaba a los cuatro vientos. Lease y entiéndase, mi cuerpo. Rafael no se cansaba de desvalijar a Detlef y Brigitte con sus dados y beber gratis a costillas de ambos, ellos reían complacidos porque lo apreciaban mucho, como todos nosotros. Era una verdadera tarde-noche bastante alegre, incluso paradisíaca.

Las parejas fueron desapareciendo; primero se largó Rabi con su Uschi porque tenían que discutir sobre temas particulares; luego Daniela y el gordo porque también tenían temas sobre los cuales debían hablar.

Bärbel, al ver que ellos iban desapareciendo, rozó su nariz con la mía susurrando: -"¿qué esperas para sacarme de aquí?, ¿no te das cuenta?, estoy ardiendo"-. Y me haló hacia la puerta del sótano mientras girábamos al compás de la melodía, una especie de bolero a la alemana. Subimos a mi covacha para recoger sus cosas e irnos a su apartamento para tener mucha más tranquilidad y así disfrutar más de la noche.

-"No Arturo, hoy me quedo aquí en tu cuartico contigo"-. Su proposición me sorprendió al máximo porque no me la esperaba, ya que a ella le molestaba hartamente el ruido de nuestra residencia. Me ordenó decidida: -"bájame el cierre del vestido, ¿qué esperas?"-. Y alzó sus brazos en señal de rendición a pesar de que yo no la estaba atacando todavía.

Nuestras miradas batallan; la suya brillante, embaucadora y muy burlona; la mía enternecida porque veía en sus ojos el reflejo de las miradas de la Hermosura, Renate, Brigitte, las otras chicas en el pueblo sucio, y finalmente Marie Claude. Nuestros cuerpos se abrazan tratando de no separarse; ella sonríe silenciosa, yo la observo; prosigue sonriéndose: -"me domaste; sí, sí"-. De pronto se oye una ventana que se abre y un vozarrón que aúlla en el medio de la noche: -"Ooooohhh, sooooole míoooooo; Ooooohhh, sole míoooooo; Ooooohhh, sole míoooooo; Ooooohhh, sole míoooooo; Ooooohhh, sole míoooooo"-. Ese grito de guerra, o satisfacción, la sacó de su edulcorado momento y se arrecho: -"¿quién es ese idiota?, llévame a casa"-.

Era Paúl Oeliden, quien era miembro de un coro, y tenía la santa costumbre de abrir la ventana para cantar a grito pelao, a plena medianoche, una estrofa de sus canciones, una vez que se había solazado con su amiguita. Bien. Ello ocasionaba que minutos después llegara a visitarnos la policía porque los vecinos se quejaban. Bärbel se enfurecía más y más: -"ese hijo de puta, qué se cree; ¿vive solo acaso?, llévame a casa"-. Paúl -Paul se pronuncia en alemán- había destruido nuestro endulzamiento. Al salir del edificio vimos la patrulla de la policía que estacionaba por enésima vez frente a nuestra residencia. Luego, en su apartamento, recuperamos el tiempo que Paul Oeliden nos había robado y se calmó para bien de ambos. 

Un micrófono espía

La entrada de la residencia tenía un tablero con el nombre de todos los habitantes en ella y una tecla que el visitante oprimía para avisar que deseaba entrar; además de un altoparlante en cada piso para contestar y saber quién había llegado, así como un teléfono para recibir las llamadas. Ambos aparatos trabajaban juntos, es decir, sincrónicos.

A veces, cuando los días nos lo permitían, convertíamos ese aparato compacto en una trampa para mamarle gallo a las personas que pasaban por delante de la puerta de la residencia. Este entretenimiento lo agudizábamos cuando los transeúntes eran chicas que iban y venían por la calle. Los especialistas para dicho jueguito o diversión eran Rabi, Rafael y Detlef, especialmente estos dos últimos porque vivían en el mismo piso. Mi cuarto era el centro de operaciones porque estaba situado exactamente en la mejor posición estratégica para divertirse.

En cierta ocasión tuvieron una ocurrencia sensacional. Detlef nos explicó el plan. Se trataba de provocar que alguien se acercase al susodicho tablero para luego soltarle un balde de agua bien fría y bañarlo, ideal sería una pareja nos dijo él. dicho y hecho. Abrí la ventana para apostarnos y poder escrutar a las personas desde que llegaban a las esquinas y se dirigían en nuestra dirección. Yo me encargaría de la vigilancia en la ventana, Rafael estaría listo con el balde, Rabi y Detlef se alternarían con el altoparlante incitando a las víctimas a acercarse al tablero lo más posible y luego darles el baño ya mencionado, quizás merecido.

Nos repartimos en nuestros puestos para iniciar la cacería. Yo destapé una cervecita bien temperada y me aposté en mi ventana. Rabi se acercó mientras Detlef se encargaba del altoparlante, luego cambiarían. Rabi sacó también una cerveza de mi nevera, apoyó sus codos en el pretil e iniciamos la observación de las presas. Aparecieron dos chicas muy bien vestiditas y nos pareció cruel echarles a perder su emperifollamiento. Le hicimos señal a Detlef quien comenzó a silbar: -"pfuiiiiiffiioooo, pfuiiifiiiooo; ¿quieren entrar a nuestra fiesta?; pfuiiiiiffiioooo, pfuiiifiiiooo; ¿sí?, ¿quieren divertirse?, acérquense, vengan"-.

Las chicas extrañadas y desorientadas miraban en diferentes direcciones; nos vieron y pensaron que éramos nosotros, Rabi y mi persona, quienes las elogiaban. Las observamos serios mientras Detlef proseguía silbándoles y lanzándoles piropos. Rafael llegó hasta nosotros indicándonos que bajásemos a invitarlas a entrar: -"Rabi, Arturo vayan a invitarlas a entrar, están muy buenotas; no las dejen ir, inténtenlo por lo menos"-. Nos miramos pícaros y bajamos raudos las escaleras, abrimos la puerta de la calle y nos plantamos frente a ellas. Rabi abrió la batería: -"hola muchachas, las invitamos a que conozcan nuestra residencia y de paso se beben algo con nosotros, lo que ustedes quieran, cerveza, vino champanizado, un jugo; y si desean comer, aquí Arturo les prepara lo que a ustedes les apetezca; vengan para que vean qué hacemos"-.     

Las chicas se miraron picaronas y aceptaron la invitación, la puerta se abrió en el instante en que Detlef iniciaba una nueva andanada de invitaciones: -"hola, hola, acérquense, vengan, no se vayan"-. Nos perdimos tras la puerta con ellas y nos volvimos para espiar por el buzón para ver quiénes eran las nuevas víctimas; ellas se divertían porque ahora comprendían la táctica del jueguito nuestro. Detlef le gritó a Rafael: -"prepara el balde, tenlo listo que estos caen"-. Les indicamos que subiésemos pronto a mi habitación para ver el espectáculo que se avecinaba. Entramos como una exhalación a mi cuarto.

Las víctimas estaban aún indecisas al otro lado de la calle. Era una pareja lujosamente trajeada; él con vestido completo, camisa blanca y corbata, ella con una maxifalda y sombrero de ala ancha. Rabi rumoreó mientras bebía un sorbo de la cerveza: -"ja, ja, ja, ésta trae ya el paraguas listo"-. Ellas entendieron mejor todavía de la que se habían salvado. Detlef se empecinaba en atraer la pareja: -"venga, acérquense, les tengo una sorpresa, tenemos una fiesta maravillosa; vengan, entren"-.  

Ambos estaban confundidos porque no veían persona alguna, sólo una puerta y un tablero con rótulos pequeñitos. Se miraban, sonreían, pero no se decidían. Rabi salió de mi covacha para cambiar la posición con Detlef: -"déjame, déjame que yo los convenzo, vas a ver"-. Las chicas bebían un vaso de cerveza que yo les había servido y no salían de su asombro. Rabi inició su retahila para convencer a la parejita: -"hola chica bella, tienes un sombrero muy coqueto; dile a tu amigo que se acerque para que recoja unas flores de nuestro jardín y te las regale; date una vuelta chica bella para admirarte mejor"-.

La chica giró sobre sus talones para complacencia nuestra; Rabi se reportó desde su sitio secreto: -"Pfuiiiiffiiiooo, muuuaahhhh, eres maravillosa"-. Luego atacó al amigo de la chica: -"ahora te toca a ti, recoge las flores para ella, se las merece; cruza la calle, no te va a pasar nada; anímate, no te arrepentirás; sé valiente"-. Ellos no veían a nadie, solamente esa puerta. Se miraron y el amigo inició la travesía de la calle para acercarse a la puerta, mejor dicho, al jardín que estaba junto a la entrada. Para Rafael era un poco complicado el lanzamiento del agua, por ello cambió su posición y se fue al cuarto de un boliviano que habitaba allí y lo llamábamos Manolito.

Rabi continuaba animando al amigo: -"sí, muy bien, ella se las merece; especialmente los tulipanes de la esquina, para ella, tu amiga"-. Con esa indicación se posicionaba ideal para el baldazo húmedo de Rafael. El amigo se agachó y comenzó a recoger los tulipanes riéndose porque le obedecía a una voz fantasma. Las chicas en mi cuarto no se cansaban de mofarse.

Rabi pensó que había llegado el momento acertado y gritó por el altoparlante: -"atención; ahora veremos la bomba de H2O; agua, más agua"-.

Rafael derramó los baldes repletos hacia abajo; el amigo no sabía qué pasaba; su amiga gritaba desde el otro lado de la calle: -"agua, agua, agua, agua"-. Él alzó su vista y sólo tuvo tiempo para aullar: -"¡ahhhh, mierda, ahhhhhh, mierda!; agua; glup, glup"-.

Trató de mirar hacia arriba, pero una nueva andanada de líquido fresco lo bañó totalmente; ella cruzó la calle riéndose a carcajada batiente; él maldecía porque había caído en la trampa, sus zapatos chapoteaban en el barro; y nosotros celebrábamos la puntería de Rafael. La acción había valido la pena porque habíamos logrado engañar a una pareja y ahora teníamos en mi covacha a dos chicas que no cesaban de reír al pensar que se habían salvado de una ducha gratiniana.

Las dos chicas se llamaban Margarett y Sybille; la primera era rubia, de piernas largas y ojos ambarinos;

la segunda trigueña, delgada y de pelo castaño largo, baja de estatura, pero muy femenina su apariencia. Ambas vivían juntas en Düsseldorf, la capital del estado, y venían para una fiesta en la residencia de las enfermeras que estaba situado al otro lado del puente.

Se levantaron para despedirse agradeciendo que no las hubiésemos engañado con nuestra táctica. Rabi las invitó para la siguiente fiesta en nuestra residencia y les anotó el número del teléfono, ellas se lo guardaron. Las acompañamos hasta la puerta, allí estaba el conserje recogiendo el desorden que había dejado la pareja. Las chicas se despidieron prometiendo volver a nuestra casa.

Continuará. Capítulo 18.

 

 

 

Última actualización el Lunes, 06 de Enero de 2014 09:03
 

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